Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

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Sería ir demasiado lejos intentar averiguar cómo ha podido constituirse el intuicionismo axiológico, en particular qué influencia han podido ejercer sobre su aparición el intuicionismo epistemológico y el intuicionismo moral.
Se podrían buscar por ejemplo en el «espíritu de fineza» pascaliano, opuesto al «espíritu geométrico», pero también en el je ne sais quoi del padre Bouhours, lejanas prefiguraciones de esta intuición. O bien en los debates entre los intuicionistas ingleses del siglo XVII (Cudworth, Clarke, Shaftesbury, Hutcheson, Reid) acerca de la moral: ¿el acceso inmediato a una dimensión objetiva de los hechos morales es posible gracias a una facultad intelectual, a una forma de sensibilidad o «sentido moral», o gracias a una conciencia que combina las funciones de la razón y del sentido?

El intuicionismo de los valores nos parece descrito perfectamente por Lavelle en su Traité des valeurs.
En primer lugar, el autor señala que la intuición axiológica no es una simple contemplación pasiva sino participación en el valor que ella intuye: El valor nunca se da de tal manera que haya una experiencia segura que permita aprehenderlo. Quien no participa en el valor, como lo muestra por ejemplo la insensibilidad estética, nunca sabrá lo que es. [...] El valor es invisible y secreto, solo se entrega a quien lo busca y lo ama. [...] Se comprende entonces por qué el valor se escapa a todos los que quieren apresarlo como se aprehende un objeto, sería una especie de violación. Solo la delicadeza del alma lo percibe, es en todas partes el mismo y sin embargo cada vez se ofrece en matices siempre nuevos1.

Esta intuición «activa» y no pasiva lleva a Lavelle a describir no el problema de los valores sino la evidencia de los valores: Hay una evidencia del valor como hay una evidencia de la verdad, más allá de la cual es imposible remontar. [...] Es absurdo imaginar que el espíritu pueda dar un paso adelante cuando se interroga por el valor del valor igual que por el ser del ser o el pensamiento del pensamiento. Hay ahí una especie de duplicación o de círculo2.

Lavelle afirma entonces que esta evidencia se produce en nosotros por una especie de luz natural, para retomar una expresión cartesiana: El juicio de valor supone una luz propia que nos lo descubre y que ninguna razón discursiva ni ningún testimonio exterior bastan para producir. Cuando nos falta, somos ciegos al valor. Es evidente que nadie puede juzgar del valor sino a partir de un principio que lleva en el fondo de sí mismo3.

Desde esta perspectiva el razonamiento, o incluso el simple juicio de valor, solo tiene por misión aclarar estas intuiciones, explicitar su sentido, pero en ningún caso aprehender contenidos de sentido suplementarios: Se puede decir que hay un sentimiento del valor cuyo carácter propio en todos los juicios de valor es ser analizado más que justificado. [...] Este sentimiento puede ser al principio oscuro, es la inteligencia la que se adueña de él. [...] La inteligencia no inventa nada. No tiene que definir lo verdadero, lo bello y lo bueno sino solo reconocerlos, [...] purificarlos de tal manera que no se mezclen con ellos elementos extraños4.

Mehl comparte igualmente esta concepción subordinada del juicio de valor: Aquí y allá el razonamiento no tiene más que una función secundaria y en cierto modo apologética. [...] Ciertamente puedo profundizar en mi conocimiento de los valores y luego, mediante el análisis, perfeccionar su definición, pero no puedo conocer otra cosa que lo que se me dio a conocer desde la primera vez. La capto de golpe en su unidad y su totalidad; este conocimiento indiviso me lleva a hablar de intuición de los valores5.

Si se objeta al intuicionista que algunos sujetos (por ejemplo nosotros mismos) no tienen esa intuición, hablará con condescendencia de «ceguera a los valores», análoga a la «ceguera a los colores» en los ciegos. Esta es la conclusión de Mehl: Así como hay una ceguera a los valores, parecería que debe de haber una intuición de los valores6. Se vuelve entonces inútil, como intenta hacer el axiólogo, buscar captar el valor de las cosas. Ofreceríamos un espectáculo análogo al de un ciego que intentara reencontrar, mediante juicios y pruebas, el color de las cosas.


1. Traité des valeurs, livre II, 2nde partie, ch.4, X
2. Ibid., livre II, 5ème partie, ch.3, VI
3. Ibid.
4. Ibid., livre II, 5ème partie, ch.3, IX
5. De l’autorité des valeurs, ch. II
6. Ibid.