Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

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Para nosotros la cualidad —o su contrapartida negativa, el defecto— no está cargada de ninguna consideración de valor, aunque pudiera parecerlo.

Tomemos algunos ejemplos: bello, justo, débil, cobarde, sorprendente son cualidades (positivas o negativas). Sostenemos que cuando se atribuyen cualidades a algo no se emite un juicio de valor sino un juicio de hecho; es decir, los juicios «Sócrates es justo» o «este soldado es cobarde» son del mismo género —y en particular participan del mismo tipo de objetividad— que «este jarrón es de arcilla».
En efecto, que tal soldado sea cobarde puedo constatarlo empíricamente al verlo salir corriendo al comienzo del bombardeo; puedo apelar a la experiencia igual que cuando quiero comprobar el material del jarrón. Del mismo modo, que Sócrates sea justo y más moral que un tirano es un hecho, una evidencia de la experiencia. Se constata como se constata la naturaleza del material del jarrón.

En cambio lo que no es un hecho, lo que no se constata con evidencia, es el valor de esa cualidad: la «justicia» (o la «cobardía»). Ahí está el punto problemático: el problema de los valores.

Así, «Sócrates es justo» es un juicio de hecho, «la justicia tiene valor» es un juicio de valor.

Tal vez ahora se nos haga visible el sentido del término «cualidad»: las cualidades son ante todo propiedades empíricas como las demás. «Cobarde» o «bueno» son tan propiedades empíricas como el «punto de fusión» o la «solidez» de un material.
Pero las cualidades, aun siendo propiedades empíricas, no se nos presentan como tales porque les atribuimos algo que no atribuimos a las propiedades de tipo «clásico» —por ejemplo las físicas del estilo pesado, duro, ligero—: un valor. Como el valor no es algo empírico ni constatable creemos entonces que las cualidades no tienen nada de empírico ni de constatable. Ahora bien, el valor que atribuimos a ciertas propiedades no se funda para nosotros en nada más que en los usos y las costumbres, por eso hemos aislado dogmáticamente la justicia, la belleza, etc., del resto de propiedades.

En otras palabras, las cualidades son propiedades a las que el ser humano ha atribuido quizá erróneamente un valor. Si no las hubiera considerado como dotadas de valor habrían permanecido para él lo que son en realidad, es decir, propiedades empíricas tan indiferentes como la solidez de un material y cuya existencia es tan constatable como esta.

Así pues, al atribuir un valor a ciertas propiedades, el ser humano les ha quitado la certeza de su existencia. Según esta investigación parece, en cambio, que la certeza de la existencia de esas cualidades está tan asegurada como la de las demás propiedades —a saber, que puede determinarse si tal acto es bueno o no— y que es su valor lo que resulta incierto.

Por ello proponemos reconsiderar la distinción tradicional entre juicio de hecho y juicio de valor, pues ampliamos de forma considerable el ámbito de los hechos al afirmar que todo el campo de las cualidades forma parte de ese ámbito. El empeño de la sociología o de la historia en desterrar toda consideración de cualidad por rechazo de todo juicio de valor, para permanecer en el mundo de los hechos —tenido por más objetivo—, resulta por tanto vano.