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Más adelante tendremos que captar qué es y qué implica el relativismo en profundidad. Por ahora contentémonos con esta preconcepción superficial y preguntémonos si nuestra época ha abandonado la idea de una objetividad de los valores.

Una simple mirada muestra por el contrario que jamás se ha producido semejante fenómeno. Lo que se constata más bien en primer lugar es un retorno de lo religioso e incluso del fanatismo. Ahora bien, el creyente no atribuye a su Dios un valor subjetivo sino que le concede plena validez objetiva y con más razón aún el fanático, que nunca se lanzaría a la muerte por algo que no tuviera más que un valor subjetivo. En general la violencia que sacude un mundo es el signo de un mundo que cree en la objetividad del valor.

¿Se dirá entonces que ese abandono es efectivo entre la «gente que cuenta», es decir entre la «gente que sabe»? Sin embargo incluso dentro de la comunidad académica este abandono no es completo. Hoy aparecen algunos ensayos destinados a fundamentar la objetividad del valor, principalmente la de la moral: citemos a M. Conche (Le fondement de la morale), A. Léonard (Le fondement de la morale), R. Misrahi (Qu’est-ce que l’éthique ?), H. Putnam (Fait/Valeur : la fin d’un dogme et autres essais), D. Wiggins (Vérité et morale)…
Si por tanto la noción de valor objetivo ha sido abandonada no lo ha sido por la humanidad entera sino por una cierta parte de ella.

En consecuencia, cometer un contrasentido mayor consiste en decir que nuestra época es relativista; es propiamente una era en la que el relativismo se expresa con más libertad que antes pero sería falso creer que el relativismo es el único punto de vista que constituiría la verdad de nuestro tiempo. Si así fuera significaría que nuestra época tiene un horizonte, es decir un punto de vista que engloba a todos los demás y les confiere un significado: el relativismo. Ahora bien, nuestra época se revela en cambio como la primera en la que todas las teorías axiológicas se afirman «unas al lado de otras»: el objetivismo junto al relativismo, el optimismo junto al nihilismo, el ateísmo junto al fanatismo, etc. Nos parece por ello acertado definir la era posmoderna como una «época sin horizonte» ya que ninguna teoría axiológica prevalece sobre las demás. Creer lo contrario equivaldría a malentender el significado y la verdad profunda del pensamiento de Lyotard y de Sartre. Sería seguir pensando nuestra época como una melodía y no como una cacofonía.

La metáfora literaria que mejor permite comprender lo posmoderno nos parece ser el encuentro fortuito sobre una mesa de disección de un paraguas y una máquina de coser de Lautréamont: ese encuentro carente de sentido entre cosas sin relación alguna figura bien la yuxtaposición insensata posmoderna de teorías axiológicas inconmensurables.
Por ello querer reducir lo posmoderno al relativismo sería querer contar el mundo, es decir encerrarlo en un «gran relato» —ayer el marxismo hoy el relativismo—. Lo que prima en cambio hoy es la cacofonía de todas las jerarquías de valores que, liberadas por la democracia liberal, se afirman alta y claramente y chocan entre sí en la violencia y la palabrería.

Nuestro mundo no aparece por tanto como el de la pérdida del sentido sino como el de la afirmación de todos los sentidos posibles.