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Tal vez comprendamos mejor la naturaleza de este nuevo antropocentrismo si examinamos la doctrina kantiana, en la cual volvemos a encontrar —sorprendentemente— este antropocentrismo fundado en un subjetivismo.
En efecto, Kant afirma que nada es fin en sí mismo salvo el ser racional, que por tanto debe ser tratado no solo como medio sino también como fin (esta es la segunda formulación de su imperativo categórico): Digo: el hombre y en general todo ser racional existe como fin en sí mismo y no simplemente como medio del que tal o cual voluntad pueda servirse a su antojo1.

Todo lo demás, es decir cualquier otra cosa distinta del hombre y, más allá, las naturalezas racionales (¿los ángeles quizá?), no son más que medios. Cuando se conoce la relación que establece Kant entre valor y fin se comprende que esto significa que solo el hombre tiene un valor absoluto, mientras que las cosas y los demás seres no tienen más que un valor condicional, relativo. ¿Relativo a quién? Al centro del universo, el hombre: El valor de todos los objetos que nuestra acción puede procurarnos es siempre condicional. Los seres cuya existencia depende en rigor no de nuestra voluntad sino de la naturaleza, cuando carecen de razón, no tienen sin embargo más que un valor relativo, el de medios y por eso se les llama cosas; por el contrario, a los seres racionales se les llama personas porque su naturaleza los designa ya como fines en sí mismos, es decir como algo que no puede ser empleado simplemente como medio2.

Kant afirma así esta proposición inaudita: solo el hombre tiene valor; las personas son fines objetivos, es decir cosas cuya existencia es un fin en sí misma y además un fin tal que no puede ser sustituido por ningún otro al servicio del cual esos fines objetivos debieran ponerse simplemente como medios. Sin ello, en efecto, nunca podría encontrarse nada que tuviese un valor absoluto3 (subrayado nuestro).

Lo notable es que parece que, para fundamentar esta idea, Kant utiliza un argumento subjetivista de tipo clásico, es decir hobbesiano, a saber: el valor no está en el mundo sino que es el deseo del hombre el que lo engendra: Los fines que un ser racional se propone a su arbitrio como efectos de su acción (los fines materiales) no son todos más que relativos, pues únicamente su relación con la naturaleza particular de la facultad de desear del sujeto les confiere el valor que tienen4 (subrayado nuestro); o también: Todos los objetos de las inclinaciones no tienen más que un valor condicionado, porque si no existieran las inclinaciones y las necesidades que de ellas se derivan su objeto carecería de valor5.

En otras palabras, tal o cual cosa intramundana solo tiene valor porque la deseo; cuando deja de ser así pierde todo valor. Se ve que Kant desarrolla aquí una posición subjetivista. La respuesta a la cuestión de si Kant es subjetivista variará según la importancia que se conceda a este pasaje.
Si se piensa que aquí se encuentra la posición fundamental de Kant sobre los valores, que subyace a toda su teoría de los fines y de los deberes, se dirá entonces que, en último término, el sistema kantiano se funda en un subjetivismo latente; si por el contrario se piensa que en Kant son los conceptos de fin y de deber los que tienen primacía y que aquí no se trata más que de una reflexión secundaria sobre un concepto al que concede menos importancia que a los dos primeros, el de valor, se pensará entonces, como suele hacerse, que el sistema kantiano es un objetivismo formalista que contiene inexplicablemente algunos pasajes subjetivistas; en cualquier caso, no es este el problema que nos ocupa.

Lo que aparece en cambio es ese antropocentrismo inaudito del subjetivismo creador, que vacía el universo de todos sus valores, se los atribuye al hombre y le confiere el poder de otorgarlos como le plazca, a lo que quiera: Se pretende poner en cuestión los valores, llevar a cabo inversiones, transmutaciones; se pretende sobre todo crear valores, puesto que hoy se reconoce a la subjetividad prometeica del ser humano una capacidad que hasta entonces solo se había atribuido a la omnipotencia de Dios: la creación a partir de la nada6.

Vemos que la condena del subjetivismo como antropocentrismo, por una parte, y como nihilismo, por otra, aparece ya en Hegel, en un contexto completamente diferente: para él se trata de condenar el idealismo fichteano (el idealismo subjetivo de Fichte, no el idealismo absoluto). Veremos cómo su crítica se cruza con la nuestra.


1. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Sección 2, 58, p.104
2. Ibid., 59
3. Ibid., p.105
4. Ibid., 58, p.103
5. Ibid., 59, p.104
6. J.J. Goux, Où vont les valeurs ?