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e/ Balance: ¿es el subjetivismo una doctrina consistente en cada una de sus dos formas?

El subjetivismo clásico no es un antropocentrismo: vacía el universo de todo valor, en lo cual es nihilista, y hace del hombre la sede de esos valores, pero como son ficticios y no confiere al hombre el poder de darlos al mundo, no hay en realidad antropocentrismo.

El subjetivismo creador vacía igualmente el universo de todo valor; en su primer momento es, por tanto, un nihilismo, pero hace del hombre el creador de todo valor, le confiere ese poder, ese valor absoluto, por lo cual su nihilismo se transmuta en un segundo momento en un antropocentrismo que podría definirse así: «Nada tiene valor salvo el hombre» o incluso en un egocentrismo («Nada tiene valor salvo yo»), si se sostiene que es cada individuo quien da valor a lo que quiere.

El subjetivismo creador es, por su parte, una doctrina consistente; en la medida en que comporta dos momentos no puede reducirse ni a un nihilismo simple ni a un antropocentrismo simple. Consiste en realidad en la articulación original del nihilismo y del antropocentrismo mediante la teoría de la creación de los valores. Podríamos, por tanto, haberla aceptado como posición axiológica sostenible, puesto que es consistente (no es evidentemente porque dé muestras de un orgullo desmesurado o antipático por lo que tendríamos que rechazarla, eso contradiría nuestra epojé de los valores), pero podemos rechazarla de entrada porque se apoya en el fenómeno imposible y carente de significado de la donación de valores.

Como hemos visto, es imposible dar valores; el único significado que puede tener esta expresión es que el hombre atribuye valores, mediante el pensamiento, a tal o cual cosa, lo cual es muy distinto de la donación de valores en el sentido en que la entiende esta doctrina.
El subjetivismo aparece, pues, como un fracaso, bien porque no es una doctrina consistente, bien porque es imposible.


f) Observación final sobre la determinación de un nuevo rasgo del nihilismo

Nuestra reflexión quizá nos haya permitido responder a una cuestión que habíamos planteado durante nuestra búsqueda del significado del concepto de nihilismo1: ¿qué comportamiento práctico puede adoptar el nihilista?

Puesto que afirma que nada tiene valor, parece que no podría elegir ningún modo particular de acción: no puede suicidarse, ni dejarse abatir por la tristeza, ni resignarse y soportar, ni siquiera ser feliz, ya que eso supondría que, al elegir uno de esos comportamientos, le atribuye un valor.

La respuesta ahora se nos aparece con claridad: el subjetivismo clásico, en cuanto forma disfrazada de nihilismo, autoriza en realidad todas las conductas: la tristeza, la decepción, pero también la alegría y la serenidad. Solo que siempre se añadirá: «¡todo es relativo!».
En otras palabras, el nihilista podrá ser feliz, pero recordará siempre que no tiene ninguna razón para serlo. Podrá elegir cualquier actitud, con tal de afirmar que podría haber elegido una conducta completamente distinta. Podrá «disfrutar del mundo», recordando al mismo tiempo que en realidad no tiene ningún valor.
Si el mundo está desprovisto de valor, la mirada se vuelve hacia dentro y el sabio ya solo podrá gozar de sí mismo. No será de la perfección del mundo de lo que gozará el sabio, sino de la suya propia —perfección relativa y subjetiva, se entiende.
Se puede, pues, ser nihilista y conocer la felicidad; se puede ser un «nihilista alegre»: basta con afirmar de todo aquello que nos procura felicidad que no tiene ningún valor real.

Nos parece llegado el momento de resumir los principales resultados de nuestra investigación e intentar por fin responder a nuestra pregunta: «¿dónde buscar el valor?».


1. cap. II, I, B, 1