2/ Las relaciones de la axiología con las demás disciplinas en general
La axiología debe encontrar el valor de las cosas. Ahora bien, lo que tiene valor es lo que la cosa es, es su esencia. Parece entonces que haya que encontrar la esencia de las cosas antes de encontrar su valor. Pues son las ciencias las que parecen determinar la esencia de las cosas.
Podríamos entonces llegar a esta doble conclusión: la axiología depende por completo de las demás ciencias para su propia investigación y sobre todo como las ciencias nunca llegarán a captar la esencia real de las cosas sino solo lejanos reflejos de ella la axiología nunca podrá constituirse puesto que, una vez más, la aprehensión de la esencia de las cosas es un presupuesto de la pregunta por el valor de esa esencia.
Nos parece que se puede superar esta dificultad no haciendo la apuesta insensata de que un día las ciencias habrán alcanzado definitivamente su objetivo sino volviendo sobre la proposición según la cual es la esencia «real» de las cosas «reales» la que tiene valor y que por tanto hay que encontrar la esencia «real» de las cosas que existen realmente.
En efecto, lo único que necesita la axiología es que se le proporcione un cierto «contenido de sentido» cuyo valor tenga que investigar. La única exigencia del objeto de la axiología es por tanto que tenga un sentido. La cuestión de la existencia real de una cosa que corresponda a ese contenido de sentido puede dejarse en suspenso como inútil para la axiología. ¿Por qué?
Porque si la axiología tuviera que asegurarse de la existencia de las cosas cuyo valor investiga eso querría decir que considera la existencia real como algo que tiene valor, es decir, que presupone que lo que existe tiene más valor que lo que no existe.
Pues tal presupuesto no está justificado, es decir, se puede imaginar una posición axiológica inversa que sostendría que lo que tiene un gran valor es lo que no existe, lo imaginado, lo soñado, la quimera. Si la axiología adoptara desde el principio un presupuesto tan injustificado se precipitaría de entrada en el dogmatismo y perdería toda posibilidad de éxito. Recordemos que la investigación axiológica debe comenzar por una suspensión (epojé) de todos los juicios de valor.
La existencia real no puede por tanto ser un criterio de valor al menos al comienzo de la investigación axiológica, aunque pudiera llegar a ser su conclusión. En consecuencia no se investiga si los contenidos de sentido cuyo valor se busca remiten a cosas realmente existentes, ya que eso supondría que la existencia es un criterio que hay que tener en cuenta en la determinación de los valores.
Por otra parte parece, aunque no sea más que una hipótesis de la que se puede prescindir, que la existencia no añade nada al valor de una cosa sino solo a su interés relativo para el ser humano; por ejemplo supongamos que la ley contra la esclavitud tenga en sí misma un gran valor positivo; antes incluso de que la ley fuera promulgada, es decir antes de que «viniera a la existencia», ya tenía ese gran valor. Una vez que ha sido aprobada y aplicada no tiene más ni menos valor sino únicamente un interés mucho mayor para los hombres que antes eran esclavos y han sido liberados. A la inversa se puede imaginar que la crueldad sea algo despreciable antes incluso de que se haya producido el acto cruel de un determinado hombre.
Se vuelve entonces inútil preocuparse por la existencia o no de una cosa cuyo valor se investiga porque esta no lo modifica en absoluto. Es decir, uno se preguntará por ejemplo si el contenido de sentido «hombre» tiene un valor sin tener que preguntarse si hay hombres realmente existentes.
¿Qué interés tiene esto? Precisamente el de ahorrarse la cuestión de lo que es real. No hará falta esperar a que la física identifique las leyes reales de la naturaleza ya que lo que hay que encontrar es el valor de las leyes físicas reales tanto como el de las leyes físicas falsas.
Queda así identificada una de las fuentes de la certeza epistemológica de los resultados de la axiología: consiste en que esta disciplina puede ahorrarse en su investigación nada menos que la cuestión de lo que es real y de lo que no lo es.
Por otra parte con ello se evita quedar expuesto a los ataques de los escépticos. En efecto es el concepto de «sentido» el que resiste al escepticismo ante el cual sin embargo todo parece aniquilarse.
Si por ejemplo se duda de que «el gato es negro» hace falta conocer el sentido de aquello de lo que se duda; de lo contrario la propia duda pierde su sentido y ya no se sabe de qué se duda. Dudar de la existencia de un gato es conocer el sentido del concepto de «gato» pero dudar de su existencia. La duda escéptica recae siempre sobre la existencia real de un contenido de sentido, sostiene que no hay nada real que corresponda a ese contenido de sentido pero deja intacto el propio sentido. Dudar de algo es al menos reconocer el sentido de ese algo; de lo contrario ya no se duda de nada.
El objeto de la axiología es por tanto siempre este: un cierto contenido de sentido = X cuyo valor hay que buscar. La suspensión de todo juicio sobre la realidad del contenido de sentido que se le da, para la sola consideración del sentido, es el único punto en común que la axiología tiene con la fenomenología.
Se ve entonces, para responder a nuestra pregunta inicial, que la axiología no tiene que esperar a que las ciencias alcancen su culminación captando la esencia de su objeto. En efecto no es en la esencia de las cosas donde debe buscar su valor sino en el sentido, que no necesita ser el de cosas existentes. Basta con que tenga coherencia, con que no sea carente de sentido, con que pueda constituirse como sentido.