b/ El diagnóstico superficial trazado por la doxa
a) Primer juicio de la doxa: nuestra época se define por un relativismo de los valores
Para aprehender nuestra época tenemos que partir de cierta «doxa» que circula en el «aire del tiempo» y en particular en el aire del tiempo universitario. A veces conviene analizar nuestra experiencia personal aunque no pueda servir de base para una generalización.
Por nuestra parte, cuando en el curso de nuestras discusiones estudiantiles hemos planteado la idea de la mera posibilidad –y no de la realidad– de una ciencia de los valores, la condena ha sido unánime. Un eminente profesor, interpelado, nos dijo que «en nuestra época querer hacer una ciencia de los valores no tiene sentido». La idea de que haya valores objetivos o de que el problema de los valores pueda encontrar una respuesta pertenecía para este profesor (o más bien esta profesora) a la época de Descartes. Un proyecto así solo podía florecer en el siglo clásico y nosotros nos parecíamos a una mala hierba que había brotado en un suelo que no era el nuestro.
Esta reacción resulta al fin y al cabo muy valiosa para nuestra reflexión más que ponerle término. Encarnaría cierta tendencia de la época posmoderna. ¿No puede decirse que el posmodernismo se define por el hecho de que abandona la cuestión, e incluso la noción misma, de los valores objetivos?
Esto se toma como una evidencia para ciertos filósofos y sociólogos como Mannheim: Hoy hay demasiados puntos de vista de igual valor y de igual prestigio, cada uno mostrando la relatividad del otro, para que podamos adoptar una única posición y considerarla inatacable y absoluta
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La obra colectiva Où vont les valeurs ?, que busca precisamente analizar el perfil axiológico de nuestro tiempo, admite como un hecho que no hay fundamento de los valores:
La sospecha de una relatividad histórica y cultural de los valores, así como las diversas empresas de desmitificación que han intentado reducirlos a ropajes ideológicos que disimulan mecanismos de poder, han sacudido la fe filosófica, religiosa o artística en un absoluto de lo Verdadero, lo Bueno y lo Bello.
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Esta gran crisis de los valores, que ha conmovido profundamente los dos últimos siglos, desemboca en múltiples incertidumbres. ¿Significa la ausencia de un fundamento trascendente que permita anclar valores eternos en un cielo inmutable o recibirlos de una vez por todas de una revelación indudable el crepúsculo de los valores?
Lo que nos espera no es el descubrimiento de ese fundamento ausente sino algo muy distinto: En un mundo marcado por el encuentro planetario de las culturas, ¿debemos prever antagonismos virulentos, choques eventualmente violentos entre valores contrarios? ¿O asistiremos más bien a hibridaciones inesperadas y novedosas entre sistemas de valores de orígenes y orientaciones hoy extraños unos a otros?
El porvenir no es la fundación sino la hibridación; pero ¿cómo puede injertarse una flor en otra si ninguna de las dos tiene raíces?
El autor (J. Bindé) señala que la ausencia de fundamento convierte los valores en una simple cuestión de moda: Así, el fenómeno de la moda, que hasta ahora solo concernía a los ámbitos donde el arbitrio y la convención son de rigor, como el vestido, invade toda nuestra concepción de los valores. Vivimos en lo efímero, la obsolescencia acelerada, el capricho subjetivo, como si los valores más sagrados, una vez desprovistos de fundamento, pudieran entrar en el gran mercado de los valores mobiliarios y flotar a su vez. […] ¿Cómo, en este contexto todopoderoso que parece privilegiar la frivolidad de los valores, pensar aún su seriedad?
3 (la hipótesis de encontrarles ese fundamento ni siquiera se contempla).
1. Ideología y utopía, I, VI
2. Où vont les valeurs ? Unesco / Albin Michel, Paris, 2004, p.14
3. Ibid, p.15-16