Sostenemos, por tanto, que el subjetivismo creador no es a su vez más que una forma disfrazada de nihilismo, y nos daremos cuenta de ello si leemos a Nietzsche de manera más atenta.
Veremos así que Nietzsche deja traslucir su nihilismo latente. Hemos dicho, recordémoslo, que si el hombre tiene que dar valores al mundo es porque este está desprovisto de todo valor en sí mismo, proposición clave en la que reside el vínculo entre subjetivismo y nihilismo.
Se encuentra formulada tal cual en Nietzsche: Todo lo que tiene algún valor en el mundo actual no lo tiene en sí, no lo tiene por su naturaleza –la naturaleza es siempre carente de valor– sino que un día ha recibido valor como un don y nosotros hemos sido los donadores
1 (subrayado nuestro).
Se advierte entonces, a lo largo del texto nietzscheano, la afirmación repetida de que el mundo no tiene ningún valor: Quien nos revelara la esencia del mundo nos daría a todos la más penosa desilusión
2.
Así, el célebre “sospechar” nietzscheano no tiene necesariamente por vocación detectar el nihilismo para combatirlo, también puede ser un arma al servicio del nihilismo: ¡El hombre es un animal que venera! Pero también es un animal desconfiado, y el mundo no vale lo que nos habíamos imaginado que valía, quizá sea esta la cosa más segura de la que ha acabado adueñarse nuestra desconfianza. Tanta desconfianza, tanta filosofía
3.
Nietzsche llega incluso, en un párrafo extraordinario (que por esta razón vamos a citar íntegramente), a proponer soluciones para «soportar» la ausencia de valor del mundo.
Empieza planteando la pregunta: Lo que debemos aprender de los artistas. ¿Qué medios tenemos para hacer que las cosas sean para nosotros bellas, atractivas y deseables cuando no lo son? – y creo que por sí mismas nunca lo son
. (subrayado nuestro).
La respuesta consiste en inspirarse en los médicos y en los artistas: Aquí los médicos pueden enseñarnos algo cuando por ejemplo atenúan la amargura o ponen vino y azúcar en sus mezclas, pero aún más los artistas que en suma se aplican continuamente a hacer semejantes invenciones y proezas
.
Los artistas mezclan los colores, cambian los ángulos y toman distancia respecto del objeto, y así acaban haciéndolo soportable: Alejarnos de las cosas hasta que solo las veamos en parte y tengamos que añadir mucho por nuestra cuenta para poder verlas todavía, o bien contemplar las cosas desde un ángulo tal que solo se las vea en sección, o bien mirarlas a través de un cristal de color o a la luz del ocaso, o bien por último darles una superficie y una piel que no sea del todo transparente: todo eso hemos de aprenderlo de los artistas y además ser más sabios que ellos. Pues en ellos esta fuerza se detiene por lo general donde termina el arte y comienza la vida, nosotros en cambio queremos ser los poetas de nuestra vida y eso ante todo en las cosas cotidianas más pequeñas
4.
Se ve que Nietzsche deja traslucir su nihilismo. Niega todo valor al mundo real, precisamente por lo cual reprochaba al cristianismo: Este mundo de ficción tiene por entero su raíz en el odio a la naturaleza (a la realidad), es la expresión de un profundo malestar causado por la realidad […] ¿Quién es el único que tiene razones para mentir a fin de huir de la realidad? Aquel que sufre por ella
5.
Si Nietzsche no soporta la realidad porque carece de valor, podría pensarse quizá que afirma el valor de lo irreal, es decir, del sueño, del ideal. Tampoco es el caso: Si somos desengañados no lo somos con respecto a la vida sino porque se nos han abierto los ojos a las “deseabilidades” de toda clase. Miramos con un resentimiento burlón aquello que se llama “ideal”
6.
Si el valor no se encuentra ni en lo real ni en lo irreal, ¿dónde puede encontrarse? En ninguna parte. ¿Dónde reside entonces la diferencia con el nihilismo que hemos definido, recordémoslo, como la afirmación de que «nada tiene valor»?
Quizá sea esto lo que lleva a Nietzsche a esta inaudita confesión: Que siempre he sido radicalmente nihilista solo lo he comprendido hace poco tiempo; la energía, el radicalismo con que he ido hacia adelante como nihilista me engañaban sobre este hecho fundamental. Cuando se avanza hacia una meta parece imposible que “la ausencia de meta en sí” sea el fundamento de nuestra creencia
7. Nietzsche se proclama, pues, nihilista, cuando su doctrina se presentaba inicialmente como una lucha contra el nihilismo; llega a describirse como el primer nihilista consumado de Europa pero que en sí mismo ya ha vivido hasta el final el nihilismo mismo, que lo tiene detrás de sí, por debajo de sí, fuera de sí
8.
Esta confesión nos parece, en realidad, una constatación de fracaso, el de la inutilidad del subjetivismo creador para contrarrestar el nihilismo. Al retomar el postulado fundamental de este, vaciando el mundo de todo valor, el subjetivismo concede demasiado al nihilismo como para poder oponérsele posteriormente. En efecto, la única posición axiológica que puede derribar el nihilismo es aquella que se sitúa en su mismo terreno, es decir, que lo contradice y afirma que el mundo tiene en sí mismo y por sí mismo un gran valor: se trata del objetivismo.
Para aprehender el último rasgo del subjetivismo creador debemos considerar esta idea que lleva consigo: no es el mundo el que tiene realmente en sí mismo un valor, es el hombre quien se lo da. Es este orgullo humano inaudito, este antropocentrismo absoluto, lo que nos proponemos estudiar ahora.
1. La gaya ciencia, §130
2. Humano, demasiado humano, I, 1, §29
3. La gaya ciencia, § 346
4. Ibid., § 299
5. El Anticristo, 15
6. La voluntad de poder, libro 1 : El Nihilismo Europeo, p. 39
7. Ibid., 25, p. 43
8. La voluntad de poder, libro 1 : El Nihilismo Europeo, I, 1, 2