Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

bandera de Francia

¿De dónde procede el desconcierto platónico? De que el «agathon» griego tiene un alcance tan general que reúne todos los sentidos de la palabra «bien»1 (incluida la acepción de propiedad)2. Es por tanto, como el término francés bien, un término equívoco, ambiguo. No se sabe cuál de esos seis sentidos convoca la palabra agathon cuando aparece o hay que deducirlo por el contexto. Pero la traducción no plantea problema: se traduce el ambiguo «agathon» por el ambiguo «bien» y la dificultad se aplaza y queda a la apreciación del lector, a quien corresponde adivinar qué entiende el autor por Bien.

Así, con solo consultar la República, encontraremos cada uno de esos sentidos bajo el término «agathon». Por ejemplo:
• como «ventajoso/útil»: Lo que destruye y corrompe las cosas es el mal; lo que las conserva y les aprovecha es el bien3.
De ahí deduce que el mayor mal para una ciudad es lo que la divide y la hace múltiple en vez de una, y el mayor bien lo que la une y la hace una4.
• como bueno moralmente: ¿No se ven forzados a convenir que hay placeres malos?» por tanto «las mismas cosas son buenas y malas5 (paradoja obtenida por la confusión de los sentidos del término bien).
• como «valor en sí» cuando Platón define el bien como el sol del mundo inteligible6 y como lo que ocupa la cumbre de la jerarquía de los seres.

Parece entonces que el concepto de bien es inadecuado para plantear correctamente el problema de los valores; por la simple razón de que la multiplicidad de sus sentidos le permite mezclar en una sola varias cuestiones distintas. Esta imperfección no proviene de un desplazamiento histórico del sentido sino que estaba presente desde el principio en su antepasado conceptual griego «agathon».

Conviene evitar esta dificultad eligiendo desde el inicio el concepto adecuado para plantear el problema axiológico.
¿Cuál es?

Puede señalarse que los distintos sentidos de la palabra «bien» están unidos por un rasgo común: representan para el ser humano algo atractivo, algo que puede proponerse como fin. El ser humano puede buscar cumplir su deber, obtener placer de algo, ser feliz, seleccionar objetos según su utilidad o buena adecuación o bien aquellos que para él tienen valor. El concepto de «finalidad» unifica todos esos sentidos y uno se pregunta al final si no deberíamos devolverle una oportunidad al concepto de bien interesándonos en realidad no por él sino por el concepto que se oculta detrás y que parece más fundamental que los demás: el fin.

Quizá sea mediante el concepto de fin como podemos determinar el valor de una cosa. Dos argumentos pueden llevarnos a esta posición: en primer lugar parece que hay que determinar cuál es el fin, el propósito de una cosa para saber cuál es su valor; por ejemplo, no podemos hallar el valor de un par de zapatos si no conocemos su finalidad (caminar) y si no comprobamos si permiten alcanzar ese fin (¿están agujereados, son cómodos?). En segundo lugar, buscar cuál es el valor supremo ¿no es buscar cuál es el fin supremo?

Se ve que este camino es prometedor. Escuchemos entonces a Aristóteles, que es quien la representa por excelencia.


1. Cf par ex. dictionnaire grec-français Hatier : « agathon » : le bien, en tous sens
2. Así, «en Atenas se venden todos los bienes» se dirá panta ta agatha omou poleitai en tais Athénais (p. 279)
3. República, 608e
4. Ibid., 462b
5. Ibid., 505c. A menos que Platón contraponga aquí lo ventajoso y lo agradable; en cualquier caso esto confirma la idea de la equivocidad de la palabra «bien».
6. Ibid., 509a