Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

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Las axiologías formales representan probablemente un progreso con respecto al intuicionismo.
En efecto, reconocen al menos que existe algo así como un problema de los valores y presuponen que debe constituirse una disciplina cuyo objeto sea la resolución de ese problema.
Por otra parte, el hecho de que descarten todo intento de determinar qué tiene o no tiene valor y se limiten a fijar las leyes formales que deben subyacer a la axiología muestra que descansan sobre una epojé de los valores y que han admitido que los valores aún no están fundados.

No obstante, el límite de las axiologías formales está inscrito en su propio proyecto: no pretenden revelar ninguna verdad sobre el contenido de la axiología misma (es decir, determinar qué tiene o no tiene valor), sino únicamente constituir un marco formal en el que la axiología podría desplegarse.

Su epojé no se limita a efectuar un retorno crítico sobre el valor de toda cosa, sino que llega hasta la desaparición de la propia cuestión axiológica.
Aquí, como en el intuicionismo, el problema de los valores no se plantea, pues se ha emprendido un proyecto que se prohíbe toda reflexión sobre el contenido mismo de los juicios de valor. El propio Husserl lo reconoce: Lo que es bueno no puede decidirse formaliter, del mismo modo que lo que es verdadero no puede decidirse por la simple lógica formal, y por tanto tampoco puede decidirse formaliter qué es lo mejor objetivamente y qué es lo que está prácticamente exigido1.
Así, gracias a Brentano sabremos que la existencia de un valor positivo X es a su vez un valor positivo, pero nunca podremos saber qué es ese X que tiene un valor positivo.

En definitiva, la axiología formal puede bien conservar ese carácter «formal» —y en ese caso será incapaz de resolver, ni siquiera de plantear, el problema de los valores—, o bien intentar deducir un contenido para la axiología a partir de esos axiomas formales, lo cual parece imposible, ya que nada en los axiomas que acabamos de examinar permite empezar a identificar el X cuya existencia sería positiva o cuyo valor podría sumarse al de Y.

Por otra parte, las axiologías formales pretenden, en el acto mismo de epojé sobre el que se constituyen, escapar a toda presuposición. No nos parece que sea así.
En lugar de intentar pensar la posibilidad de una axiología como disciplina autónoma, con su método específico y sus propios conceptos, las axiologías formales se constituyen según el modelo matemático o geométrico (o lógico, en el caso de Husserl), basado en un conjunto de proposiciones que se encadenan deductivamente a partir de axiomas. La axiología formal, que sin embargo se presenta como libre de supuestos, aparece de este modo sustentada en presupuestos sin fundamento que podrían resumirse así:

1/ un valor es algo que puede multiplicarse, sumarse o igualarse.

La axiología formal presupone, pues, una cierta definición del valor que dista de ser evidente. Si la axiología formal quiere estudiar la «forma vacía del valor en cuanto valor», se apoya entonces esencialmente en una definición del valor sobre la que se edifican todos esos axiomas. Ahora bien, la definición del valor propia de las axiologías formales es discutible, construida a partir de los presupuestos de los autores y de su época; por ejemplo, Husserl considera que la axiología es una disciplina práctica (nosotros hemos intentado mostrar lo contrario). La definición del valor como concepto práctico no es, por tanto, evidente.

2/ El método que debe utilizarse para resolver el problema de los valores ha de ser la deducción de proposiciones a partir de axiomas, lo cual tampoco es en absoluto evidente.

El método que debe subyacer a la axiología para determinar el valor de una cosa quizá sea radicalmente distinto e incluso cabe imaginar que no se parezca a ningún método conocido en las demás disciplinas. Quizá la axiología tenga un método propio, que le sea exclusivo.

Los proyectos de axiología formal nos parecen, por tanto, una evolución especialmente alentadora de la teorización de los valores, que rompe con toda «filosofía de los valores» y consagra el nacimiento de la axiología como disciplina. Pero el acta de nacimiento de esta disciplina supone al mismo tiempo su desaparición, pues queda vaciada de todo contenido en el mismo momento de su aparición. Solo se conserva la forma de esta disciplina —que probablemente tampoco sea la adecuada—, escuálido esqueleto de un niño nacido muerto.
Es una paradoja interesante constatar que en sus orígenes la axiología se ha constituido como disciplina precisamente mediante el abandono de la cuestión de los valores.


El objetivismo axiológico no puede, pues, satisfacernos en ninguna de sus formas. Tanto si se apoya en métodos no tematizados explícitamente (método cualitativo, empírico…) como en métodos más elaborados como el intuicionismo y la axiología formal, es incapaz de constituir una respuesta al problema axiológico.
El impulso del axiólogo será entonces probablemente invertir el procedimiento: en lugar de buscar el valor en las cosas, en el mundo, quizá sea más pertinente «volver la mirada hacia dentro» y buscarlo en nosotros mismos, en el sujeto. Este es el subjetivismo axiológico, cuyo estudio nos proponemos abordar a continuación.


[Continuación del capítulo 1]


1. Ibid, sección I, §19