En primer lugar, ¿qué puede probar el interés que podamos tener por una idea respecto a su verdad o su falsedad? Nada, a nuestro juicio. Ciertamente nos interesa creer que Dios existe y que hay que ser moral, por eso esa idea se imagina con facilidad y se acepta de buen grado. Nietzsche señala con razón que sería erróneo inferir de ello que es verdadera: no porque una idea sirva a nuestro interés es verdadera. Pero sería igual de erróneo inferir que una idea es falsa por el hecho de servir a nuestro interés. No porque sería bueno para nosotros que exista un Dios se sigue que no existe. No porque sea nuestro interés ser moral se sigue que no haya que serlo.
Establecer el interés de una idea no nos informa en absoluto sobre su valor o su verdad, es decir, sobre su fundamento, sino solo sobre su éxito entre nosotros, sobre la importancia que vamos a concederle.
Por otra parte, el origen de una idea tampoco nos informa en absoluto sobre su verdad o su falsedad; solo nos dice de qué modo llegó a nuestro conocimiento. Que haya sido nuestra debilidad o la sociedad quien nos la enseñó no nos dice nada sobre su verdad ni sobre su valor.
Además, la doctrina nietzscheana introduce un postulado axiológico aristocrático —que puede ponerse en cuestión— según el cual lo que procede de un origen despreciable no puede ser sino despreciable en sí. Ahora bien, se ve comúnmente que lo que procede de un origen despreciable puede superar infinitamente en valor a aquello de lo que procede: así, el río tumultuoso nace de una fuente diminuta, un gran hombre como Napoleón proviene de una familia modesta de Córcega, el propio Nietzsche procede de una familia profundamente piadosa cuyo padre era pastor, etc. Por tanto, no porque la moral y la idea de Dios nazcan de un interés mezquino han de ser ellas mismas mezquinas.
Por último, la condena nietzscheana se apoya en un juicio axiológico que nos parece infundado —y que tiene por tanto valor de dogma— según el cual la debilidad tiene valor negativo mientras que la potencia tiene gran valor. Ese juicio puede ser verdadero o falso; en todo caso, es infundado. Puede imaginarse por el contrario una posición que afirme que son la dulzura, la fragilidad, la debilidad las que tienen valor —el de un cervatillo, de una flor solitaria en medio de un campo, de un niño, etc.— y de hecho a menudo eso es lo que nos seduce.
En resumen, Nietzsche en su estudio genealógico nos muestra cómo las ideas de moral y de religión llegan a nuestro conocimiento y por qué les concedemos gran importancia; su valor negativo en sí mismas o su falsedad se afirma, a nuestro juicio, a partir de una inferencia imposible —del origen al fundamento de una idea— y de un juicio axiológico dogmático al que pueden oponerse otros cuya multiplicidad conduce precisamente a la conciencia a plantearse el problema de los valores.
Este intento —condenado al fracaso, como hemos intentado mostrar— de deducir el fundamento de la moral a partir de su origen no nos parece caracterizar solo la obra de Nietzsche. En realidad, muchas doctrinas nos parecen participar de este proceder, y en primer término lo que podríamos llamar «sociologismo moral».
d/ Extensión al sociologismo moral
Podemos definir el sociologismo moral como la doctrina que intenta justificar o censurar —es decir, fundamentar— tal o cual regla moral remitiéndola a su causa o a sus condiciones sociales. Se ensalzará una regla moral mostrando que la exige el estado mismo de la sociedad, es decir, que una causa social profunda está en el origen de su instauración, e inversamente —vía más frecuente— se criticará otra regla sosteniendo que la sociedad ha evolucionado y que, al no existir ya la causa social que dio nacimiento a esa regla, debe abandonarse.
Se ve que esta doctrina consiste de hecho en deducir el fundamento —o la ausencia de fundamento— de una moral a partir de su origen social, pues la causa o condición de un fenómeno no es otra cosa que su origen.
Es probable que muchos sociólogos no se reconozcan en esta doctrina del «sociologismo moral». Pero es notable que fuera formulada y conceptualizada por uno de los padres de la sociología, Durkheim, y que aparezca con frecuencia en numerosas obras sociológicas. Nos ha parecido por último legítimo llamar «sociologismo moral» a una doctrina que intenta determinar el fundamento de la moral tomando como criterio la sociedad en la que esa moral se ejerce.