4/ La cara oculta del amor
Si la concepción que acabamos de exponer es exacta, entonces se advierte que el amor no es solo un sentimiento de placer subjetivo experimentado al pensar en el amado o al estar cerca de él, como hemos sugerido en un primer momento.
El amor es también una afirmación, un juicio e incluso una tesis que podría resumirse así: «esto que amo tiene un valor». En la medida en que el amor atribuye un valor a la cosa amada, dice algo acerca de algo, lo cual es la definición clásica del juicio. Postula una realidad —la de un valor en el ser u objeto amado—, lo que lo convierte en una especie de teoría, de tesis.
El amor no es, por tanto, un sentimiento ciego, privado de significación, que no sería más que la expresión de la fuerza pura de las pulsiones o del movimiento vital; tiene además, más allá de su naturaleza evidente de sentimiento, un carácter cognitivo.
Podemos suponer que en el hombre existe un caos de fuerzas inaccesible a toda racionalidad, a toda significación, a todo análisis; negarla sería, en efecto, uno de los errores clásicos del racionalismo. Llamaremos «deseo» a ese caos irracional cuya existencia admitimos, pero sostenemos al mismo tiempo que tampoco hay que negar en el hombre —como puede hacer el irracionalismo— la existencia de un sentimiento radicalmente distinto, dotado de un alcance cognitivo: el amor.
Si en el propio corazón del amor hay realmente la presencia de un juicio, debemos examinar las modalidades de su expresión.
Ante todo, se trata de un juicio que no tiene por qué formularse de manera explícita. Sería absurdo imaginar que uno solo pueda amar algo si ha pronunciado en voz alta la frase: «tienes un gran valor». Aunque esta formulación explícita sea necesaria, bajo una forma ligeramente distinta, en esa forma privilegiada del amor que es el matrimonio, no cabe suponer que ocurra así en todas las demás formas de amor.
En realidad, puede emitirse un juicio de manera instintiva o inconsciente; por ejemplo, el recién nacido que se alimenta adhiere instintivamente a la tesis: «hay que vivir» (pues, si no, no se alimentaría). Este tipo de juicio, dotado de un carácter cognitivo y que a la vez no es más que la expresión de un proceso vital e instintivo, resulta difícil de pensar para nosotros, que tendemos a operar un dualismo reductor entre la irracionalidad privada de toda significación y de todo juicio y el juicio lógico, explícito, racional, llevado a cabo en plena conciencia y cuyas modalidades constituyen el objeto de tratados de lógica relativamente áridos.
Este tipo de juicio que creemos discernir en el corazón del amor, esta parcela de racionalidad anidada en el corazón de lo irracional, nos parece digna de consideración.
Resumiremos nuestra posición con la siguiente fórmula: el juicio axiológico existe realmente pero no es en ningún caso reducible a un juicio lógico. O más bien, el juicio axiológico es precisamente aquello que viene a hacer estallar los dualismos clásicos: racional/irracional, razón/sentimiento, lógico/ilógico, cognitivo/patológico, dualismos demasiado evidentes que el pensamiento contemporáneo intenta deshacer.
Definimos, pues, el amor por la presencia en un sentimiento de placer de un juicio de valor. Podría objetarse que el amor ha sido definido de un modo muy distinto, y ello desde sus orígenes históricos. Así, Platón define el amor como carencia de la cosa amada, Eros, y Aristóteles como goce de la cosa amada, Philia. ¿Cómo podemos despachar así todo lo que se ha escrito sobre el amor sin tenerlo en cuenta?
Estamos dispuestos a admitir que el amor puede ser también carencia o goce; esto concuerda perfectamente con la idea del amor como afirmación de valor. Solo diríamos que el amor como carencia o como goce no son más que aspectos secundarios del amor, pues no conciernen propiamente al amor mismo sino a su realización concreta: un amor que no llega a realizarse será carencia, en caso contrario será goce.
El amor se nos aparece, pues, a la vez como un sentimiento y como una tesis, o más bien como una tesis enterrada en el corazón de un sentimiento. Ahora bien, nos parece que el carácter cognitivo del amor ha sido ignorado o, en todo caso, ha recibido menos atención que su dimensión irracional o sentimental, tal como ha podido ser estudiada o celebrada por el psicoanálisis, la religión, la poesía o la filosofía. Cabe entonces preguntarse: ¿descubriríamos algo realmente interesante si exploráramos este carácter cognitivo, es decir lo que llamamos «la cara oculta del amor»?
Para saberlo debemos proceder de nuevo de manera negativa, es decir, examinar lo que ocurriría si se negara que el amor implica en sí mismo un juicio axiológico que atribuye un valor al objeto amado: nuestro amor, pensamos, se transformaría en desprecio. Debemos emprender ahora el análisis de este sentimiento opuesto al amor; si se recuerda que para nosotros la significación de un concepto consiste en su diferencia con otros conceptos, el sentido del concepto de amor se nos mostrará sin duda con mayor claridad si comprendemos el de aquel que le es opuesto: el desprecio.