3/ El amor como problema
Ante todo surge una pregunta: cuáles pueden ser esas condiciones del amor y cuántas puede haber. Nace en nosotros el deseo de descubrir esa suerte de «Tabla de las leyes» del amor.
Después el amor se convierte en algo que «deja de ir de suyo». También aquí nos faltan términos adecuados para expresar nuestra idea. Podríamos decir que el amor se vuelve un concepto «exigente».
¿Qué quiere decir esto? Mientras el amor no se consideraba más que como un simple sentimiento de placer subjetivo ligado a la proximidad o al pensamiento del ser amado nos resultaba fácil, o en todo caso más fácil, saber si amábamos a tal o cual ser u objeto. Me da placer contemplar la naturaleza y pasear por ella, amo la naturaleza, es así de sencillo.
Si ahora admitimos que el amor, por su propio significado, implica en sí mismo unas condiciones se plantea entonces la cuestión de saber si hemos respetado todas esas condiciones en nuestra relación con el objeto y si resultara que hemos violado una de esas condiciones nuestra relación con el objeto ya no es amor sino otra cosa.
De este modo ya no es seguro que amemos el objeto aunque tengamos la intención de hacerlo. Podemos formularlo así: queremos amar el objeto pero no lo logramos. O también: el amor se convierte en un problema.
El amor se convierte en un problema porque mientras no hayamos identificado cada una de sus condiciones no estamos seguros de no violar alguna de esas exigencias imperativas que el amor, por su propio significado, lleva en sí. Por ello es posible que nunca hayamos tenido amor por aquello que sin embargo creíamos amar de manera fundamental.
La pregunta que entonces aparece, en nuestra perplejidad, es la siguiente: ¿en qué sentimiento exacto se degrada nuestra «intención de amor» si viola una de sus condiciones? Precisamente en lo contrario del amor, que es el desprecio. Un ejemplo concreto quizá ilumine estas abstracciones enigmáticas.
A veces se contempla con admiración este tipo de frases que dos amantes pueden lanzarse en un arranque de elocuencia: «te quiero sin saber por qué». O bien: «te quiero sin razón».
Si se consideran con atención estas dos proposiciones se advierte muy pronto que en realidad constituyen dos insultos disfrazados de cumplidos, es decir encubren un desprecio disfrazado de amor. En efecto vienen a decir al amado o a la amada: «por más que te miro no veo de verdad qué es lo que hace tu valor». La intención de los dos amantes no es obviamente esta, ellos quieren amarse. Pero su intención queda en letra muerta porque violan una exigencia que procede del significado mismo del amor.
Esta, que quizá acabamos de sacar a la luz con este rápido análisis, exige por parte del amante que sea capaz de mostrar qué es lo que constituye el valor del amado o de la amada. De lo contrario daría lugar a una actitud que, si se explicitara por completo, vendría a ser algo así como: «pienso que tienes un valor pero es perfectamente posible que me equivoque y que en realidad no tengas ninguno, que seas en realidad despreciable».
Se nos aparece así esta noción fundamental de «desprecio disfrazado» (en el amor).