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d) El análisis hegeliano del espíritu de ironía

El contexto en el que se despliega la crítica hegeliana es muy distinto: no se inscribe en una perspectiva axiológica, sino estética; no ataca al subjetivismo de los valores, sino al idealismo fichteano; no lo designa como nihilismo, sino como «espíritu de ironía». Sin embargo, esta divergencia aparente no puede ocultar lo que aproxima el análisis hegeliano a nuestro problema.

Hegel presenta, en efecto, el idealismo fichteano como una doctrina según la cual toda cosa es considerada como creación del sujeto, así como su valor: Nada es considerado en sí y por sí, y nada tiene valor en sí mismo, sino solamente en la medida en que es producido por la subjetividad del yo1.

Si es el yo quien crea toda cosa, entonces puede igualmente destruirla: No hay nada que no pueda ser obra del yo y que, por consiguiente, el yo no pueda también aniquilar. Así, cada ser en sí y por sí no es más que apariencia, no es verdadero y real por sí mismo, sino simple apariencia debida al yo, que dispone de ella a su antojo y según su fantasía2. Esto tiene dos consecuencias fundamentales.

En primer lugar, las cosas pierden lo que Hegel llama su «gravedad», es decir, al ser meras apariencias ya no tienen peso real: nada es importante, nada es grave. En tal caso, no encuentro una verdadera gravedad ni en este contenido ni en su expresión y realización. Pues una verdadera gravedad solo procede de un interés sustancial, de algo válido en sí mismo como la verdad, la moralidad, etc., de un contenido que para mí ya vale esencialmente como tal3. Aunque Hegel emplea aquí términos diferentes («el idealismo» hace perder a las cosas su «gravedad»), nos parece que la idea que se oculta tras estos términos es idéntica a la nuestra (el «subjetivismo» es un «nihilismo» que hace perder a las cosas su «valor»).

Por otra parte, el sujeto, el Yo, adquiere un poder infinito: Pero entonces el yo puede seguir siendo también el señor y dueño de todo, y en la esfera de la moralidad, del derecho, de lo humano y de lo divino, de lo profano y de lo sagrado, no hay nada que no pueda ser obra del yo y que, por consiguiente, el yo no pueda también aniquilar4.

De este modo, todo el valor (o la «gravedad») que el Yo retira del mundo se lo confiere a sí mismo: La virtuosidad de la vida irónico-artística se aprehende entonces a sí misma como una genialidad divina, para la cual cada cosa no es más que una criatura privada de esencia, a la que el libre creador, que se sabe desligado y libre de toda cosa, no se ata, porque puede tanto aniquilarla como crearla. Quien se encuentra en tal grado de genialidad divina contempla desde la altura de su rango elevado al resto de los hombres y los considera limitados y vulgares, porque para ellos el derecho, la moralidad, etc., siguen revistiendo un valor firme, obligatorio y esencial5.

El idealismo aparece entonces como el orgullo humano llevado a su colmo: Tal es el significado general de la genial ironía divina como concentración del yo en sí mismo, rompiendo por sí todas sus cadenas y no pudiendo vivir más que en la bienaventuranza del goce de sí6.

Hegel parece, pues, con otros términos, defender esta idea que también sostenemos: el subjetivismo creador (o el idealismo) es en su primer momento un nihilismo (por eso Hegel define el espíritu de ironía como la autodestrucción de lo magnífico, de lo grande y de lo excelente7) y desemboca en antropocentrismo o en egocentrismo (según se considere que el creador de los valores es el Yo singular o el hombre en general).

Esta idea, que Hegel aplicaba a un problema estético, intentamos defenderla ahora en una perspectiva axiológica.


1. Filosofía del arte o estética, Introducción, III, Deducción histórica del verdadero concepto de arte, 3. La ironía
2. Ibid.
3. Ibid.
4. Ibid.
5. Ibid., p.125
6. Ibid.
7. Ibid., p. 206