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c) El subjetivismo creador como síntoma de un antropocentrismo absoluto

Lo que resulta notable es que el subjetivismo (clásico y creador) se presentaba como una lucha contra el antropocentrismo. Así, Nietzsche pretende luchar contra el orgullo del hombre.
Es el hecho de buscar el valor real, objetivo del hombre lo que constituye esta vez para él la presunción suprema del ser humano: “El hombre contra el mundo”, el hombre principio “negador del mundo”, el hombre como patrón de las cosas, como juez del universo que acaba por poner la existencia misma en su balanza para encontrarla demasiado ligera: todo eso es de un mal gusto monstruoso y repugnante. ¿Qué hay más risible que colocar “el hombre y el mundo” uno al lado del otro? ¡Qué sublime presunción la de esa pequeña palabra “y” que los separa!1.

Del mismo modo, rechaza toda moral, en el sentido en que el moralista llevaría a cabo ese acto de orgullo insensato que consiste en pretender juzgar a los demás hombres: Pensemos en la ingenuidad que hay en decir: “¡el hombre debería estar hecho de tal manera!”. La realidad nos muestra una maravillosa riqueza de tipos, una exuberancia en la variedad y en la profusión de formas, ¿y cualquier miserable moralista de las encrucijadas vendría a decirnos: “no, el hombre debería estar hecho de otro modo”? Incluso sabe cómo debería estar hecho: pinta su propio retrato en las paredes y dice: Ecce Homo!2.
En suma, para Nietzsche es el hecho de juzgar (al hombre o al mundo), de proponer un modelo (él, que sin embargo parece proponernos el del superhombre), lo que resulta pretencioso. Debemos preguntarnos si, tratando de evitar este tipo de orgullo, no cae en una forma de orgullo mucho más importante: el antropocentrismo.

Es Freud quien propone, en un célebre texto de la Introducción al psicoanálisis, la teorización del antropocentrismo que vamos a tomar como punto de partida.
Muestra que el avance de la ciencia ha infligido al orgullo del hombre desengaños dolorosos; esto comienza con Copérnico, cuyo heliocentrismo lleva al hombre a comprender que la Tierra, y con ella la humanidad, no es el centro del universo alrededor del cual girarían todas las demás estrellas. Darwin muestra por su parte que el hombre no es más que el producto de una larga evolución y no la creación acabada, es decir perfecta, de un Dios de amor; por último el psicoanálisis (Freud tiene la modestia de no citar su propio nombre) revela que el hombre no es un intelecto racional sino que está regido por un inconsciente que lo entrega a las pulsiones de las que, sin embargo, querría escapar y que querría ocultar: El yo no es siquiera dueño en su propia casa.

Al hacerlo Freud apostaba de manera optimista por que el orgullo y el antropocentrismo del hombre irían declinando a lo largo del siglo XX. Creía ver en las ciencias una convergencia en marcha que conduciría a tal resultado.

La teoría copernicana no había hecho más que refutar el antropocentrismo «espacial», es decir la idea de que el hombre se encontraba, desde el punto de vista de las coordenadas en el espacio, en el centro del universo. Al perder esto el hombre quizá creyó primero haberlo perdido todo. Pero quizá pronto le pareció que podía encontrar nuevos motivos de orgullo y que, en definitiva, podía pretender encarnar el centro del universo de una manera muy distinta de la puramente espacial.

En efecto, en la doctrina del subjetivismo creador tal como la hemos expuesto, el universo está desprovisto de todo valor; es el hombre quien crea los valores y, en su gran bondad, se los da al universo; el hombre es para el mundo fuente de valor. El ser humano es entonces el centro axiológico –y ya no espacial– del universo. Si se nos permite una metáfora, podríamos decir que ya no se encuentra en el centro del «cuadro» (esto es lo que sostenía el antiguo antropocentrismo) sino que ha salido del cuadro, puede ahora contemplarlo en cada uno de sus puntos, constata su ausencia de «belleza» y se la da: este es el nuevo antropocentrismo.


1. La gaya ciencia, V, §346
2. El ocaso de los ídolos, La moral como contranaturaleza, 6