4/ Revisión crítica del subjetivismo y el eclecticismo
El nihilismo, al clamar que nada tiene valor, se quiere desprecio explícito. En cambio el subjetivismo (creador) y el eclecticismo se afirman como dos modos auténticos de amor.
El subjetivismo, al postular que es el hombre quien da a las cosas su valor, cree proponer un concepto perfecto de amor ya que es el ser amante quien confiere al amado no solo su amor sino también su valor. El amante no puede hacer un don más total al amado, por lo que el verdadero amor no podría pensarse más que como subjetivismo de los valores.
El eclecticismo universaliza el amor, ya que si todo tiene un valor la reacción lógicamente necesaria del hombre debe ser convertirse en amante universal en un mundo donde todo es objeto de amor.
Eclecticismo y subjetivismo parecen así animados por una misma ambición: ser amor puro, amor llevado a su mayor extensión imaginable.
Es precisamente esta ambición la que vamos a examinar a partir de los resultados de la elucidación del sentido del concepto de amor que hemos propuesto. ¿No proceden en secreto estos amores proclamados del desprecio disfrazado?
Si se intenta formular explícitamente la naturaleza de la relación que el subjetivista tiene con las cosas, y sobre todo con aquello que pretende amar, se obtiene algo como: «no tienes ningún valor en ti mismo, necesitas de mí para tener alguno, soy yo quien te da tu valor». O también: «sin mí no tendrías ningún valor». Se ve qué «amor» puede edificarse sobre estas bases. En realidad el subjetivismo no es más que desprecio disfrazado hacia aquello que pretende amar, como ya habíamos captado cuando sugerimos que era reducible a una especie de nihilismo.
El eclecticismo por su parte no viola esta condición esencial. Al contrario, la maximiza: todo tiene un valor en sí. Pero lo que vamos a mostrar es que viola otras dos leyes del amor.
Si en efecto dice «todo tiene un gran valor», la consecuencia necesaria es que no hay cosas superiores a otras, que la cosa amada no es superior a otras, que no hay jerarquía, todo tiene el mismo valor. El ecléctico es por tanto aquel que dice a cada una de las cosas que ama, sin saberlo: «te quiero pero eres común» o también: «te quiero pero hay miles como tú». No es un ser amante sino un ser que desprecia.
Por otra parte, amar la justicia exige por definición detestar la injusticia, o incluso amar la justicia es detestar la injusticia. Amar la paz es rechazar la violencia. Es el propio objeto amado, aquí la justicia o la paz, quien nos lo pide. El ecléctico, que ama a la vez justicia e injusticia, que se entrega a una justificación del mal, ni siquiera conoce la naturaleza de lo que ama. Por tanto no lo ama, ya que amar algo es amar lo que esa cosa es y él ni siquiera sabe lo que es. Todo amor le resulta entonces imposible. El ecléctico es una especie de amante «sordo», no escucha lo que ama, lo cual es una forma de desprecio.
Tal vez descubramos aquí por ello una nueva condición esencial del amor: amar algo es amar lo que tiene afinidad con esa cosa y por lo menos lo que es compatible con ella.
El subjetivismo y el eclecticismo comparten por tanto este problema fundamental, el fracaso de su propio proyecto inicial que era afirmarse como modo de amor auténtico. Es este fracaso el que nos parece invalidar definitivamente estas doctrinas o en todo caso reducirlas a aquella doctrina que sí sería consistente, el nihilismo.
El hecho de que estas doctrinas no se hayan percatado de su fracaso proviene probablemente de que no han comprendido que consistían en realidad en cierta teoría equivocada sobre la naturaleza del amor.
En otras palabras, plantearse la cuestión «¿es posible el subjetivismo axiológico?» es en realidad plantearse la cuestión «¿no es el amor un simple sentimiento de placer subjetivo?».
Mientras se responda afirmativamente y no se advierta que el amor tiene también una cara cognitiva, es decir que una serie de juicios o de condiciones están incluidos en el amor, implicados por él, hay muchas probabilidades de que nuestro amor viole sin que lo advirtamos una de esas condiciones y de que nos hundamos en el nihilismo.
Hemos propuesto aquí cierta teoría sobre la naturaleza del amor. ¿Qué podría aportarnos esta teoría en relación con nuestra reflexión inicial sobre los valores y sobre la naturaleza de la axiología? ¿Puede ayudarnos realmente por ejemplo en la cuestión crucial del método que la axiología debería adoptar para lograr determinar el valor de una cosa?
Es este vínculo entre esta teorización del amor y nuestra reflexión sobre el método de la axiología lo que ahora nos proponemos pensar.
Para leer la continuación y fin de la obra puedes descargarla en formato PDF.