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3/ Crítica de la confusión del amor con el deseo


El amor se distingue para nosotros del deseo en un punto esencial: atribuye un valor al objeto amado (decimos bien: lo atribuye y no lo crea), mientras que en el deseo no se encuentra nada de este tipo. En otras palabras, el deseo no atribuye ningún valor real (tal vez eventualmente un valor relativo) a lo que se desea, mientras que el amor es fundamentalmente afirmación del valor de lo amado.

Algunos ejemplos concretos pueden ayudarnos a comprender esto: puedo mirar con ojos relucientes de codicia esa tarta de manzana; la deseo, pero no la amo. Sería absurdo pretender que mantengo con esa tarta una relación de amor. ¿Por qué? Porque no le atribuyo ningún valor. No le asigno un lugar elevado en la jerarquía de los entes. En cambio, siento por ella el mayor de los deseos. Del mismo modo, un hombre puede desear a una mujer sin sentir por ella el menor amor (y viceversa); se siente atraído por ella (o ella por él) pero no le atribuye ningún valor. A la inversa, podemos imaginar a un hombre que ama a una mujer sin tener por ella el más mínimo deseo; ¿no es eso lo que se denomina «amor platónico»?

Vemos entonces empíricamente que el deseo y el amor son dos conceptos irreductibles, y la razón de esta diferencia reside en que se atribuya o no un valor al objeto de estos dos sentimientos.
El deseo no necesita atribuir un valor a su objeto, pues parece ser una fuerza dinámica que se sostiene por sí misma, que se alimenta de sí misma y se refuerza mediante su propia actividad. No necesita del objeto e incluso, más bien, el objeto alcanzado suprime el deseo: no necesito un entrecot para tener hambre, pero es precisamente cuando se me sirve un trozo de carne cuando se calma mi hambre.
El amor, por el contrario, solo se despierta cuando se le aparece un objeto y suscita su interés. No se extingue en la posesión del objeto sino que, al contrario, encuentra en ella su despliegue auténtico. Me complazco en la presencia y en el pensamiento del ser amado, quiero prolongar ese momento e incluso eternizarlo, mientras que, cuando estoy saciado culinaria o sexualmente, la idea de reanudar mi actividad (es decir, de volver a encontrar al ser o la cosa en cuestión) no resulta seductora y puede incluso volverse insoportable.

Si esto es verdad, entonces es por su relación con el valor por lo que se distinguen el amor y el deseo. Diríamos de buen grado, si se nos perdona la metáfora, que el amor es objetivista y el deseo subjetivista.

El hecho de que el subjetivismo, como hemos visto, reduzca el amor al deseo y conceda una importancia tan grande al deseo es por tanto un signo inequívoco. No es que el subjetivismo se niegue necesariamente a atribuir un valor al objeto deseado, pero si lo afirma es para precisar de inmediato que ese valor no estaba en el objeto, sino que lo ha creado el sujeto. Esto podría haberse entendido, en la medida en que el dinamismo del deseo puede conferirle tal poder, pero nuestro análisis del subjetivismo nos ha parecido mostrar la imposibilidad de una creación de este tipo.

Así, parece frecuente que el hecho de asimilar «tener un valor» y «ser deseable» produzca la subjetivación del valor: Dado que el valor de las cosas es su aptitud para provocar deseos y que el valor es proporcional a la fuerza del deseo, hay que admitir que el valor es esencialmente subjetivo1.

De este modo se entiende cómo puede uno, como Misrahi, articular por una parte una asimilación del valor a lo «deseable»…: Valor: […] el valor señala por tanto la deseabilidad de un objeto o de un acto, es decir el nivel de intensidad del deseo que hace que un objeto o un acto sean dignos de ser deseados y de ser propuestos a la acción de otros2
… y por otra, un subjetivismo (creador): Evaluación: […] este acto parece suponer la objetividad de los criterios, es decir de los valores que permiten medir y juzgar el valor de un hombre o de una acción. En realidad, […] la evaluación es también y sobre todo el acto por el cual la conciencia plantea valores, es decir inventa y define fines considerados como dignos de ser perseguidos y de ser propuestos a la acción de otros3.

Para resumir nuestra reflexión, creemos haber mostrado que el deseo y el amor son irreductibles el uno al otro, en la medida en que la noción de deseo está ligada a la subjetivación del valor, mientras que el amor, por su parte, implica la afirmación de un valor real de su objeto. Es esta última idea la que ahora debemos examinar para extraer sus consecuencias.


1. Ehrenfels, System der Werttheorie, Leipzig, 1897 et Ribot, Logique des sentiments
2. Qu’est-ce que l’éthique ? Armand Colin, Paris, 1997, Glossaire analytique, « Valeur », p. 267
3. Ibid., Glossaire analytique, « Evaluation », p. 242