Como la ética del deber establece el significado del deber sin demostrar nada respecto de su valor, la ética de la felicidad quizá logre establecer que la moral nos hace felices sin demostrar nada respecto del valor de la felicidad humana.
La idea de que la existencia humana y la felicidad humana tienen valor puede ser verdadera pero no puede admitirse como un postulado porque es precisamente la idea que el mal impugna y por tanto la idea que hay que demostrar para contrarrestarlo. Admitirla como una evidencia no solo es entrar en un antropocentrismo en el que el hombre nunca se ve rozado por la duda sobre el valor de su existencia y se afirma a sí mismo como la cumbre de la Creación sino sobre todo no entender lo que realmente hay que hacer para refutar el inmoralismo.
No será por tanto en las éticas de la felicidad donde encontremos una respuesta a la cuestión del fundamento de la moral porque esas doctrinas parecen plantear otras preguntas: «cómo alcanzar la felicidad», «qué es realmente útil» y usan el concepto de «fin» y de «deseable» donde habría que usar el de «valor».
Parece entonces que debemos volvernos hacia otras direcciones si queremos encontrar una respuesta a nuestra pregunta. Surge una hipótesis: para hallar el fundamento de la moral ¿no habría que hacer una «genealogía de la moral», es decir sacar a la luz el origen de la moral? Esta es la hipótesis que vamos a examinar ahora.