Después Misrahi propone esta condición esencial: Amor […] Esta relación es un vínculo recíproco por el cual cada uno afirma el valor del otro y su significado fundante. El amor verdadero es así recíproco. Es oblativo, se preocupa por el otro sin captarlo ni someterlo (amor captativo). Cuando falta esta reciprocidad el amor conduce a menudo al conflicto y se destruye
1.
Estos dos autores sostienen la idea de que el amor exige ciertos comportamientos, ciertas condiciones cuya violación significa su pérdida, su metamorfosis en su contrario, el desprecio.
Sin embargo por amor no entienden lo mismo que nosotros; para ellos se trata de la relación entre dos seres humanos mientras que para nosotros el amor designa algo mucho más general, como ya hemos mostrado, a saber la relación entre un espíritu y cualquier contenido de sentido = X.
Por ello por ejemplo no diríamos que la reciprocidad es una condición esencial del amor; se puede amar la naturaleza o la pintura sin que estas tengan hacia nosotros el mismo sentimiento (!), y se puede incluso amar a un ser humano, es decir atribuirle un valor, sin que este nos atribuya ninguno, como en el caso del amor que se tendría por un personaje histórico desaparecido.
En cambio encontramos un hermoso ejemplo de «condición esencial» aplicado a otro sentimiento distinto del amor en Aristóteles, en sus reflexiones sobre la amistad: Quien tiene muchos amigos no tiene ningún amigo
, observa. Es precisamente este tipo de condición lo que quisiéramos identificar para el amor tal como lo hemos definido.
Vemos quizá ahora con más claridad qué separa nuestra concepción de las doctrinas tradicionales sobre las «leyes del amor». No buscamos proponer una descripción psicológica de las regularidades que se constatan en este sentimiento ni una disciplina del amor sino identificar los comportamientos esenciales que hay que adoptar para poder reivindicar la dignidad de «amante», o bien las condiciones esenciales que confieren al amor su sentido.
Las leyes que buscamos identificar no son ni empíricas ni morales y, por lo que parece, no tienen nombre: son las leyes que se desprenden del sentido de un concepto para que pueda constituirse precisamente como algo dotado de sentido. Por esta razón se las podría llamar «leyes semánticas» o, puesto que regulan nuestra conducta para que podamos reivindicar un concepto, «leyes pragmáticas». Todo concepto tiene por ello leyes pragmáticas o leyes semánticas del tipo: «para ser llamado glotón hay que comer con gran apetito». En realidad no emplearemos estos términos habida cuenta de las dificultades ligadas a la creación de neologismos y nos limitaremos a usar el término consagrado por el uso diciendo que buscamos «leyes del amor», entendiendo que bajo este término se designa algo completamente distinto de un imperativo moral o de una regularidad psicológica, es decir algo que no pertenece ni al orden del hecho ni al del derecho.
Lo que sostenemos es entonces lo siguiente: hay leyes, o condiciones esenciales, del amor. Si nuestra conducta viola una de estas condiciones nos resulta imposible amar aquello que sin embargo queríamos amar. Para retomar la primera «ley del amor» que hemos propuesto: si queremos amar algo y al mismo tiempo sostenemos que no tiene ningún valor nos es imposible amarlo. El sentimiento que tendremos hacia ello será de otra índole, podrá ser deseo o envidia, pero en ningún caso el sentimiento que pretendíamos dirigirle, a saber el amor.
Este principio, si encierra alguna verdad, tiene consecuencias de una importancia fundamental que ahora vamos a tratar de identificar en el siguiente momento de nuestra reflexión.
1. Qu’est-ce que l’éthique ? Armand Colin, Paris, 1997, Glossaire analytique, « Amour », p.232