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1/ Extensión del dominio del amor


¿Qué es el amor? Quisiéramos responder, para empezar, de forma sencilla, que se trata de un sentimiento de placer experimentado al pensar en el ser amado o al estar en su proximidad. Cabe entonces preguntarse: ¿cuál es la naturaleza de «lo amado» de que hablamos? O bien: ¿qué puede ser amado?

Para Kant las cosas no pueden ser amadas; en la medida en que no son más que medios, carecen de la dignidad requerida para ser objeto de tal sentimiento; en cambio, las personas, en tanto que fines en sí mismas, sí pueden serlo.

La idea que quisiéramos sostener es, por el contrario, que las cosas pueden ser amadas y que, en última instancia, todo contenido de sentido = X puede aceptarse como objeto potencial de amor.
Pondremos algunos ejemplos. La naturaleza, que sin embargo no es una persona, puede ser amada: la ama el paseante que lanza una mirada maravillada al bosque que atraviesa, la ama el ecologista que emprende acciones para protegerla, etc. Del mismo modo, la música puede ser amada: por el niño que hace chirriar un arco sobre el violín que sostiene con mano torpe, por el pianista virtuoso que nos ofrece su interpretación de la Sonata Claro de luna de Beethoven, así como por su público, etc.
Nada hay, pues, más banal que este fenómeno: una infinidad de cosas parecen ser amadas por el hombre, y ya lo hemos señalado: todo, incluso lo absurdo o lo inmoral, parece ser amado al menos por algunos hombres.

Cabe proponer, pues, la siguiente idea: el amor no es una relación entre un hombre y una mujer, ni entre dos seres humanos, ni siquiera entre dos espíritus, sino entre un espíritu y cualquier contenido de sentido = X.
¿Cuál puede ser la naturaleza de esta relación? Hemos dicho que se trataba a primera vista de un sentimiento de placer, lo que parece aproximar el amor al deseo. ¿Pueden asimilarse estos dos conceptos? No lo creemos, e intentaremos mostrar por qué.


2/ La asimilación del amor al deseo


El amor y el deseo son asimilados explícitamente por Hobbes: El placer, el amor, el apetito o el deseo son palabras distintas que se emplean para designar una misma cosa considerada de diversas maneras1; sin embargo, Hobbes propone un ligero matiz entre ambos conceptos: Se dice también "amar" respecto de aquello que los humanos desean y "odiar" respecto de las cosas por las que sienten aversión. De modo que deseo y amor son lo mismo salvo que por deseo significamos siempre la ausencia del objeto y por amor significamos la mayoría de las veces su presencia2.

Podríamos resumir esta idea diciendo que el amor no es otra cosa que un deseo que ha logrado realizarse. En todo caso se advierte que el pequeño matiz propuesto por Hobbes no basta realmente para distinguir dos conceptos allí donde el propio autor, como él mismo dice explícitamente, no ve más que uno.
Además, la definición que da Hobbes del amor más adelante tampoco lo distingue del deseo: Ya hemos hablado del amor en la medida en que se designa con esta palabra el placer que el hombre halla en el disfrute de cualquier bien presente3.

Cabe imaginar que se trata de un rasgo del subjetivismo tal como hemos creído pertinente definirlo, a saber, conceder en primer lugar una gran importancia al deseo y reducir por otra parte el amor al deseo. Vemos en efecto que Spinoza hace del deseo la esencia misma del hombre4.

Sin embargo, no son el amor y el deseo lo que Spinoza aproxima explícitamente, sino el deseo y el apetito. El amor, por su parte, se define así: El amor no es otra cosa que una alegría acompañada de la idea de una causa exterior5.
Esto asimila no obstante el deseo y el amor si recordamos que la alegría procede del paso a una mayor perfección y que es aquello que deseo lo que llamo bien, mal, perfección, etc. El amor no parece ser entonces otra cosa que el deseo, pero el deseo en cuanto se presta atención de forma particular al objeto deseado.


1. De la nature humaine, Ch. VII, p. 53
2. Leviatán, I, VI, p. 125
3. De la Nature humaine, Ch IX, p. 74
4. Ética, III, « Definición de afectos », 1, p. 305
5. Ética, III, prop. XIII, scolie, p. 227