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b) El subjetivismo de Hobbes

Así, es en Hobbes donde encontramos expuesto de manera especialmente elaborada, dentro de un sistema que lo integra en un esquema argumentativo complejo, el subjetivismo.
Hobbes retoma el materialismo corpuscularista antiguo que hacía decir a Demócrito: Por convención lo dulce, por convención lo amargo, en realidad no existen más que átomos y vacío.
Hobbes añade un elemento a la lista de esos pocos objetos que son los únicos reales: el movimiento, y todas las formas que puede tomar en el hombre; el deseo es una de esas formas.

En su obra De la naturaleza humana, Hobbes se ve llevado, como Demócrito, y mucho antes de la distinción lockeana entre cualidades primeras y cualidades segundas (propuesta casi al mismo tiempo por Descartes, aunque sin utilizar esa denominación), a rechazar como ficciones subjetivas todo lo que no sea átomo o movimiento, y que no son más que las traducciones por los sentidos humanos (vista, oído, tacto…) de aquellos. Así, el color, que no es más que el efecto que provoca en el órgano del ojo el movimiento o la disposición de átomos realmente existentes, no es en sí mismo real sino subjetivo.
Hobbes excluye del mismo modo los sonidos de lo que tiene un carácter verdaderamente objetivo, tomando el ejemplo del sonido de una campana: El badajo no tiene sonido en sí mismo, pero tiene movimiento y lo produce en las partes internas de la campana; igualmente la campana tiene movimiento, pero no sonido, transmite movimiento al aire; ese aire tiene movimiento pero no sonido, comunica ese movimiento al cerebro por medio del oído y de los nervios; el cerebro tiene movimiento y no sonido; el impulso recibido por el cerebro rebota en los nervios que de él proceden y entonces se convierte en una apariencia que llamamos sonido1.

Esto lleva a Hobbes a «vaciar» el mundo de todas las cualidades que creemos encontrar en él, puesto que no residen en la substancia que se siente o que se gusta, sino en los órganos […]; de ahí se sigue que todos los accidentes o cualidades que nuestros sentidos nos muestran como existentes en el mundo no están allí realmente, sino que solo deben considerarse como apariencias; no hay realmente en el mundo, fuera de nosotros, más que los movimientos por los cuales se producen esas apariencias2.

En cambio, esto conduce a fundamentar la realidad del deseo, ya que este es un movimiento que afecta al hombre. El mecanismo es el siguiente: el hombre está recorrido permanentemente por lo que Hobbes llama «movimiento vital». Toda concepción o sensación de un objeto es en sí misma un movimiento que va a favorecer o contrariar ese movimiento vital y, por ello, producirá un placer o un dolor que a su vez provocarán el deseo o la aversión: Ese movimiento [el de la cosa concebida], al no detenerse sino comunicarse al corazón, debe necesariamente ayudar o frenar el movimiento que se llama vital. Cuando lo ayuda y lo favorece se le llama placer, contento, bienestar, que no es nada real sino un movimiento en el corazón, del mismo modo que la concepción no es nada más que un movimiento en la cabeza; entonces los objetos que producen ese movimiento son llamados agradables, deliciosos, etc.3.

Hobbes muestra entonces las consecuencias incalculables en moral de este principio: puesto que cada uno llama bien o mal a lo que desea o a lo que le repugna, es decir, a lo que le proporciona placer o lo que le hace sufrir, el bien y el mal no son cosas reales, objetivas, más de lo que lo son los colores o los sonidos, sino ficciones subjetivas; solo los movimientos de deseo o de odio tienen una realidad objetiva.

Por ello cada cual juzga como bueno o malo aquello que desea u odia y no hay una concepción del bien y del mal más pertinente que otra: Así, como cada hombre difiere de otro por su temperamento o por su manera de ser, difiere también en la distinción entre el bien y el mal; y no existe en absoluto una bondad absoluta considerada sin relación, pues la bondad que atribuimos incluso a Dios no es más que la bondad en relación con nosotros4.

Hobbes vacía, al hacerlo, los conceptos de bien y de mal de su significado, ya que, en primer lugar, su contenido consistente no es otro que el de los conceptos de deseo y de odio y, en segundo lugar, convierte el bien y el mal en nociones relativas a cada uno (cada uno tiene por bueno lo que le produce placer, que puede diferir de lo que piensa otro), cuando parece que la universalidad es esencial al concepto de bien y de mal. En realidad, no es que los vacíe de su significado, sino que los vacía de su objetividad, y su significado cambia por ello.

Este tratamiento no se aplica solo a los conceptos de bien y de mal. Todas las cualidades pierden su objetividad. Es en el Leviatán, esta vez, donde asistimos a esta generalización. Hobbes afirma allí que son los conceptos de pulchrum y de turpe, de los que derivarían para él los conceptos ingleses de «bien» (right) y de «mal» (bad), los que significan en realidad todas las cualidades, que no tienen más que un carácter subjetivo: Para pulchrum decimos, en algunos casos, justo; en otros, bello o elegante, o valiente, o noble, o encantador, o amable; y para turpe, inicuo, deforme, horrible, indigno, pestilente, y así sucesivamente según el sujeto de que se trate. Todas estas palabras, empleadas con propiedad, no remiten a nada más que al porte, a la apariencia exterior, que son los signos prometedores de lo bueno y de lo malo, o a aquello que posee el brillo y el resplandor de lo que puede ser bueno5.

Puesto que, como hemos intentado mostrar, el pensamiento del valor se ha llevado a cabo mediante los conceptos de cualidad y de moral, creemos no traicionar la intención de Hobbes al suponer que para él el propio valor sería subjetivo; pensamos que un subjetivismo axiológico acompaña a su subjetivismo moral, y la extensión de su idea al conjunto de las cualidades parece ser el signo de ello.

Creemos, pues, reconocer en Hobbes el primer despliegue sistemático del subjetivismo axiológico, además fundado en un esquema argumentativo complejo y sumamente convincente. Por eso vemos en Hobbes el acta de nacimiento del subjetivismo.


1. De la nature humaine, chapitre II, p.20
2. Ibid., p.20-21
3. Ibid., chapitre VII, p. 52
4. Ibid., p.53
5. Leviatán, I, 6, p. 127