b) Un mundo desprovisto de «horizonte insuperable»: Sartre
Escuchemos antes de pronunciarnos a un gran espíritu inmerso en la era de los «grandes relatos»; quizá nos ayude a comprenderla mejor desde dentro. Sartre, en Situations, nos habla del marxismo como del horizonte insuperable de nuestro tiempo
. Tenemos aquí un segundo diagnóstico que no utiliza el concepto de «relato» sino el precioso de «horizonte». ¿Qué puede aportarnos esta segunda determinación? ¿Qué es un «horizonte»? ¿Qué significa ser «horizonte» para algo?
El horizonte es aquello que está inmensamente lejos de mí y que no puede sino estar siempre lejos pues se aleja cada vez que intento acercarme a él. Su lejanía revela la potencia de mi mirada, la formidable amplitud del ámbito que puedo abarcar con la vista. A menudo es al contemplar el mar o desde un collado el paisaje de los valles nevados que se extienden bajo mí cuando un sentimiento de poder se apodera de mi espíritu y lo hincha desmesuradamente.
Por ello, cuando Sartre dice que el marxismo es el horizonte de su tiempo, esto significa, por una parte, que es el punto de vista desde el cual el ser humano comprende la globalidad de su época, pues todo acontecimiento queda incluido, abarcado, en ese horizonte marxista. Todo se esclarece y adquiere sentido a partir de él. El hombre marxista es entonces aquel que accede al poder mediante su clarividencia, su «comprensión de lo que quiere la época» (así define Hegel al gran hombre en La razón en la historia).
La era posmoderna se definiría entonces como una época «sin horizonte». Sería un tiempo que ha perdido todo horizonte. ¿Qué puede querer decir esto?
Resulta difícil imaginarlo, pues parece que en todo paisaje la mirada del ser humano distingue un primer plano, un segundo y por último un fondo que dibuja la línea del horizonte. ¿Cómo sería visualmente un paisaje en el que solo existiera el primer plano?
Precisamente, no sería un paisaje. Se parecería más, por ejemplo, a una habitación en la que reinara un gran desorden. Una habitación es ya de por sí un lugar cerrado caracterizado por el hecho de que las líneas de fuga no pueden fugarse a ninguna parte o ni siquiera tienen tiempo de constituirse como líneas de fuga. Pero el desorden de trastos que reina allí también tiene su importancia.
En un paisaje, como el del océano, todos los elementos del decorado, como las olas, señalan naturalmente hacia el horizonte. Nada estorba la vista, es decir, cada objeto o ser vivo puede integrarse de manera armoniosa en ese gran movimiento que arrastra todas las cosas hacia el punto de fuga. En la montaña, el rumiante en primer plano remite de manera natural al aprisco en segundo plano y a esa gran pradera en tercer plano, que a su vez se integra armoniosamente en la masa poderosa de los picos, iluminados finalmente por el sol poniente en el horizonte. Los elementos del decorado son unos para otros, o al menos lo parecen. El horizonte es ese elemento de significación que en último término hace posible la unión de estos objetos y constituye su «ser-unos-para-otros».
En una habitación llena de un batiburrillo heteróclito de objetos no puede encontrarse esta simpatía entre los elementos del decorado. Los libros apilados sobre la mesa no remiten a la statuilla volcada en el suelo ni al montón de cajas medio abiertas que aplasta en parte un piano desvencijado. Los objetos están simplemente unos al lado de otros. Ningún horizonte viene a unificar todos esos elementos.
Si nuestra época está entonces sin «horizonte insuperable» como lo estaba la de Sartre, esto significa que los elementos que la constituyen están unos-al-lado-de-otros y no unos-para-otros. Nuestra época es un batiburrillo de significados más que una totalidad armoniosa. El ser humano ha dejado de contemplar el paisaje grandioso del océano para entrar en la habitación siniestra de un hotel destartalado.
Estamos pues armados para intentar aprehender el carácter axiológico de nuestra época. Más precisamente, estamos armados con dos conceptos: el de «gran relato» y el de «horizonte». ¿Sería nuestra época aquella que ha abandonado todo intento de «gran relato axiológico» y aquella que ha perdido todo «horizonte axiológico»?