5. Las consecuencias de esta crítica de la estética
Es preciso diferenciar por supuesto el arte entendido como conjunto de obras de arte de técnicas de museos y la estética como disciplina que pretende tomar por objeto el placer sentido ante la obra es decir el sentimiento estético.
La estética solo puede tener un lugar legítimo como disciplina autónoma y consistente si tiene un objeto propio que solo ella puede tratar y en ese caso hay que reconocer su necesidad. De lo contrario sería superflua ya que su objeto sería en realidad el objeto de otras disciplinas.
Ahora bien la estética pretendía tener dos objetos propios que ninguna otra disciplina estudia: por una parte el concepto de belleza por otra el placer tomado no en la materia sino en la forma del objeto.
Es decir otras disciplinas como la fisiología o el psicoanálisis pueden estudiar las causas o la naturaleza del placer tomado en la materia de un objeto placer que pertenece al ámbito de lo agradable; pero como existe otro placer de una naturaleza y de causas completamente distintas el que se toma en la forma del objeto hace falta que otra disciplina radicalmente distinta de la fisiología lo tome como objeto de estudio: la estética.
Y por último es porque la belleza es un concepto con un sentido propio específico que no puede reducirse a otros en apariencia próximos como lo agradable el valor que una disciplina específica debe hacerse cargo de ella: la estética.
Si por tanto se ha logrado mostrar que el concepto de belleza y el concepto de placer tomado en la forma no son conceptos consistentes es decir que pueden reducirse a conceptos ya conocidos y mucho más claros entonces la estética pierde su consistencia y su necesidad ya que extrae su legitimidad únicamente de ellos. En cambio el arte permanece: solo el discurso sobre él debe inscribirse en el marco de otra disciplina; es la axiología la que viene a sustituirla como disciplina en la que deben constituirse las preguntas sobre el arte.
El arte en efecto lejos de sufrir una disminución de ser por la caída de la estética quizá encuentre su plenitud en el hecho de encontrar por fin lo que para nosotros al menos constituye su verdadero suelo.
La obra de arte aparece ahora como «cosa capaz de presentar contenidos de sentido que tienen un gran valor» ya sea para el gran público ya sea para sensibilidades muy singulares según haya decidido el artista.
Los museos son «lugares donde pueden vivirse experiencias de valor» que no podrían tener lugar en el mundo «real» razón por la cual el arte posee una legitimidad al procurar un efecto que solo él puede procurar.
Estas pueden ser inéditas desconcertantes. El arte contemporáneo en cuanto momento del arte en el que se encuentra de manera privilegiada lo desconcertante quizá salga ganando con la desaparición de la estética. Esta última no podía conceder de hecho ningún estatuto a un tipo de arte que no busca en absoluto la belleza y que apenas utiliza ya el viejo par conceptual aristotélico materia-forma.
Por último esta desaparición de la estética si su necesidad quedara demostrada quizá haría paradójicamente posible responder a la pregunta tradicional que plantea desde su nacimiento: «esto me parece bello. Pienso que tal obra de arte es bella. Pero ¿es realmente bella?»
Mientras esta pregunta se formule bajo el signo de la belleza no puede resolverse. Porque ¿cómo resolver una cuestión que utiliza un concepto vacío de sentido? Si existe una cualidad misteriosa, lo bello, que aparece o desaparece mágicamente en la obra según quién la mire, entonces nunca se sabrá si la obra es realmente bella.
En cambio si entendemos que la pregunta es esta: los contenidos de sentido que encontramos en esta obra, la alegría, el color rojo, etcétera, ¿tienen un valor real?, nos encontramos al menos con una cuestión que sí tiene realmente sentido: ¿ocupa la alegría un lugar elevado en la jerarquía real y universal de las cosas?
Corresponde entonces a la axiología, en cuanto disciplina encargada de determinar el valor de las cosas, responder a esta pregunta. Si la axiología llegara a alcanzar su meta la cuestión de la «belleza» real de las cosas quedaría resuelta. Pero ¿no es esto solo un vano sueño?
Tal es el temor que no deja de atenazarnos en el seno mismo de nuestra reflexión.
Constatamos por tanto, para resumir, esta ironía del destino: solo al desaparecer hará quizá la estética posible la resolución del problema estético, porque no tiene nada de estético.