Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

bandera de Francia

3/ El último bastión de la estética: el concepto de forma


Es el concepto de forma el que la estética puede esgrimir como último recurso para intentar fundamentar su legitimidad.

El argumento kantiano es el siguiente: en un objeto hay su materia y su forma. Estos dos rasgos ontológicamente distintos producen un placer diferente: no es lo mismo disfrutar comiendo la materia de una manzana que disfrutar contemplando su hermosa forma redonda.
De ahí que, como habría un placer específico que se toma en la forma y no en la materia de la cosa, existiría una esfera estética y una disciplina que la estudia: la estética.

¿Tiene realmente sentido este par de nociones contenido/forma?
Supongamos que trazo líneas sin sentido sobre un lienzo: ¿cuál es la forma, cuál es el contenido? Supongamos ahora que estoy ante el Mont Blanc. Estoy maravillado, pero se me dice que solo debo estarlo por la forma. Suprimo, pues, todo lo que pertenezca a la materia —ni siquiera sé muy bien qué se quiere decir con esto—. Por si acaso, suprimo los colores. Solo conservo los contornos. Me encuentro entonces ante una serie de trazos que suben y bajan en un dibujo análogo a la curva de crecimiento y decrecimiento de los beneficios de una empresa. Ya no siento ninguna emoción —como tampoco ante un gráfico semejante en una empresa—.

Por otra parte, aunque tuviera sentido, este par no funciona como elemento regulador de nuestra emoción ante una cosa o un cuadro. En efecto, no percibimos una cosa distinguiendo contenido y forma, del mismo modo que al escuchar un coro de mujeres no distinguimos la línea de canto cantada por las mujeres morenas y la cantada por las rubias. Sin embargo, tal distinción existe realmente: hay una línea de canto cantada por las morenas y otra por las rubias, como hay realmente una forma y un contenido de la obra. Pero, como queremos dar cuenta de la experiencia «estética» real y no de una tan abstracta que no exista jamás, el par contenido-forma resulta inútil.

En realidad, ya hemos sugerido que el espectador no tiene en cuenta el estatuto ontológico del contenido de sentido que aprehende en la obra. Sería intelectualizar al espectador obligarle a plantearse preguntas que no se plantea. El esteta disfruta, por tanto, del contenido de sentido que se le presenta sin preguntarse si pertenece a la forma o a la materia.

Por último, incluso si existiera un placer tomado en la forma, cabe pensar que este placer proviene de que se ha otorgado un valor a tal o cual forma y que, en consecuencia, también este placer es axiológico más que estético. Como tanto una materia como una forma pueden proporcionar un placer axiológico, esta distinción resulta inútil.


4. Interrogación sobre el sentido exacto del «kalos» griego


Cabe preguntarse si nuestra hipótesis no coincidiría con la experiencia del arte que tenían los griegos.

Nos parece que hay que tomar en serio un cierto tipo de belleza que conceptualiza el conjunto del pensamiento griego: la belleza de las bellas acciones, la de las bellas almas, por ejemplo en el Banquete de Platón. ¿Cómo comprender que en el Gorgias Sócrates diga que lo útil, lo bueno y otras cualidades son bellos?1 Este tipo de belleza no puede ser asumido por la estética que piensa la belleza según el paradigma materia/forma. En efecto, este paradigma la lleva a no poder considerar como bello más que lo que está constituido por una materia y una forma, es decir, las cosas materiales y sensibles.

Con el nacimiento de la estética moderna, a partir de Kant, queda, por tanto, excluido y desterrado de la apreciación estética todo un tipo de realidades que hasta entonces habían sido consideradas portadoras de belleza —las bellas acciones, etc.—.
En consecuencia, toda la experiencia griega de la belleza resulta incomprensible para el espíritu que hace suyos los postulados estéticos modernos; y se produce, por tanto, un empobrecimiento de la belleza de lo real, en la medida en que una multitud de cosas intramundanas quedan excluidas de la «posibilidad de belleza».
Tenemos entonces que preguntarnos: ¿cuál es, pues, la experiencia griega de la belleza?

Hay que recordar que los griegos no disponían del concepto moderno de valor. Sin embargo, una de sus principales preocupaciones consistía en resolver o al menos explorar el problema de los valores. Puede decirse que, sin disponer de la palabra, el pensamiento griego está impregnado de valor. Esto se deja ver en su interrogación sobre el «bien supremo». Así, como hemos visto, el concepto de valor estaba «asumido» por ciertos conceptos griegos como «agathon», «ariston» o «beltistou», que llevan en sí una multiplicidad de sentidos dispares (diccionario griego-francés Hatier: «agathon: el bien en todo sentido»). Encontramos también la palabra «kalos», que la modernidad traduce comúnmente por belleza. A nuestro juicio, esta última traducción es un anacronismo que no hace justicia a la experiencia griega de la belleza.

Proponemos más bien la idea siguiente: kalos y agathon no son más que palabras distintas para expresar no experiencias de «sentidos diferentes» —belleza y virtud— sino experiencias diferentes de un mismo sentido. Por ejemplo, agathon designa la revelación para nosotros del valor de una cosa mediante nuestra relación activa con ella, mediante la praxis; kalos designa la revelación del valor de una cosa mediante la contemplación, la theôría.
La diferencia kalos/agathon no cubre, por tanto, según esta hipótesis, la distinción bello/valor o bello/bien, tal como, a nuestro juicio, la ha interpretado la modernidad, sino la distinción acción/contemplación en la aprehensión del valor de una cosa. No habría, pues, en los griegos una noción de «belleza» —invención moderna—, sino una noción de valor expresada por las nociones de «agathon» y de «kalos».

La desastrosa traducción moderna, colocada bajo el par materia/forma, nos ha hecho perder esta experiencia griega de la belleza, que en realidad no es más que experiencia del valor: única condición de inteligibilidad de la fórmula del Gorgias «virtud = útil = agradable = belleza». En el fondo lo que ahí se dice es esto: el valor de lo útil, de lo agradable, se nos revela mediante la contemplación de las cosas útiles y agradables, procurándonos un placer axiológico.

Así, la célebre expresión griega «kalos kai agathos», que se traduce comúnmente por «bello y bueno» —unión en la cumbre de los trascendentales—, quizá signifique más bien «aquello cuyo valor se revela a la vez por la contemplación y por la acción».
No estamos en condiciones de verificar esta hipótesis; para ello habría que examinar los numerosos textos griegos que contienen las nociones de «kalos» y de «agathos» a fin de captar, primero, el sentido ordinario que tenían en la sociedad griega y, después, el sentido que tomaban en tal o cual filósofo. Esta tarea excede nuestras fuerzas y los límites de nuestro intelecto. Por ello hay que considerar lo que precede como una simple sugerencia cuya cientificidad no está garantizada. Con todo, creemos posible atenernos a veces a hipótesis siempre que se presenten explícitamente como simples sugerencias y no como resultados de un estudio detenido.
Ahora bien, si nuestra hipótesis se confirmara, importaría captar las consecuencias que de ella se seguirían para la estética.


1. Por ejemplo: Entre las leyes y las ocupaciones las que son bellas ciertamente no lo son por ninguna otra razón que su utilidad o su placer o ambas a la vez (474e-475b).