Por otra parte se plantea una segunda pregunta: ¿no se parece el nihilismo cuya potencia de negación afecta a toda cosa al escepticismo, no es un tipo de escepticismo?
También aquí consideramos inconmensurables estos dos modos de pensar. El escepticismo duda de la posibilidad de la verdad pero el nihilismo deja su marca no sobre la noción de verdad sino sobre la noción de valor.
Por otra parte, y esto es lo más importante, el escéptico no hace más que dudar. Admite que es posible tanto que la verdad sea alcanzable como que sea inalcanzable. Mediante la epoché deja de tomar partido, es decir deja de juzgar, deja de afirmar. Por el contrario el nihilismo afirma alto y claro que nada tiene valor. Es todo él certeza. Se pretende conocimiento.
Vemos pues que el nihilismo es un modo de pensamiento irreductible al pesimismo y al escepticismo, confusión que sospechamos constitutiva del pensamiento moderno. Se trata de un modo de pensar cuya especificidad hay que captar en sí misma.
Una vez que el nihilismo ha quedado mejor identificado en su aspecto teórico, se advierte que hay un filósofo que ha sido explícitamente nihilista o que, al menos, ha mostrado de manera explícita la posición nihilista. Es decir, existe en la historia de la filosofía un Manifiesto del nihilismo y ahora que tenemos una mejor visión de lo que es el nihilismo podemos comprenderlo como tal.
Lo sorprendente, quizá incluso extraordinario, es que lo encontramos al comienzo mismo del surgimiento de la filosofía como modo de pensar y modo de ser: se trata del primer filósofo, Tales. Esto es lo que encontramos en efecto en un fragmento: La muerte, decía, no es distinta de la vida. —Pero tú, le dijo alguien, ¿por qué no te mueres? —Porque, respondió, no hay ninguna diferencia
1.
Si admitimos que Tales no quiere significar solamente una identidad de esencia entre la vida y la muerte sino también una igualdad de valor, ¿qué debemos concluir? No que Tales fuera nihilista. Eso no lo sabemos, quizá le haríamos la injusticia de atribuirle un pensamiento que no tuvo cometiendo un anacronismo. Pero Tales expresa de manera especialmente clara lo que podría ser un diálogo con un auténtico nihilista, que no respondería otra cosa que lo que responde Tales.
Volvemos a encontrar esta idea también en Cioran, que a veces deja aparecer, en medio de ensoñaciones pesimistas clásicas, por ejemplo: ¿No sería mejor que enterrara mis lágrimas en la arena a la orilla del mar en una soledad absoluta? Pero nunca he llorado porque las lágrimas se han transformado en pensamientos tan amargos como las lágrimas
2, reflexiones auténticamente nihilistas, por ejemplo: Aunque la vida sea para mí un suplicio, no puedo renunciar a ella porque no creo en el absoluto de los valores en nombre de los cuales me sacrificaría. Para ser sincero, debería decir que no sé por qué vivo ni por qué no dejo de vivir […] Ya nada debería interesarme, el problema mismo de la muerte debería parecerme ridículo, el sufrimiento estéril y limitado, la desesperación menor y parcial, la eternidad una palabra vacía, la experiencia de la nada una ilusión, el destino una broma...
3.
Cioran es por tanto consciente de que las soluciones tradicionales del pesimismo, la desesperación, las lágrimas, no le sirven de ningún auxilio porque sería conferirles un valor y la posición axiológica que defiende se lo prohíbe. Siente oscuramente que pertenece a una esfera completamente distinta del pesimismo clásico y le faltan las palabras para expresar la radicalidad de la posición a la que ha llegado: No sé si estoy desesperado, porque la ausencia de toda esperanza no es necesariamente la desesperación. Ningún calificativo podría alcanzarme, porque ya no tengo nada que perder. Y pensar que lo he perdido todo en el momento en que a mi alrededor todo despierta. ¡Qué lejos estoy de todo!
4.
En cierto momento consigue de manera magnífica reunir en una sola frase el contenido del nihilismo y la conciencia de su radicalidad: ¿Por qué no me suicido? Porque la muerte me repugna tanto como la vida. Siento subir en mí un rugido sin precedentes y me pregunto por qué no estallo para aniquilar este mundo que engulliría en mi nada. Me siento el ser más terrible que haya existido nunca en la historia, una bestia apocalíptica desbordante de llamas y tinieblas. Mi símbolo es la muerte de la luz y la llama de la muerte. En mí toda chispa se apaga para renacer trueno y relámpago. ¿No arden incluso las tinieblas en mí?
5.
1. Les écoles présocratiques, Gallimard, 1991, 35, p.16
2. En las cumbres de la desesperación
3. Ibid.
4. Ibid.
5. Ibid.