Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

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1. El uso de métodos no tematizados explícitamente para fundar los valores


Aunque la axiología no se haya desplegado como disciplina autónoma, parece evidente que la interrogación sobre los valores se ha dado de manera natural en el espíritu de la mayoría de los seres humanos, recurriendo quizá incluso a ciertos métodos para determinar qué tiene valor y qué no lo tiene.

Lo particular de estos métodos es que, a nuestro juicio, no han sido objeto de una conceptualización explícita por parte de quienes los utilizaban, sino que se han empleado de manera más bien inconsciente, como si fueran algo obvio; de ahí que se encuentren por todas partes y en ninguna.
Habrían sido utilizados tanto por el sentido común, la doxa, como por algunos filósofos, en su mayoría aquellos que han centrado su reflexión en la cuestión del bien soberano o de los valores.

Es a la exposición y al breve examen de estos métodos —que creemos haber podido identificar— a lo que vamos a dedicarnos ahora.


2. El fracaso del método cualitativo


El método cualitativo consiste, para fundar el valor de un objeto, en identificar y mostrar una cualidad que se ha encontrado en él.

Pongamos un ejemplo: supongamos que se intenta mostrarnos que la «Sonata Claro de luna» de Beethoven tiene un gran valor porque suscita en el alma una dulzura infinita; hemos encontrado entonces una cualidad en esa música: la cualidad «dulzura».
Ahora bien, si miramos con atención, no hemos avanzado ni un solo paso; solo hemos sustituido algo cuyo valor no está fundado (esa sonata) por algo cuyo valor tampoco lo está (la dulzura).

Preguntaremos entonces: ¿en qué reside el valor de la dulzura? Se puede responder: porque conduce al ser humano a la serenidad, y por tanto a la felicidad. De nuevo hemos identificado una cualidad en aquello cuyo valor buscábamos, cualidad cuyo valor sigue sin estar fundado: la felicidad humana.
Si preguntamos en qué sentido tiene valor la felicidad humana, se podrá responder: porque el ser humano es el ser más elaborado (el más complejo) de la Creación. Perplejos, interrogaremos a nuestro interlocutor sobre lo que hace valioso al «ser complejo», mostrándole que a veces son los seres más simples y frágiles los que se prefieren.

Vemos así que el método cualitativo desemboca en una regresión al infinito y que, por tanto, no puede en modo alguno fundar los valores. Ya lo habíamos intuido en el capítulo 1 al intentar mostrar que el valor no es una cualidad; si esta idea se confirma, entonces no sirve de nada mostrar la presencia de una cualidad en una cosa, porque siempre quedará por demostrar el valor de esa cualidad. Solo sería eficaz si la cualidad fuese en sí misma un valor, pues llevaría por ello mismo un valor.

Por tanto, cuando encontremos a alguien que ama algo, podremos «permitirnos» concederle que en esa cosa están presentes todas las cualidades (bella, buena, indispensable, enriquecedora, etc.); pero a esa persona, desconcertada, tendremos que añadirle: «Y pese a todo, ¿qué la hace digna de amor?».


3. El fracaso del método de la evidencia


En esta interrogación sin fin, la búsqueda de los valores corre evidentemente el riesgo de perderse en el extravío. Lo que hace que el método cualitativo parezca desembocar invariablemente en el dogmatismo es la afirmación tajante de que tal o cual cualidad tiene evidentemente un valor. La evidencia aparece así como el criterio último del proceder cualitativo. Por ejemplo, podría decirse: la música tiene valor porque proporciona placer al ser humano, y el placer tiene evidentemente valor.
¿Qué pensar de este proceder que hace descansar la investigación axiológica, en última instancia, sobre la evidencia?

Ante todo, semejante proceder niega al problema de los valores precisamente su condición de problema. Si es evidente que tal cosa tiene tal o cual valor, entonces no hay problema de los valores; no hay más que una tarea de clarificación y clasificación de los juicios axiológicos cuya verdad se reconoce sin dificultad. No es su verdad lo que plantea un problema, sino detalles accesorios como captar su diferencia con otros juicios, por ejemplo los juicios lógicos.

Semejante proceder será por tanto el del investigador que no habrá comprendido que el problema de los valores es un problema auténtico, que nunca habrá dudado de sus juicios de valor, que nunca se habrá visto atenazado por la angustia existencial de la búsqueda axiológica, que jamás habrá vivido este problema sino que simplemente lo habrá estudiado.

Pero, más fundamentalmente, esta posición no puede, a nuestro juicio, ser aceptada, porque ningún tipo de evidencia parece ser reconocida como tal por los seres humanos en lo que respecta a los valores. Así, parece evidente que el bien vale más que el mal, el placer más que el dolor.

Sin embargo, para algunos es evidente que es bueno enriquecerse por cualquier medio; para Calicles, la inmoralidad tiene evidentemente más valor que la justicia. Por otra parte, nos parece evidente que el placer es preferible a la abstinencia —preguntemos a los monjes—; que la aventura es preferible a la rutina —¿acaso asistimos a una salida en masa hacia expediciones al Nepal?—; que la riqueza es preferible a la pobreza —pidamos confirmación a Diógenes—. Algunas personas no conceden ningún interés a lo que otros consideran la expresión más elevada del ser humano, el arte, y no sienten más que aburrimiento en los museos o en las salas de ópera.

Desde esta perspectiva, hay que admitir que no existe ninguna evidencia en el ámbito de los valores, y que la cosa más cruel y más absurda será siempre amada al menos por alguien. El problema de los valores no puede resolverse por la evidencia; razón por la cual es precisamente un problema.

Ahí reside, a nuestro juicio, la verdad esencial del relativismo como doctrina axiológica: ningún juicio de valor es evidente. El relativismo no se nos aparece como el movimiento que ha triunfado sobre el objetivismo, sino como el que ha puesto de manifiesto la inanidad de ese género particular de objetivismo que se apoyaba en la evidencia. Tal es para nosotros la aportación esencial del relativismo de los valores, que constituye un avance cierto respecto del objetivismo dogmático.

Algunos escépticos justificaban su desconfianza ante tal o cual argumento mostrando que también podía defenderse el argumento inverso: En cuanto al principio por excelencia de la construcción escéptica es que a todo argumento se opone un argumento igual, pues nos parece que es a partir de ahí que dejamos de dogmatizar1. Nosotros sostendremos por nuestra parte que a todo juicio de valor se opone por el momento un juicio de valor igual, y que es a partir de ahí que dejamos de dogmatizar en axiología.


1. Sextus Empiricus, Esbozos pirrónicos, I, 6