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2/ Defensa de la idea según la cual la axiología pertenecería a la esfera teórica


Tenemos que preguntarnos por qué la axiología, aparte de haber sido confundida con esa ciencia práctica que es la moral, puede aparecer espontáneamente como perteneciente a la esfera práctica.

Tendemos quizá en primer lugar a pensar que el problema de los valores, si se resolviera, tendría necesariamente consecuencias sobre nuestras acciones, cambiaría radicalmente nuestro modo de vida, ya que si se llegara a determinar qué es lo que tiene el mayor valor —lo que aquí, evidentemente, aún no se presupone— habríamos identificado con ello el fin supremo al que el hombre debe apuntar en su existencia.


Esta idea nos parece presentar dos dificultades, dejando de lado la de la posibilidad misma de tal descubrimiento.

Ante todo, no es porque la determinación de lo que tiene o no tiene valor pueda cambiar radicalmente la conducta, el comportamiento, la acción del hombre por lo que debamos pensar que la axiología es por ello una disciplina práctica. Solo podría sostenerse esto si se consiguiera establecer que ese cambio de comportamiento constituye la esencia, o al menos el fin último, de la axiología.
Ahora bien, la idea que intentaremos defender es que esta relación con la acción es inesencial para la axiología, que no es más que secundaria, derivada.
Hagamos una analogía: no es porque el hombre camine por lo que pueda decirse que es, en el fondo, piernas, o que el caminar constituye su esencia; por ello no se comprenderá al hombre si nuestra reflexión sobre él es un estudio, por muy minucioso que sea, de su marcha. Del mismo modo, no es porque la axiología pueda tener consecuencias prácticas sobre la acción humana por lo que sea en sí misma una ciencia práctica ni por lo que vayamos a comprender su naturaleza profunda determinando a qué comportamiento debe conducirnos.
Resumiríamos así nuestra posición, que intentaremos fundamentar un poco más adelante: la axiología es una ciencia fundamentalmente teórica que puede tener consecuencias prácticas.

Por otra parte no nos parece que, aunque se lograra determinar qué es lo que tiene el valor más alto, pueda identificarse al mismo tiempo lo que debe constituir el fin último del hombre.

Recordemos esta idea que ya hemos propuesto en nuestra distinción entre valor y fin1, según la cual sería posible que aquello que tiene el valor más alto fuera dañino para el hombre o le resultara indiferente.
Si así fuera el hombre no tendría por qué tomar ese valor supremo como meta, sino que, tomando nota de la naturaleza de ese valor en sí, le sería posible preferir orientar su vida en función de un valor más relativo, a saber el de lo que es bueno para el hombre.
La noción de valor, en efecto, a diferencia de la de deber, no está ligada a ninguna noción de obligación, no obliga por tanto a su aceptación. Se impone, como se impone la verdad, pero no obliga, no más de lo que la ciencia fuerza a los científicos o al hombre en general a aceptar tal o cual idea.

Determinar que tal o cual cosa tiene un valor, si eso fuera posible, no conduciría por tanto a un mundo disciplinado en el que todos los hombres se vieran obligados a adoptar esos valores, sino a un mundo «existencialista» en el que cada uno elegiría o bien adoptar los valores reales o bien los valores simplemente humanos, es decir, los de aquello que tiene un valor para el hombre. Por ello creemos profundamente compatibles el proyecto de una axiología y la doctrina existencialista, articulación que por desgracia no tenemos aquí la posibilidad de pensar.

Se puede llegar al mismo resultado partiendo de otro punto de vista: incluso si se identificara el valor supremo nuestra acción no lo tomaría necesariamente como fin porque no es el valor sino la naturaleza de la acción humana la que debe determinar el fin de esa acción.
La acción humana se ejerce en efecto según una gran cantidad de factores: recurre a un cuerpo, hace intervenir el inconsciente, el deseo, los sentimientos, la sociedad, en suma está determinada por factores psicológicos, fisiológicos, sociológicos, etc. No estamos seguros de que el valor pueda deslizarse en el juego de estos factores y invertirlos para convertirse en el criterio según el cual se efectuará la acción. Por otra parte no estamos seguros de que deba hacerlo, es decir, de que sea deseable que la acción humana deje de estar determinada por el deseo, los sentimientos, etc.

Esta concepción puede sorprender pero está implicada en la idea de que la axiología no busca el bien humano ni los valores relativos al hombre sino el valor real considerado independientemente del hombre.


Podemos entender entonces por qué la axiología no es para nosotros ni una ciencia práctica ni una ciencia humana: no tiene por objetivo aprehender la naturaleza de lo que es bueno para el hombre, quizá no desemboque en ningún cambio del comportamiento humano y si tiene alguna consecuencia eventual sobre la acción humana eso no constituye el fin esencial de la axiología sino solo una consecuencia accidental para ella.
Así los eventuales resultados de la axiología no presentarían para nosotros más interés práctico que una investigación tan desinteresada como la que busca identificar el tamaño exacto de un cuerpo celeste cualquiera cuya distancia hace imposible toda tentativa de exploración.

Vemos entonces lo que hace para nosotros de la axiología una ciencia teórica: no busca realizar su objeto sino descubrir en los objetos una cierta «propiedad», es decir, un valor. Su mirada no está fijada en el ser humano como hacen precisamente las ciencias humanas sino que se dirige al mundo como las matemáticas, la física, la biología y más en general al conjunto de los contenidos de sentido. Es la dirección de esta mirada la que aproximaría para nosotros la axiología a las ciencias duras más que a las ciencias humanas y no el grado de certeza de sus resultados que aún desconocemos.

Resumiríamos así nuestra hipótesis: la axiología, si esta disciplina tiene sentido, es una ciencia teórica capaz de engendrar algunas consecuencias prácticas cuya mirada no está vuelta hacia el hombre sino hacia el mundo en tanto que suma, o más bien cofre, de los objetos de valor posible.


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1. Cf Libro I