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III/ Del estado de ánimo requerido para comprender el problema de los valores


Cabe imaginar que, antes de definirse por su contenido, una disciplina se caracteriza por cierta disposición de ánimo que exige de quien quiere estudiarla. Si no se adopta ese estado psicológico, los resultados a los que llega esa disciplina serán descartados por el investigador, que se limitará a alegar su aburrimiento.
Así, puede decirse, de manera sencilla, que la poesía requiere de su oyente una disposición proclive al ensueño; que la física se dirige quizá más a un temperamento curioso que disfruta ordenando observaciones; que las matemáticas exigen un espíritu fascinado por la extrañeza y la abstracción de los objetos matemáticos; que la historia raramente atraerá al hombre de acción, cuyo espíritu está vuelto hacia el futuro —a menos que busque en ella lecciones para la realización de sus propios proyectos—, y que complacerá más bien a aquel cuyo espíritu está vuelto hacia el pasado y lo considera como una fuente inagotable de datos apasionantes, etc.

Si se admite este punto de vista, parece entonces que, cuando uno se dispone a estudiar una nueva disciplina, conviene comenzar no por el examen de su contenido sino por el del estado de ánimo que esta requiere para hacernos sensibles a él. Sin este paso previo, el investigador no alcanzaría más que el conocimiento de esa disciplina, y no su comprensión profunda.
Así, cabe sostener que el filósofo, si quiere comprender a Marx, debe hacerse marxista; o cristiano, si quiere comprender a Agustín, etc. En suma, se trata para él de vivir existencialmente la intuición que dio origen a tal o cual pensamiento y que lo sustenta en su expresión conceptual; y para ello necesita meditar larga y pacientemente para intentar captar esa intuición.
Este trabajo de meditación no podemos realizarlo en su lugar, pero sí podemos intentar describir, aunque sea de manera imperfecta, el contenido conceptual que el investigador debería meditar para captar esa intuición.

El interés de la axiología solo se manifiesta cuando se toma conciencia de que el problema de los valores es… un problema, es decir, una cuestión que resiste al investigador, que no admite ninguna respuesta evidente e incluso quizá ninguna respuesta imaginable.
Esto nos lleva a comprender que el problema de los valores constituye por ello un escándalo: el de la ausencia de todo fundamento de los valores, que persiste desde el pensamiento más antiguo hasta el más contemporáneo. Debemos entonces dejarnos interpelar por la provocación de las doctrinas axiológicas extremas. Solo entonces el investigador estará en condiciones de adoptar la disposición de ánimo requerida para abordar el estudio de la axiología: una suspensión de todos los juicios de valor.
Tal es el itinerario espiritual que vamos a describir retomando en detalle cada uno de sus momentos.