Si admitimos ahora que el amor es el sentimiento que envuelve la atribución de un valor a algo, aparece algo muy desconcertante: parece que acabamos de sacar a la luz algo que no sabemos cómo llamar (¿una condición del amor?, ¿una ley del amor?): «Para amar una cosa hay que atribuirle un valor real» o también: «¿Quieres amar esta cosa? Atribúyele un valor».
Este tipo de imperativo, no hipotético ni categórico sino «erótico» (!), en el sentido en que remite a eros, nos deja perplejos porque no sabemos qué estatuto darle.
En primer lugar, no sabemos si se trata realmente de un imperativo. La inferencia adopta la forma siguiente: «X es Y. Por tanto, para que haya X tiene que haber Y». Aquí el verbo «hacer falta» no implica ninguna consideración de derecho sino simplemente de hecho. Se usa del mismo modo que lo haría una proposición extraña del tipo: «El hombre es racional. Por tanto, hace falta que el hombre sea racional». En realidad, por tanto, no parece tratarse en absoluto de un imperativo, sino de una reformulación, en términos falazmente imperativos, de un hecho o de una proposición de esencia.
En segundo lugar, esta idea «para amar hace falta atribuir un valor» no aparece como una ley que vendría de una esfera exterior, la del derecho, a abatirse sobre el amor y regirlo. Más bien parece una necesidad que surge del propio amor para que este pueda tener lugar, lo cual es algo muy distinto.
En realidad, no tenemos aquí un imperativo moral que pretenda «disciplinar» el amor recurriendo a la noción de derecho o de deber, en suma, no se trata aquí de una «ley del amor». Se trata de una condición absolutamente necesaria para que el concepto de amor tenga sentido. Desde el momento en que un contenido de sentido = Y forma parte del sentido de X, es necesario (es este tipo de necesidad el que intentamos pensar) que Y sea para que X sea: puesto que el amor es la atribución de un valor al objeto amado, hace falta atribuir un valor al objeto que se pretende amar para que se trate de un amor verdadero.
Por último, tampoco se trata de un verdadero imperativo hipotético que determine qué medio debe elegirse necesariamente para alcanzar tal fin, porque aquí no existe una relación medio fin entre la atribución de valor y el amor, sino una identidad de esencia: no se atribuye un valor para amar, sino que atribuir un valor es amar.