Se ve que Durkheim pasa aquí a un segundo plano de la argumentación que descansa en la idea —en el fundamento de la sociología— de que el individuo no existe fuera de la sociedad, que no es más que una abstracción cuando se le considera por sí mismo y que en realidad solo existe el todo social. Por consiguiente un individuo que negara la moral de su tiempo (que pretendiera que no hay fundamento de la moral) negaría a la sociedad misma y se tendría por capaz de existir fuera de la sociedad. Esta idea es condenada por Durkheim mediante tres argumentos distintos, si no contradictorios:
En primer lugar eso es imposible como acabamos de ver: La única cuestión que puede plantearse el hombre no es saber si puede vivir fuera de una sociedad sino en qué sociedad quiere vivir
1.
O bien equivale a afirmar que se quiere morir, por lo que Durkheim añade: Resta examinar si el hombre debe negarse; la cuestión es legítima pero no será examinada. Se postulará que tenemos razón al querer vivir
2.
Por último equivale a querer dejar de ser un hombre: No podemos querer salir de la sociedad sin querer dejar de ser hombres […] Solo podemos renunciar a ella renunciando a nosotros mismos
3.
Vemos pues que el sociologismo moral propone una fundamentación de la moral —la sociedad y las condiciones sociales que engendran tal regla— pero el fundamento que propone es relativo. En efecto, una regla moral fundada hoy puede dejar de estarlo mañana porque el estado social ha evolucionado y ha perdido toda razón de ser; deberá entonces abandonarse. Ninguna regla está fundada en absoluto. Lo fascinante de esta doctrina es que concilia el objetivismo y el relativismo cuando podría pensarse que se oponen.
Por otra parte se advierte la ambigüedad que anima el enfoque de Durkheim, que declara a la vez no querer juzgar la moral de una época —sino solo explicarla— como hemos visto, pero propone al mismo tiempo un fundamento para ella.
Esa ambigüedad reaparece en los dos conceptos con los que Durkheim va a juzgar tal o cual regla moral: los conceptos de «normal» y «patológico». Porque Durkheim evita cuidadosamente el concepto de «valor», que mostraría de inmediato que no se limita a explicar la moral, sino que la juzga. Por ello no examina si tal regla moral tiene un valor, sino si es «normal» o «patológica». Será patológica toda ley que subsista cuando la causa social que le dio origen ha desaparecido. Será normal toda ley conforme al estado social de su tiempo —o producida por él—.
Así, todo el capítulo III de Las reglas del método sociológico consiste en ese esfuerzo retórico por llegar a juzgar el valor de un fenómeno sin usar el concepto de valor. El concepto de «normalidad» permite instaurar esa ilusión óptica: se usa un concepto distinto del de «valor», pero que a la vez permite juzgar, subrepticiamente, el valor de una cosa.
En efecto, «ser normal», si se separa el concepto de normalidad de toda consideración de valor, no significa otra cosa que «ser frecuente». Tal es el sentido que Durkheim da a ese concepto. Pero querer negar así que el concepto de normalidad está vinculado al de valor lo conduce a paradojas insolubles, como la afirmación de que el crimen es normal en una sociedad. En realidad Durkheim no dice aquí otra cosa que: «el crimen es frecuente en una sociedad», pues para él normal no significa otra cosa que frecuente —o general respecto de una especie dada—. Pero la paradoja proviene de que en el uso la noción de normalidad está ligada a la de valor, pese a los esfuerzos de Durkheim.
Uno de los aspectos esenciales del sociologismo moral consiste en querer evitar todo juicio de valor, a la vez que los reintroduce subrepticiamente mediante conceptos distintos, como aquí los de «normalidad» y «patológico» (puede citarse también el concepto de «reaccionario», que oculta tras una apariencia objetiva —quien se atiene a reglas morales cuyas condiciones han desaparecido— un juicio de valor implícito). El sociologismo moral se caracteriza así por la adopción de numerosas posiciones axiológicas —o juicios de valor— y por su cuidadosa ocultación.
Ahora bien, esa huida de la noción de valor es precisamente lo que nos parece impedir que el sociologismo moral funde la moral. En efecto, el sociologismo, como Nietzsche, no parece sino sacar a la luz el origen de la moral. Las reglas morales tienen por origen tal o cual condición social. Pero pedir que se respeten esas reglas morales, es decir fundar la moral, exigiría probar que esas reglas morales tienen valor y no solo condiciones.
Por otra parte habría que mostrar que esas condiciones sociales mismas tienen valor. Durkheim logra mostrar que tal moral es necesaria para la subsistencia de tal sociedad. Pero ¿qué responder al inmoralista que afirma: «lo que tiene valor es la desaparición de esa sociedad —la sociedad en general o tal sociedad—», o: «la sociedad no tiene ningún valor, por tanto la moral tampoco»? Logra mostrar que el individualismo es imposible, que el individuo no existe fuera de la sociedad. Pero ¿qué responder, incluso si se admite ese postulado dudoso, a quien afirmara: «el individuo es imposible, no es más que un sueño, pero el sueño, lo imposible, tiene más valor que lo real»?
Se ve: el sociologismo moral se apoya en una serie de juicios de valor no fundados y Durkheim lo reconoce en parte cuando presenta como un postulado uno de ellos: Queda por examinar si el hombre debe negarse [al salir de la sociedad]; la cuestión es legítima pero no será examinada. Se postulará que tenemos razón al querer vivir
4.
Ahora bien, una serie de juicios de valor no fundados no puede constituir un fundamento de la moral sino solo una serie de opiniones sobre la moral. El fracaso del sociologismo moral aparece en definitiva como un segundo ejemplo, tras Nietzsche, de la imposibilidad de deducir un fundamento de la moral a partir de su origen aquí social.
1. Ibid.
2. Sociologia y Filosofia, II : Determinación del hecho moral
3. Ibid.
4. Ibid.