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Se ve así la fuerza y la debilidad de toda ética del deber.
Esta concepción de la ética se opone y con éxito a un género de mal bien preciso el que intenta justificar la mala acción que la motiva afirmando que esta es conforme al deber. Pero esta ética parece impotente ante un segundo género de mal que afirmaría algo muy distinto: aquel que reconocería que su mala acción es contraria al deber pero sostendría por ejemplo que el deber no tiene ningún valor y que lo que tiene valor es violar su deber es seguir su propio provecho.

La ética del deber consigue establecer que el concepto de deber es un concepto consistente irreductible a cualquier concepto de felicidad o de placer y por tanto impedir que el autor de una mala acción pueda invocar el deber para justificar su conducta pero es impotente para contrarrestarlo si recurre a un concepto por completo distinto el de valor con el que juzga y descarta el de deber.

Esta crítica se dirige por tanto a todas las éticas del deber, es decir a las doctrinas morales que consideran que plantear la cuestión del fundamento de la moral consiste en intentar probar que tenemos deberes o en intentar probar que las reglas comúnmente tenidas por morales son efectivamente deberes.

El fracaso de las éticas del deber no significa quizá el fracaso de la teoría moral en general; quizá una ética que otorgara un significado del todo distinto al concepto de moral conduciría así a una mejor comprensión de la cuestión del fundamento de la moral. ¿No puede decirse entonces que la moral es más bien la búsqueda de lo que nos hace felices que la determinación del deber?


2/ No es buscar lo que nos hace felices


La cuestión del fundamento de la moral puede por tanto recibir un sentido del todo distinto del que acabamos de estudiar, que consistía en averiguar si existen deberes. Puede considerarse, y esta es una perspectiva por completo diferente, que buscar fundar la moral es intentar mostrar que la moral es lo que permite al hombre alcanzar la felicidad.

Llamaremos «éticas de la felicidad» a las doctrinas que defienden tal perspectiva, y de nuevo no intentaremos examinar si el utilitarismo, al que se piensa de inmediato, es una de esas doctrinas. Para ello haría falta comprender cuál era el objetivo que perseguía el utilitarismo en su origen y también en sus desarrollos más recientes.

A nuestro juicio las éticas de la felicidad logran sin duda mostrar que la felicidad es lo que el ser humano prefiere, e incluso quizá que el contenido de sentido del concepto de deber es en realidad la felicidad si no el placer. Pero puede definirse el mal como la posición axiológica que sostiene que lo que tiene valor es que el ser humano, y con él todos sus deseos, incluido su deseo fundamental de felicidad, desaparezca. No porque el ser humano desee ser feliz (o deseable para él) puede deducirse de ahí que la existencia del ser humano tenga algún valor.

Las éticas de la felicidad padecen el mismo defecto que las éticas del deber: solo pueden rechazar un cierto género de mal. La ética de la felicidad puede rechazar el egoísmo y ofrece una brillante demostración al mostrar que lo mejor para mí sería que todos los hombres fueran felices y que para buscar mi propia felicidad he de buscar en realidad la felicidad general de toda la humanidad.

Pero si logra refutar el egoísmo no puede rechazar un segundo género de mal: el que admitiría que mi felicidad pasa por la de los demás pero afirma que lo que tiene valor es la destrucción de esa felicidad y más allá la de la humanidad en general.