Libro II / Prolegómenos a la axiología
Si queremos intentar fundamentar la legitimidad de la axiología, estamos naturalmente obligados a responder a un cierto número de preguntas: «¿cuál es el contenido de esta disciplina?», «¿cuál es su interés?», «¿cuál es su método?», «¿cuáles son sus vínculos con las demás ciencias?» y, sobre todo: «¿cuál es su resultado?». ¿Por dónde empezar nuestra investigación?
Sin embargo, el examen del contenido de esta disciplina debe esperar, porque antes de intentar captar sus rasgos esenciales tenemos que ocuparnos de sus caracteres exteriores y accesorios. A estos rasgos no esenciales los hemos llamado los «prolegómenos» de la axiología (pro legomein: lo que viene antes), y son los que nos proponemos examinar a continuación.
Para ello nos parece pertinente proponer en primer lugar una definición, al menos provisional, del concepto de valor. Esto nos llevará a preguntarnos si nuestra época puede aceptar el propio proyecto de una axiología, entendida como disciplina cuyo objeto es el valor así definido; es decir, trataremos de trazar un panorama axiológico de nuestra época. Estaremos entonces en condiciones de ocuparnos de la disposición de ánimo que la axiología exige del investigador para ser comprendida y aceptada. Ello nos permitirá, en última instancia, intentar imaginar qué reconfiguración del campo del saber podría provocar la constitución de la axiología como ciencia de los valores.
I / Definición provisional del valor
Necesitamos definir este concepto de valor que vamos a utilizar, aunque solo ofreceremos una definición provisional. Todo nuestro trabajo consistirá de hecho en elaborar poco a poco esta noción. Sin embargo, hemos de dar de ella alguna idea, y eso es lo que vamos a intentar hacer a continuación.
La noción de valor nos parece adecuada para formular una cierta intuición, o más bien dos intuiciones relacionadas. La primera es aquella según la cual existiría una jerarquía universal de todos los seres, cosas, acciones y, para utilizar el término más general, una jerarquía de todas las entidades. Es la intuición según la cual ciertos comportamientos o ciertas cosas valen más que otros, son superiores o inferiores y quedan por tanto inscritos en una jerarquía, en la jerarquía de los valores. Esto constituye en cierto modo el carácter objetivo de la noción de valor, en el sentido de que pone en juego la relación de la jerarquía con el mundo exterior.
La noción de valor parece poder servir también para formular una segunda intuición: la intuición según la cual ciertas cosas serían dignas de amor. Afirmar que la naturaleza tiene un valor sería decir, en definitiva, que la naturaleza es digna de amor. Esto constituye el carácter subjetivo de la noción de valor, aquel que apela a los sentimientos del ser humano, y más precisamente al de amor.
Esto solo puede constituir una definición provisional porque, desde el punto de vista lógico, es insatisfactoria: la noción de jerarquía mediante la cual hemos definido el valor lleva ya en sí la noción de valor. Se intenta comprender la noción de valor y solo se la puede explicar mediante un término cuya comprensión exige ya en sí misma la del concepto de valor. Del mismo modo, la noción de dignidad —utilizada en la expresión «ser digno de amor»— remite fundamentalmente a la de valor para poder ser comprendida. Hay aquí un círculo vicioso lógico. Sin embargo, nos contentaremos por ahora con esta definición provisional porque tiene el mérito de iluminar la noción de valor mediante estas dos intuiciones, que ayudarán a nuestra comprensión hasta que podamos proponer una definición más consistente del valor.
Provistos de esta definición, aunque imperfecta, podemos preguntarnos: ¿puede el proyecto de una axiología insertarse en nuestra época, es decir, ser aceptado por ella? Esto nos lleva a intentar captar qué relación con los valores caracteriza propiamente a nuestra época.