Si llamamos bien supremo a aquello que tiene el valor más alto y se llega a él por el concepto de fin se presupone algo muy importante: que aquello que tiene el valor supremo puede ser visado como fin por nosotros mismos como individuos y más en general por el ser humano como especie. Ahora bien, orientar algo como fin solo es posible si ese fin constituye para nosotros una ventaja, es decir que no nos es perjudicial ni siquiera indiferente. Esta ventaja puede adoptar diversas figuras: puede ser moral (la meta alcanzada nos ayuda a perfeccionarnos), útil o agradable, o incluso financiera.
Plantear algo como fin para el ser humano equivale a afirmar que es útil para la especie humana en general y para cada individuo en particular. Es una idea —interesada— que se presupone en todo uso del concepto de fin.
Si planteamos el problema de los valores así: «¿cuál es el fin supremo?», situamos desde el inicio nuestra pregunta, que debería permanecer neutra, bajo un presupuesto de gran calado: postulamos que lo que ocupa el lugar más alto de la jerarquía, el valor supremo, tiene una utilidad para los seres humanos, está bien dispuesto hacia ellos, les es beneficioso. Ni siquiera imaginamos que el valor supremo pueda ser indiferente o incluso nocivo para el hombre.
El ser humano se figuraba antes que el cosmos entero giraba en torno a su persona, que era el centro del universo. Ese antropocentrismo físico halla su correlato en este antropocentrismo axiológico, que considera que lo que posee el valor supremo no puede ser sino un fin para el hombre. ¿Y si en realidad lo que tiene el valor supremo no concerniera en nada al hombre, no le fuera en absoluto beneficioso, no guardara relación con él o incluso le fuera perjudicial?
Esta idea de un valor supremo que a la vez pudiera ser para nosotros fin supremo puede ser un deseo nuestro, un sueño que acariciamos y que quizá se confirme al término de la investigación axiológica; pero no puede en ningún caso ser un presupuesto sobre el que apoyar nuestra indagación, y menos aún un presupuesto inconsciente que se oculta, sin que lo advirtamos, detrás de los conceptos mismos con los que formulamos la pregunta. En otras palabras: usar el concepto de finalidad para plantear el problema de los valores equivale a traicionarlo porque nos comprometemos desde el primer momento y sin darnos cuenta con una perspectiva antropocéntrica.
Queda una posibilidad: que Aristóteles nunca buscara plantear el problema de los valores sino solo la cuestión de qué es lo mejor para el hombre. Dicho de otro modo, Aristóteles no habría considerado indagar si existe una jerarquía universal de los seres y de todas las cosas sino únicamente qué ama más el hombre y qué le resulta más ventajoso, tarea que como es obvio no tiene nada que ver con el problema de los valores. Algo que parece anunciar explícitamente cuando afirma: el bien que buscamos es el bien del hombre y la felicidad que buscamos es la felicidad del hombre
1.
No extraña entonces que sea la felicidad lo que constituye para Aristóteles el fin supremo, pues es —es una tautología— lo más ventajoso para el hombre, aquello que lo hace más feliz. Aristóteles observa: al menos acerca de su nombre [el del bien supremo] hay un asentimiento casi general: es la felicidad, tanto para la masa como para la élite
2. Este consenso se explica porque se trata de una tautología que nadie puede dejar de efectuar.
Para resumir, o bien la cuestión axiológica no la plantea en absoluto Aristóteles, que se limitaría a plantear la cuestión del bien humano, de lo que tiene valor para nosotros, o bien se plantea en términos que la traicionan y que desde el principio conceden dogmáticamente (sin examen) dos predicados a lo que tiene el mayor valor en sí: que es deseado por nosotros, que es un fin para nosotros.
Podemos entonces concluir: el concepto de finalidad no puede en ningún caso ser el cimiento sobre el que se construya la axiología; y toda «ética de los fines» no puede ser más que tautológica o dogmática según la pregunta que formule. Concluyamos sobre todo que el valor no es el fin; son dos conceptos irreductibles.
Si el valor no es ni el bien ni el fin ya no se ve muy bien qué podría ser. Quizá podamos conformarnos con esta definición mínima —por tanto sólida—: el valor es la cualidad de una cosa. ¿Buscar el valor de una cosa no es buscar sus cualidades? Esta es la hipótesis que vamos a examinar ahora.
1. Ética nicomáquea, I, 13
2. Ibid., I, 4