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Tales y Cioran, al mostrarnos así cómo podría ser un nihilismo auténtico, nos hacen sensibles a un problema que nos sume en la mayor perplejidad.

Surge en efecto la pregunta: ¿cómo vive concretamente un nihilista? ¿Qué tipo de praxis se deriva lógicamente de la teoría «nada tiene realmente y objetivamente valor»?

Ahí hay un misterio, ya que el nihilista no es un pesimista y no atribuye ningún valor a la muerte, de modo que no tiene ganas de matarse y no es suicida. Por otra parte, al no ser escéptico, la ataraxia, la impasibilidad, la insensibilidad consecutiva a la epoché no son su modo de ser auténtico.
Se ve entonces hasta qué punto es insostenible esta proposición nietzscheana: La compasión es la práctica del nihilismo1 y, por tanto, la asimilación del cristianismo a un nihilismo; en cambio, quizá sí pueda asimilarse este último a un pesimismo.
El verdadero objetivo del pensamiento nietzscheano se nos revela entonces quizá más como un intento de combatir el pesimismo que el nihilismo: Me alegra constatar que los hombres se niegan por completo a concebir la idea de la muerte y me gustaría contribuir a que la idea de la vida les resulte aún cien veces más digna de ser pensada2.
Ahora bien, la refutación del nihilismo no puede ser idéntica a la que Nietzsche propone maliciosamente del pesimismo: He aquí un consejo para los señores pesimistas y demás decadentes [que se suiciden]: el pesimismo puro solo se demuestra por la refutación que los señores pesimistas hacen de sí mismos3, puesto que el nihilismo se niega a conceder a la muerte ningún valor.


Sea como sea, Tales y Cioran nos permiten plantear la pregunta: ¿qué hace concretamente un hombre que rechaza a la vez la vida y la muerte como «objetos de valor»?

Solo más adelante podremos responder a este problema. Por ahora nos hemos limitado a establecer que el nihilismo es efectivamente una doctrina axiológica consistente e irreductible a las doctrinas afines con las que se lo confundía a menudo. Se comprende entonces que la mayoría de los movimientos o doctrinas que han sido considerados nihilistas —los nihilistas rusos, el pensamiento de Schopenhauer, el cristianismo, el budismo…— en realidad no lo son, y que incluso cabe dudar de que esta posición axiológica haya sido sostenida en toda su radicalidad por ningún autor.

En esto no hay paradoja alguna. Es normal que, si rechazamos la idea de que el sentido auténtico del nihilismo sea su sentido histórico, examinemos de manera crítica a quienes se presentan como nihilistas para ver si están a la altura de la doctrina axiológica a la que se adscriben, una vez que se ha determinado lógicamente —y no históricamente— el sentido de esta. Del mismo modo que alguien puede proclamarse poeta sin serlo realmente, o puede llamarse pintor siendo en realidad un simple pintamonas, también puede pretenderse nihilista y al mismo tiempo atribuir un valor a ciertas acciones, como poner bombas y cometer atentados contra el zar, comportamiento que por lo demás delata la presencia de un ideal.

Sea como sea, podemos ahora exponer al investigador esta posición axiológica extrema para que se deje atrapar por el escándalo que encierra: «en realidad nada tiene valor».


[Parte final del capítulo 3]


1. El Anticristo, §7
2. La gaya ciencia, IV, §278
3. El ocaso de los ídolos, 36