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4/ Balance: la noción de valor, irreductible a cualquier otra


Nuestra reflexión nos lleva al siguiente resultado: si no nos equivocamos, el concepto de valor se ha confundido con otros conceptos próximos pero realmente distintos, como los de bien y fin. Por ello se ha considerado que plantear el problema de los valores era plantear el del sumo bien o el del fin supremo, cuando esas cuestiones eran en el fondo distintas. Se ha sustituido un problema por otro o, dicho de otro modo, se ha hecho desaparecer un problema —el problema de los valores— que nunca ha podido plantearse como tal porque siempre se ha planteado mal.

Pueden identificarse también otras formulaciones, aunque solo podemos evocarlas brevemente. Así, la noción de «valor» nos parece haber sido confundida con la de «sentido», y el problema de los valores con la pregunta «¿tiene sentido la vida?» o «¿tiene sentido la historia?». Del mismo modo nos parece que se ha asimilado de forma abusiva «valor» y «derecho», «realidad» y «naturaleza», y que se ha confundido erróneamente la cuestión axiológica «¿hay algo que tenga realmente valor?» con la cuestión política «¿existe un derecho natural?», en el sentido de un derecho legítimo, es decir, que tenga valor.

Sin embargo, la diferencia entre estas preguntas salta a la vista: la historia podría tener un sentido (por ejemplo el progreso de la especie humana), pero cabe imaginar una posición axiológica que afirme que ni el hombre ni el arte ni la técnica tienen valor y que, por ello, el progreso humano, sea artístico o técnico, no tiene ningún valor. Del mismo modo, el hecho de haber encontrado un sentido a mi vida (por ejemplo una actividad que me realice) no funda en modo alguno el valor de esa vida. También puede imaginarse una posición axiológica que sostenga que lo que tiene valor es el sinsentido, el caos, y que alabe por ello una vida o una historia sin rumbo fijo.

Del mismo modo, imaginemos que se hubiera podido responder a la pregunta de si existe un derecho natural e incluso identificar cada una de las leyes que prescribe: no nos parece que se hubiera avanzado ni un ápice en la resolución del problema de los valores. Porque esa presentación de la naturaleza como fundamento de los valores no se apoya en nada, y puede concebirse una posición axiológica que afirmara que lo que tiene valor es lo que supera la naturaleza, la contradice, la sobrepasa —idea que quizá esté en el fundamento de la ciencia, así como de las ideas de progreso y de cultura—, sea o no posible superarla. No serviría entonces de nada mostrar a quien sostiene que lo valioso es precisamente separarse de la naturaleza que un comportamiento viola la ley natural.

Se ve que, aun si hubiéramos —no se sabe cómo— resuelto la cuestión del sentido de la vida o de la historia y la existencia de un derecho natural, ni siquiera habríamos rozado la cuestión de qué tiene valor. Con todo, habría sido interesante detenerse en la noción de derecho natural o de sentido —de la historia o de la vida— para entender cómo la cuestión axiológica pudo transformarse así y, con ello, perderse; pero un trabajo así no puede realizarse aquí.


Podemos quizá concluir: la noción de valor es irreductible a cualquier otra, y las confusiones que nos parecen haberse producido con conceptos afines son ilegítimas.
El hecho de que se trate de conceptos morales o procedentes del ámbito ético (bien, fin, etc.) hizo que la axiología se confundiera con la moral y que se creyera que el problema de los valores era una cuestión ética.

¿Cuáles son las consecuencias de esta absorción de la axiología por la ética? Es lo que nos proponemos examinar a continuación.

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