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2/ Examen crítico del subjetivismo


a) El subjetivismo clásico como forma disfrazada de nihilismo

Hay que imaginar qué puede significar la idea fundamental del subjetivismo según la cual las cosas no tienen valor en sí mismas sino que es el hombre quien se lo atribuye (ya sea proyectándolo ficticiamente, ya creándolo realmente). ¿No hemos encontrado ya en otro lugar este principio «las cosas no tienen ningún valor en sí mismas»? ¿No es este precisamente el principio del nihilismo axiológico?
El subjetivismo y el nihilismo tienen una afinidad profunda; o más precisamente, el nihilismo es una de las premisas del subjetivismo. Debemos ver si el subjetivismo consigue, en su culminación, ir más allá del nihilismo que está presente en él desde su origen, y esta investigación hay que llevarla a cabo para los dos tipos bien distintos de subjetivismo que hemos identificado: el clásico y el creador.

El subjetivismo clásico no nos parece superar en modo alguno el nihilismo. Puesto que el valor, las cualidades, el bien y el mal, la perfección y la imperfección no caracterizan realmente el mundo sino que son proyecciones ficticias de nuestra parte, puesto que no tienen sede real más que en nuestra subjetividad, el subjetivismo clásico vacía el mundo de su valor: el mundo no tiene en realidad ningún valor, lo que constituye el principio mismo del nihilismo.

Cabe intentar inferir de los resultados de nuestro análisis del subjetivismo de Hobbes una conclusión válida para el subjetivismo clásico en general. Surge entonces la pregunta: ¿puede el subjetivismo contrarrestar el nihilismo? ¿Puede constituir una respuesta, una alternativa al nihilismo?
Esto nos parece imposible, ya que en el subjetivismo los valores nunca abandonan el espíritu del sujeto y el mundo real está tan desprovisto de valor real y objetivo como afirma el nihilista. En definitiva, el subjetivismo concede lo único que el nihilismo sostiene: no hay valor objetivo, real. La realidad objetiva es el único terreno en el que se aventura el nihilista, la única sobre la que afirma algo. Lo que el subjetivista añade acerca de los valores en las ideas de los hombres no le concierne, no le interesa, no contradice en modo alguno lo que él sostiene.

De ahí se desprenden dos conclusiones. En primer lugar, el subjetivista no se opone al nihilista, pues habla de otra cosa —del espíritu y no del mundo—. Al contrario, lo integra: al pretender superarlo, le concede que no hay valores reales en el mundo objetivo, en y por las cosas mismas. El subjetivismo es, por tanto, un nihilismo.

Por otra parte, en la medida en que esto no se le manifiesta como tal, es un nihilismo disfrazado, inconsciente, y así lleva el nihilismo a su grado máximo de consumación, ya que lo que está oculto puede regir en secreto aquello en lo que se oculta sin que su autoridad sea jamás puesta en cuestión.
Así, si se demostrara que nuestra época es subjetivista, como sostienen algunos —ya hemos visto por qué no nos lo parece: porque nuestra época postcontemporánea está desprovista de horizonte—, entonces, puesto que el subjetivismo es un nihilismo inconsciente de sí mismo, el nihilismo gobernaría de hecho nuestra época.
El subjetivismo habría permitido así la victoria total del nihilismo al erigirse en espíritu de nuestro tiempo y, sobre todo, al camuflar este hecho, lo que nos impediría tomar conciencia del drama de nuestra época.

Al intentar probar que el subjetivismo se reduce a un nihilismo, no pretendemos haber mostrado por ello su falsedad. Eso supondría que consideramos haber demostrado la falsedad del nihilismo.
Por el contrario, tenemos el nihilismo por una doctrina axiológica consistente, además de apasionante, y tras la epojé de los valores que nos hemos comprometido a llevar a cabo, el nihilismo no está presupuesto como evidentemente falso; su verdad queda por examinar, como ocurre con todas las doctrinas axiológicas.
En cambio, creemos haber intentado probar que el subjetivismo no es una doctrina consistente en el sentido de que se distinguiría de cualquier otra —del mismo modo que un concepto solo es consistente si es irreductible a otro, siendo su significado constituido por su diferencia—, ya que en realidad no constituye más que una forma disfrazada de nihilismo. Pretendemos, pues, haber propuesto simplemente una economía en nuestros esfuerzos: no tenemos que examinar la verdad de dos doctrinas distintas, subjetivismo y nihilismo, sino que bastaría, si fuera posible, determinar la verdad o la falsedad del nihilismo para encontrar al mismo tiempo la del subjetivismo.

En otras palabras, no hemos intentado mostrar que el subjetivismo sea falso, sino únicamente que no se trata de una doctrina consistente con un sentido propio.

Sin embargo, esta inferencia —del subjetivismo al nihilismo— quizá solo valga para el subjetivismo clásico. ¿No podría el subjetivismo creador, en la medida en que sostiene que el hombre no se limita a proyectar valores ficticios sino que crea valores reales, constituir una respuesta eficaz al nihilismo? Lo que nos lleva a imaginar tal posibilidad es el hecho de que su principal teórico, Nietzsche, parece no haber dejado de combatir el nihilismo.

Es preciso, por tanto, conceder una nueva oportunidad al subjetivismo y examinar si, bajo esta nueva forma, puede ser aceptado como una doctrina consistente.