IV/ Reconfiguración del campo del saber
La aparición de la axiología como disciplina nueva, si es que realmente lo es, implica lógicamente una reconfiguración del campo del saber, pues quizá no se limite a añadirse a las disciplinas ya existentes ni a situarse junto a ellas, sino que mantiene con ellas vínculos numerosos y complejos.
Incluso es posible que ciertas disciplinas desaparezcan porque la recién llegada pueda hacerse cargo ahora, con mayor eficacia, de los problemas que aquellas tenían la tarea de resolver. Tal es a nuestro juicio el caso de la estética, cuya legitimidad vamos a examinar ahora para intentar ver si la conserva en esta reconfiguración del campo del saber.
1/ La puesta en cuestión de la legitimidad de la estética y del concepto de belleza
1/ Los tres géneros de placer: fisiológico, estético y axiológico
Anteriormente hemos intenté pensar el fenómeno fundamental del olvido del concepto de valor, debido a su asimilación a otros conceptos como los de bien, fin, etcétera.
Tal olvido parece arrastrar necesariamente otro: el del sentimiento subjetivo provocado en el ser humano por el valor de una cosa, es decir, el placer que se toma en el valor de una cosa, el placer axiológico.
La existencia y la naturaleza de tal sentimiento nos parecen evidentes: cuando pienso que algo (por ejemplo la naturaleza) tiene un gran valor, que es digno de amor, entonces cuando mantenga una relación —sea cual sea— con esa cosa (por ejemplo un paseo por la naturaleza) sentiré un vivo placer.
El estudio del placer axiológico forma por tanto parte de pleno derecho de la axiología como disciplina y debe ser comparado con otros dos géneros de placer que podemos identificar como el placer estético que se toma en la belleza de una cosa y lo que podríamos llamar el placer fisiológico o placer de los sentidos (o también: lo agradable); la cuestión de si existen otros géneros de placer no nos interesa aquí.
Tenemos que intentar determinar si estos tres géneros de placer son realmente irreductibles entre sí o si uno de ellos no podría ser una simple cáscara vacía que contenga en realidad a los otros dos, los únicos consistentes. Para ello vamos a fijarnos en el objeto de cada uno de estos tres placeres y ver si estos objetos son realmente distintos.
Preguntémonos entonces: ¿tiene realmente el concepto de belleza un sentido consistente, irreductible a otros conceptos?
Los conceptos de agradable y de valor parecen ser los más próximos al de belleza. En efecto, lo agradable parece ser sinónimo de lo bello en la medida en que encontrar bella una obra es experimentar un placer al verla o al oírla, encontrar agradable su contemplación.
Por otra parte, valor parece ser un sinónimo de lo bello en la medida en que decir que un cuadro es bello es decir que tiene un gran valor estético.
Sin embargo, lo bello parece diferir de lo agradable en que comer una manzana es agradable pero verla en un bodegón no es agradable. Es simplemente bello, es decir, al ver esa manzana se experimenta un placer de una naturaleza completamente distinta del que se experimenta al comerla. Como el placer del esteta no es en absoluto el placer del gastrónomo, hay que marcar una diferencia entre estos dos géneros inconmensurables de placer mediante dos conceptos distintos: lo agradable y lo bello.
Por otra parte el concepto de belleza y el de valor parecen en definitiva distintos ya que podemos imaginar por ejemplo que hay seres humanos que no valen nada (por su maldad y su necedad) y sin embargo están dotados de una gran belleza. Hay por tanto una diferencia real entre la belleza y el valor de un ser humano.
La belleza parece pues tener un sentido consistente irreductible a los conceptos próximos y por consiguiente el placer estético debe ser algo completamente distinto tanto del placer axiológico como del placer que se toma en lo agradable («estético» se toma aquí en el sentido tardío del término (1750) y no en el sentido antiguo y clásico de «aisthesis»).
Sin embargo esta primera reflexión superficial no debe considerarse definitiva y tenemos que volver a plantearnos la pregunta: ¿tiene realmente la belleza un sentido irreductible a los conceptos de valor y de agradable?