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2/ ¿Qué es el desprecio?


Si el amor, como hemos sugerido, no ha suscitado tanta atención por parte de los filósofos como la que merecería, esto es aún más cierto en el caso del desprecio, sentimiento del que encontramos pocas análisis filosóficas.

Sin embargo, hallamos en Hobbes la siguiente definición del desprecio: Aquellas cosas por las que no sentimos ni deseo ni odio decimos que las despreciamos1.

Ofrece luego una explicación de tipo materialista, como las que tanto le gustan, remitiéndolo al movimiento vital: El desprecio no es otra cosa que la inmovilidad o la resistencia del corazón que se opone a la acción de ciertas cosas, lo cual se debe a que el corazón ya está puesto en movimiento de otro modo por objetos más poderosos o por la falta de experiencia que tiene con respecto a ellos2.

Señala por último que desprecio y odio engendran de nuestra parte una apreciación distinta de los objetos: El objeto de nuestro odio y de nuestra aversión es lo que se llama malo; el objeto de nuestro desprecio se dice abyecto y despreciable3.

Modificaremos la definición hobbesiana del modo siguiente: llamaremos desprecio a ese sentimiento que se opone a la vez al amor y al odio, ya que el amor atribuye un valor positivo al objeto y el odio un valor negativo, mientras que el desprecio priva al objeto de todo valor, sea positivo o negativo. Opuestos de este modo, se ve que cada uno de estos conceptos es consistente y no puede reducirse al otro.

Si se negara esto, es decir, si se sostuviera que decir al amado: «no tienes ningún valor» o «tienes un valor negativo» es amor, preguntamos: ¿qué nombre dar entonces a la relación con la cosa a la que se le dice: «tienes un gran valor»? ¿Y qué sería entonces el desprecio? ¿Qué le dice el que desprecia al despreciado?
Recordemos que el deseo puede conciliarse con el desprecio de la cosa deseada, porque es simple sentimiento de placer subjetivo; por eso el amor, que contiene en sí mismo también ese sentimiento de placer, debe distinguirse del deseo y del desprecio por algo, y ese algo nos ha parecido ser ese juicio axiológico que atribuye al amado un valor.

De ahí podemos quizá deducir que, si el deseo es conciliable con el desprecio de lo deseable e incluso le está necesariamente asociado (puesto que el deseo nunca afirma el valor de lo deseable), el amor contiene por su parte en sí mismo necesariamente la noción de respeto: respeto del amado.
Con ello no queremos decir que haya dos conceptos, amor y respeto, necesariamente vinculados, sino que no hay más que un solo y mismo concepto: el amor, que contiene en sí mismo el significado de lo que hemos creído necesario atribuir a otro concepto, el de respeto: atribuir un gran valor al amado.

Amar una cosa es respetarla, pero en el sentido de una identidad analítica, del tipo: «un enano es un hombre pequeño»; el segundo término no es en realidad más que el primero. Por tanto, ya no hablaremos más que de amor, nunca de respeto, entendiendo que con ello queremos decir siempre algo que incluye la noción de respeto que habíamos creído erróneamente pertinente distinguir.


1. Leviatán, I, 6, p. 126
2. Ibid.
3. Ibid., p. 127