b) El subjetivismo creador como segunda forma disfrazada de nihilismo
Se podría definir, a primera vista, la empresa nietzscheana como una lucha contra el nihilismo.
El cristianismo, el budismo y también el pensamiento de su maestro Schopenhauer son rechazados por Nietzsche precisamente porque serían la expresión de un nihilismo disfrazado.
Esto le lleva a describir al superhombre, estadio ideal hacia el que el hombre, que no es más que una transición en la historia de su evolución, deberá superarse a sí mismo, como el vencedor del nihilismo: Ese hombre del porvenir que nos salvará del ideal anterior tanto como de lo que debía salir de él, del gran hastío, de la voluntad de la nada, del nihilismo, él esa campana de mediodía y de la gran decisión que devuelve su libertad al querer, que restituye a la tierra su fin y al hombre su esperanza, ese anticristiano y antinihilista, ese vencedor de Dios y de la nada, llegará algún día
1.
¿En qué podría consistir el carácter de antídoto contra el nihilismo del pensamiento nietzscheano? Pregunta equivalente a esta otra: ¿en qué puede el subjetivismo creador constituir una respuesta al nihilismo?
En realidad creemos poder presentar quizá este planteamiento del modo siguiente: el subjetivismo creador pretende superar el nihilismo integrándolo (es cierto, el nihilismo tiene razón, las cosas no tienen por sí mismas valor) pero añadiendo algo que «resuelve el problema»: lejos de estar desprovisto de todo valor el mundo está lleno de valores porque contiene en sí una fuente de la que brotan valores, el hombre, el sujeto, como creador de valores.
No es pues que el mundo esté vacío de valor como pretende el nihilismo, sino que está vacío de valores «subsistentes por sí mismos», «en sí», «en las cosas». Pero está lleno de valores «dados por el hombre a las cosas».
Ya hemos visto lo que Nietzsche entendía por ello.
Debemos preguntarnos ahora si el subjetivismo creador puede constituir una respuesta satisfactoria a la interpelación escandalosa del nihilismo.
Ante todo debemos preguntarnos cuál es la naturaleza exacta del valor que sería creado por el hombre. ¿Real o ilusorio? Es decir, ¿objetivo o subjetivo? Objetivo sin duda alguna, porque si fuera subjetivo seguiríamos en el marco de un subjetivismo clásico que afirma que el deseo del hombre no engendra más que valores ficticios que proyecta equivocadamente sobre el mundo.
Debemos entonces plantearnos una pregunta que Nietzsche parece ni siquiera mencionar: ¿cómo es eso posible? O bien: ¿cómo hacer para crear un valor real?
Nietzsche parece dar por supuesto que el hombre puede engendrar valores y dárselos a las cosas. Esto resulta efectivamente evidente si se habla de valor «subjetivo», que el hombre concede a las ideas que tiene de las cosas, puesto que él mismo construye esas ideas. Pero si se habla de valor «real» es porque se considera que son las cosas mismas del mundo exterior las que reciben un valor por parte del hombre. ¿Cómo es posible un fenómeno así?
¿Se cree, por recurrir a un argumento por el absurdo, que poniéndose delante de un objeto y concentrándose un valor va a salir de nuestra cabeza, atravesar el aire y venir a encarnarse en la cosa? Como se ve, esta idea de la donación de valores pertenece al ámbito del pensamiento mágico, es decir, a esa tendencia que encontramos a veces en los niños y en las épocas marcadas por la superstición a considerar que, pensando muy intensamente en algo, eso se realiza; queremos decir con ello esta forma de pensamiento que toma sus sueños por realidades.
Planteamos, pues, la cuestión misma de la posibilidad de la donación de valor, frente a Nietzsche, para quien ni siquiera parece haber ahí un problema.
Por otra parte, incluso suponiendo que esta donación sea posible, es decir, que el subjetivismo creador sea una doctrina axiológica con sentido, pensamos que no puede oponerse al nihilismo. La razón es sencilla: no lo contradice.
En efecto, el subjetivismo creador integra el nihilismo al admitir que las cosas no tienen por sí mismas valor. Si corresponde al hombre darles un valor es porque el mundo está desprovisto de todo valor, y esto es precisamente lo que afirma el nihilismo. Si la cosa amada tuviera un valor en sí no haría falta proyectar valores sobre ella. La idea misma de la proyección de valores supone, por tanto, necesariamente que «nada tiene en sí valor».
La única manera de afrontar el nihilismo es contradecir exactamente lo que este afirma, es decir mostrar que el mundo tiene en sí mismo y por sí mismo un valor. Al integrar el nihilismo el subjetivismo cree superarlo. Al contrario, lo consolida, le da un lugar envidiable, el de premisa e incluso de fundamento sobre el que se construirá el resto del sistema. El nihilismo, alojado como un gusano en el interior del subjetivismo creador, sería entonces inatacable por este último, pues atacarlo precipitaría su propia caída, ya que lo utiliza como fundamento.
1. La genealogía de la moral, II, 24