Esta pregunta exige que nos detengamos en nuestra mirada, en nuestra manera de contemplar la realidad como si pudiera contener algo así como lo bello y lo feo.
Nuestra mirada «redobla» de algún modo la realidad (en este sentido es platónica) porque separamos habitualmente un objeto de su belleza.
Por ejemplo separamos al león de su belleza como si hubiera ahí dos realidades. Nos permitimos frases como: «no es al león a quien amo sino a su belleza».
Pero debemos entender que quizá el león no sea otra cosa que su belleza, es decir, que el león no es otra cosa que esas curvas sinuosas y poderosas, la exuberancia de esa melena, esa mirada fría y tranquila. No es pues que se tome placer en la belleza del león sino que se toma placer «en el león mismo» o en una parte del león. Por tanto no hay que decir «me gusta la belleza de un objeto» sino «me gusta tal o cual objeto».
Lo bello parece así presentarse como una redundancia inútil. ¿No podríamos decir esto: no hay «bello», solo hay objetos que amamos o no amamos?
Como a menudo no amamos el objeto entero —el león en la totalidad de sus rasgos— sino solo un aspecto del león, su fuerza o su melena, creemos poder concluir que no amamos al león sino a su belleza. Pero en realidad lo que amamos es una parte del león, un elemento significativo en él y no algo en su interior que tenga una realidad ontológica completamente distinta de la suya y que sea su «belleza».
Lo que ocurriría entonces en el llamado placer estético es cierta relación con la cosa misma y no con su belleza. Se plantea la pregunta: ¿cuál es la naturaleza exacta de esta relación? ¿Qué significa que la cosa «nos gusta»? Según nosotros significa considerar que la cosa, o algo en ella, tiene un valor.
Pensamos por tanto que es posible volver a una solución que habíamos descartado provisionalmente: el concepto de belleza es una noción vacía que no tiene sentido en sí misma y que puede reducirse por completo al de valor.
Volvamos pues a nuestro ejemplo: un hombre sin valor, un asesino, es sin embargo un hombre guapo. ¿No habría entonces que distinguir entre la belleza y el valor?
En realidad pensamos que podemos explicar esta situación del modo siguiente: no hay belleza en este hombre pues la belleza es un concepto vacío.
En cambio hay en él dos elementos significativos a los que atribuyo un gran valor: su mentón cuadrado produce una impresión de fuerza y sus ojos azules producen una impresión de dulzura. Dulzura y fuerza son dos conceptos significativos y consistentes, a diferencia del de belleza.
Como considero que tienen un gran valor experimento en la contemplación de este hombre un gran placer; sin embargo otro elemento significativo, la maldad, presente en este hombre y al que atribuyo un valor muy negativo hace que en la apreciación final del hombre lo juzgue sin valor.
En esta situación pues el placer que encuentro en la contemplación de este hombre no es un placer estético tomado en su belleza sino un placer axiológico tomado en su valor, o más bien en el valor de un elemento significativo que encuentro en él.
Resumiríamos por tanto nuestra tesis con la siguiente fórmula: el llamado placer estético no es en última instancia más que un placer axiológico causado no por la belleza sino por el valor de la cosa.