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4. El fracaso del método experimental


Un tercer método utilizado sin una tematización explícita puede identificarse probablemente como el método experimental. Podría resumirse así: parece que uno puede encontrar el valor de una cosa haciendo precisamente la experiencia de esa cosa. Debemos interrogar la eficacia de este segundo método: ¿puede encontrarse empíricamente el valor de las cosas? ¿Es el método empírico el método que hay que utilizar?

Ante todo se nos aparece que la experiencia puede proporcionarnos muchas enseñanzas sobre la naturaleza de una cosa realmente existente, sobre su funcionamiento, sobre su apariencia… pero no sobre su valor.

Por ejemplo por más que realice todos los experimentos posibles e imaginables con una lámpara, la desmonte, la someta a una corriente eléctrica e incluso la sacuda en todos los sentidos, no parece que pueda encontrar su lugar en la jerarquía; en cambio sabré cómo funciona, de qué está compuesta, etc.
Del mismo modo, ¿encontraría el valor del cuerpo humano auscultándolo, diseccionándolo, observándolo al microscopio electrónico, etc.? No, sin duda.
Ciertamente mediante la experiencia podría saber si tal motor es más eficaz que otro, pero esto no es una jerarquización de valores en el sentido que damos al término «valor»; ser «eficaz» es una cualidad, no un valor, y la cuestión de saber si la cualidad «eficacia» tiene realmente un valor queda abierta.
A partir de esto quizá podamos arriesgar la siguiente afirmación: la experiencia nos informa sobre la naturaleza de las cosas, como mucho sobre sus cualidades, pero no sobre su valor.

Por otra parte, si la experiencia pudiera hacerlo estaría, por lo que parece, inevitablemente sesgada. Pongamos un ejemplo: equivaldría a buscar si la música tiene valor escuchando una pieza musical. Nuestra conclusión no sería objetiva sino que dependería de factores contingentes azarosos y absurdos como la elección de la pieza musical (si no nos gusta precisamente esa pieza no encontraremos ningún valor en la música aunque la música no se reduzca a esa pieza) o de la calidad de la interpretación, etc.

Además la experiencia me condena a no amar ni detestar nada mientras no la haya experimentado. Para poder detestar el asesinato tendría entonces que hacer la experiencia del asesinato, es decir matar a alguien, a fin de descubrir su valor detestable y poder detestarlo con razón. Pero sobre todo tendría que hacer la experiencia de todas las cosas existentes antes de poder amarlas o detestarlas, lo que parece imposible porque por una parte hay demasiadas cosas para que tenga tiempo de experimentarlas en una sola vida y por otra hay cosas cuya experiencia mi condición social geográfica corporal hace para siempre imposible.
Probablemente nunca podré tener la experiencia de viajar al espacio, nunca podré entrar en ciertos ambientes reservados a los millonarios, etc.

Por último, si solo podemos determinar el valor de aquello que es accesible a la experiencia, es decir de lo que existe, nunca podremos encontrar el valor de ningún objeto metafísico ni de nada que pertenezca al sueño y a lo imaginario o a lo posible. Se nos escaparía por tanto el valor de una cantidad infinita de cosas. Así, si fuera por la experiencia como hubiera que acceder al valor de las cosas atravesaríamos la existencia amando un número infinitamente pequeño de cosas.


5. El fracaso del método hedonista


Sin embargo, comúnmente parece que utilizamos un tipo muy preciso de experiencia para determinar el valor de las cosas: la del placer que proporcionan. El postulado es el siguiente: cuando una cosa me proporciona placer es que tiene un valor y cuanto más placer me proporciona más valor tiene. Por ejemplo, lo que me revelaría que tal música tiene un valor es el placer que experimento al escucharla.

A este respecto quizá puedan señalarse simplemente tres cosas: lo que proporciona un gran placer a alguien un día ya no se lo proporciona al día o al año siguiente; por otra parte lo que proporciona un gran placer a una persona no proporciona ninguno a otra y por último toda cosa, incluso la que parece más absurda y más cruel (ver sufrir a su semejante, etc.), proporciona placer a algunos seres humanos.

Desde esta perspectiva parece que el método hedonista desemboca lógicamente en dos ideas: en primer lugar en la idea de que los valores cambian perpetuamente y de que un objeto puede perder el valor que poseía un momento antes. En segundo lugar en la idea de que, como todo puede dar placer, todo tiene un valor, incluido lo que parece absurdo o cruel. Todo debería proporcionar placer pero el ser humano, a causa de principios necios, se vuelve sordo a esos placeres y la sabiduría consiste en liberarse de toda regla moral y lógica para bañarse en el río del placer y dejarse llevar adonde este quiera conducirnos. Llamaremos «ecléctica» a esta concepción que afirma que toda cosa, incluso la violencia y la crueldad, tiene un valor.

La concepción hedonista no nos parece aceptable porque solo permite a nuestro juicio responder a la pregunta de qué es bueno para el ser humano. A esta pregunta puede responderse buscando lo que nos proporciona placer, pero en nuestro problema de los valores no puede utilizarse el concepto de placer sin hacer este presupuesto dogmático: lo que tiene valor no puede ser más que aquello que es bueno para el ser humano. Como vimos en el capítulo 2 en nuestro análisis de Aristóteles no es posible introducir un postulado antropocéntrico al comienzo de nuestra investigación y a lo sumo puede constituir su conclusión.