Es perfectamente posible que nuestros amores aparentes se revelen como formas de desprecio disfrazado que no se presentan como tales.
Esto plantea la pregunta angustiante de saber en qué medida nuestros amores aparentes resultan ser en realidad desprecios disfrazados y si hay al menos algo que amemos de verdad, si hay al menos uno de nuestros amores que sea real. En realidad podemos darnos cuenta de ello. Para reconocer si nuestra relación con la cosa es un desprecio disfrazado basta con buscar si nuestra relación con ella se construye sobre un insulto, es decir si viola una de las exigencias esenciales del amor.
Hemos visto que una de las condiciones esenciales del amor era lograr mostrar en qué aquello que queremos amar tiene un valor. Ahora bien, mucho antes hemos defendido la idea de que los valores no están fundados, que todavía no hemos encontrado el fundamento de los valores y que por ello no logramos mostrar el valor de lo que amamos ni el valor negativo de lo que detestamos.
Parece entonces que mientras una axiología no se haya constituido como ciencia y no haya resuelto el problema de los valores que se ha dado como tarea resolver nuestros amores se revelan como formas de desprecio disfrazado porque nuestra relación con las cosas y con los seres tiene la forma: «te quiero sin saber por qué» o «te quiero sin razón». O también: mientras el problema de los valores no esté resuelto, la posibilidad humana del amor queda por pensar.
Hay que reconocer que esta idea parece absurda.
En efecto parece que de hecho hay grandes amores (Romeo y Julieta, etc.). A esto responderemos que no negamos la existencia de los grandes sentimientos sino la del amor; ahora bien, el amor no es solo un sentimiento como hemos sugerido.
Por otra parte les concedemos no que se amen sino que «quieren amarse»; morirían por amarse pero no logran llevar ese amor a su cumplimiento. En realidad no hacemos más que retomar una doctrina clásica: el amor se concibe como un ideal, una exigencia hacia la cual se ha tendido indefinidamente sin poder alcanzarla jamás. Es la posibilidad de realización de esta tarea que parecía infinita lo que volvemos a plantear.
El amor se convierte por tanto en un problema. Para resolverlo parece que tendríamos que explorar lo que hemos llamado la «cara oculta del amor», es decir captar la naturaleza de las condiciones esenciales que el amor lleva en sí; hace falta, si se nos permite esta imagen, trazar la «tabla de las leyes del amor».
Mientras esta tarea no esté realizada corremos el riesgo de ver cómo nuestros amores se degradan sin que nos demos cuenta en desprecio disfrazado.
El mejor ejemplo que puede darse de este fenómeno es el que afecta ya no a una conducta cotidiana y concreta sino a esas doctrinas axiológicas que ya hemos examinado: el subjetivismo y el eclecticismo.