Acabamos de ver en qué consiste exactamente, para estas teorías, el problema axiológico: ¿hay o no vínculos entre los valores? En otros términos, el problema de los valores no es el de su fundamento sino el de su vínculo. No es el fundamento de esos valores lo que plantea dificultad: en realidad estos autores nunca cuestionan que lo bello, lo verdadero y lo bueno sean realmente valores, lo admiten como algo evidente.
Cabe decir por ello que el problema de los valores les ha resultado ajeno, pues para nosotros reside precisamente en que ningún valor puede admitirse como evidente y en que la investigación axiológica tiene por objeto determinar qué tiene o no tiene valor. Estas teorías no buscan por tanto responder al problema de los valores: para ellas, de hecho, no hay problema; han permanecido sordas, en su certeza, a aquello que resiste al investigador.
Pero estas teorías no solo adolecen de no plantear siquiera nuestro problema: llegan a impedirnos formularlo al deformar el sentido del concepto que debemos emplear, el de valor, lo que desemboca en el sinsentido que constituye el concepto de «valores» en plural. La hipótesis que quisiéramos sostener, por el contrario, es que el concepto de valor solo tiene sentido en singular. Para ello debemos retomar los distintos momentos del razonamiento que lleva a esas teorías a tal resultado.
Ante todo se constata con razón que muchas cosas muy distintas pueden tener valor: un cuadro, el coraje, el orgullo, etc. Pero subrepticiamente se opera una inferencia: esas cosas —que tienen valor— pasan a ser llamadas a su vez valores. Dicho de otro modo, lo que tiene valor se convierte en un valor. Se pasa así del verbo «tener» al verbo «ser», sin justificación alguna. «X tiene valor» se convierte en «X es un valor». Como X puede ser muchas cosas, según hemos visto, se deduce que hay una pluralidad de valores; es decir, se infiere erróneamente la pluralidad de los géneros de valor a partir de la pluralidad de los objetos que tienen valor. Tal deducción no puede sostenerse porque descansa en una curiosa confusión gramatical entre los verbos «ser» y «tener»: sin embargo hay una diferencia importante entre decir «el hombre tiene nariz» y «el hombre es una nariz»…
Por otra parte, como el X en cuestión del que se dice que tiene —o que es— un valor es casi siempre una cualidad (bello, justo, bueno), se confunden valor y cualidad, confusión que debemos examinar ahora porque es la segunda razón que lleva a poner el valor en plural.
Por cualidad entendemos una propiedad considerada tradicionalmente como valiosa: bello, gracioso, inteligente, útil, eficaz, cómodo, sobrio, son cualidades. La teoría a la que nos oponemos sostiene que esas cualidades engendran cada una un género distinto de valor; por ejemplo la cualidad «bello» no sería otra cosa que el valor estético, o la cualidad «bueno» representaría el valor moral.
Conviene reparar en la consecuencia directa que a nuestro juicio se sigue de esta idea: la desaparición lisa y llana del valor. Porque entonces interrogarse por los valores consistirá simplemente en preguntarse si algo es bueno o no, bello o no, y en general si tal cosa posee tal cualidad.
A nuestro entender, por el contrario, la investigación sobre los valores tiene un objeto muy distinto: no busca determinar si tal acto es moral (o tiene un valor moral) sino determinar si la moral tiene valor o no. No pretende averiguar si tal objeto es bello, cómodo o útil sino captar el valor de la belleza, de la comodidad o de la utilidad y, en general, de todas las cualidades. Ahora bien, si consideramos que debemos buscar el valor de todas las cualidades, admitimos que el valor es algo distinto de la cualidad, algo de lo que esta puede estar dotada pero que no es.
La cualidad difiere esencialmente del valor en que la cualidad tiene o no tiene valor —lo que posee es distinto de lo poseído—. El valor se muestra irreductible a la cualidad, como una entidad autónoma que debemos pensar por sí misma: el valor aparece allí donde antes desaparecía.