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En efecto, las dos pruebas de la existencia de Dios que ofrece sucesivamente en la tercera y luego en la quinta Meditación se apoyan por completo en las tres posiciones axiológicas discutibles que hemos identificado. Deduce pues, como vamos a ver, la existencia de Dios a partir de su valor.

Podríamos resumir la primera prueba del modo siguiente: en el Yo cuya existencia acabo de mostrar como indudable encuentro la idea de Dios. Esta idea se encuentra por tanto, indudablemente, en mi espíritu. Pero ¿cómo pasar de la existencia de la idea a la de su objeto, es decir de la realidad formal a la realidad material de la idea? En otros términos, ¿cómo probar que Dios existe realmente y no solo como idea en mi espíritu?

Aquí es donde Descartes utiliza la primera posición axiológica dudosa que hemos señalado. Esta idea de Dios es la de un ser perfecto (según la simple definición de nombre que hemos visto), por tanto un Dios que es infinito, ya que ser infinito es ser totalmente, sin ninguna limitación, y el ser y la perfección pueden asimilarse.

Descartes va a deducir entonces la existencia real de Dios a partir del carácter infinito de su idea haciendo intervenir la segunda posición axiológica dudosa, es decir aquella que afirma que la causa siempre tiene más valor que el efecto.
En efecto, ¿de dónde puede venir en mí esta idea de un Dios infinito, es decir perfecto? ¿Cuál puede ser su causa? Solo un ser igualmente infinito, por tanto perfecto, puede ser su causa, ya que lo que tiene un valor inferior no puede ser causa de lo que tiene un valor superior. Luego Dios existe como causa necesaria de una idea cuya presencia encuentro indudablemente en mí: Estas ventajas son tan grandes y tan eminentes que cuanto más atentamente las considero menos me persuado de que la idea que tengo de ellas pueda proceder solo de mí [...] no tendría sin embargo la idea de una sustancia infinita yo que soy un ser finito si no hubiera sido puesta en mí por alguna sustancia que fuese verdaderamente infinita1.

Vemos por tanto que la axiología dudosa de Descartes es solicitada de manera fundamental en sus razonamientos lógicos: en realidad su lógica se apoya en su axiología y sus juicios son aquí principalmente juicios de valor.


La segunda prueba de la existencia de Dios expuesta en la quinta Meditación podría resumirse así: «la idea de Dios es la de un ser perfecto, ahora bien lo que existe es más perfecto que lo que no existe (o dicho de otro modo perfección valor y existencia son una misma cosa), luego Dios existe».
Este célebre argumento ha sido llamado muy impropiamente «argumento ontológico». En realidad se trata de un argumento ontológico-axiológico, es decir de un monstruo lógico, el intento de deducir una realidad ontológica a partir de una posición axiológica.

La crítica kantiana del argumento ontológico ha fallado probablemente su objetivo: al intentar mostrar, con el ejemplo de los cien táleros, que la existencia no era un predicado como los demás, entraba en consideraciones ontológicas a las que se han podido oponer, como hizo Hegel, otras consideraciones ontológicas. En realidad habría quizá que analizar este argumento desde la perspectiva en la que se inscribe auténticamente, es decir estudiarlo como axiólogo y no como lógico.
Vemos en efecto que este razonamiento se apoya en las dos primeras posiciones axiológicas dudosas que hemos identificado, que afirman que la perfección tiene un valor y después que perfección y ser son una misma cosa.


Se podría oponer la idea de que lo que tiene valor es la nada y por tanto que Dios, en tanto que valor supremo, no existe. O también que la perfección no es el valor supremo de modo que no se puede deducir la existencia de Dios de su perfección. En suma, se podrá oponer a Descartes una pluralidad de juicios axiológicos contrarios. Se podrá negar además que se pueda deducir un resultado ontológico de una premisa axiológica ya que estas dos esferas son distintas. Por último se podrá afirmar que en cualquier caso es imposible deducir un juicio ontológico indudable de una posición axiológica dudosa.

Vemos pues que es la axiología de Descartes la que sostiene sus conclusiones. No encontramos por tanto en el proceder cartesiano ninguna prueba de la existencia de Dios que sea puramente lógica desprovista de juicios de valor. Al contrario vemos que Descartes recurre a una axiología dudosa para poder ir más allá de la certeza del cogito que, ella sí, es puramente lógica.
¿Qué es lo que hace que se pase así, de la segunda a la tercera Meditación, de una perspectiva puramente lógica a una perspectiva axiológica? El hecho de que Descartes no atribuye, al menos aquí, ningún valor al Yo mientras introduce subrepticiamente el valor en la propia definición de Dios como hemos visto. Mientras Descartes se mantiene en el cogito, es decir en la demostración de la existencia del Yo, no hace intervenir ninguna consideración de valor. En cuanto habla de Dios la noción de valor entra en juego aunque sea bajo el término de «perfección».


La epojé, contenida en la duda radical cuya necesidad ha afirmado Descartes, se nos aparece por tanto como limitada; está limitada a las cuestiones de hecho, es decir de existencia: ¿existe X? Eso no es seguro, debo dudarlo, asegura Descartes, lo que le llevará, a lo largo de la primera Meditación, a dudar de la existencia de lo que nos muestran nuestros sentidos, nuestra razón (como las «realidades» matemáticas) e incluso de Dios. La cuestión será por tanto para Descartes: «¿Existe Dios?» y no «¿Tiene Dios un valor?», de lo cual no duda nunca.
Esto aparece ya desde la primera Meditación, en la que pone en duda la verdad de las matemáticas imaginando que Dios es tan poderoso que podría engañarnos. Pero, se tranquiliza de inmediato, Dios es tan bueno que no puede hacer tal cosa; en cambio, un genio maligno sí puede hacerlo. El concepto de genio maligno es por tanto el síntoma de que Descartes no puede imaginar un Dios que no tenga valor, de modo que hay que inventar otro concepto que vincule a la vez la noción de divinidad y la de imperfección.

Así, todo el proceder de Descartes va a consistir en demostrar que Dios existe: No me es lícito concebir un Dios sin existencia (es decir, un ser soberanamente perfecto sin una soberana perfección) como me es libre imaginar un caballo sin alas o con alas2… y las objeciones que se le plantearán (por ejemplo Hobbes) pertenecen a la misma perspectiva: ¿existe o no en nosotros esta idea de Dios? ¿Tenemos nosotros esta idea de Dios?, a lo que responderá: Es la confesión más impía que puede hacerse decir de uno mismo, en el sentido en que he tomado la palabra idea, que no se tiene ninguna de Dios3.

Es la existencia de las cosas lo que plantea problema, no su valor, lo que nos lleva a aventurar esta hipótesis: el problema de los valores nunca parece rozar a Descartes; en cualquier caso, la famosa duda «hiperbólica» de Descartes no es radical, pese a su ambición, sino que deja intacto el conjunto de la esfera de los valores. Lo que condena el proceder cartesiano es que va a utilizar, de manera fundamental, esos juicios de valor dogmáticos y dudosos para pretender alcanzar lo indudable tras el cogito. Descartes parece pues, en realidad, permanecer prisionero del Yo. No consigue ir más allá de él para demostrar la certeza de Dios y luego la del mundo, como era su intención.

Buscábamos por tanto captar la naturaleza de la epojé axiológica que proponemos inspirándonos en un modelo, el de Descartes, que intentaba pensar la posibilidad de una duda radical. Hemos visto que se trataba de una epojé completamente distinta de aquella a la que se entrega Descartes, una epojé ontológica que tiene por objeto los juicios de realidad o de existencia y que por ello no podía inspirarnos. Hemos creído ver también que, además, esta epojé fracasaba porque, al descansar secretamente en una axiología, necesitaba doblarse con una epojé axiológica que hemos buscado en vano en Descartes.

Sin embargo, por contraste, quizá hayamos captado una idea interesante: nuestra investigación sobre el valor de las cosas no es la determinación de su existencia, es decir, no nos preguntamos si tal o cual cosa existe, sino si tal o cual cosa tiene un valor.


1. Meditaciones metafísicas, III
2. Meditaciones metafísicas, V
3. Carta al Sr. Clerselier, Respuestas a las quintas objeciones de Gassendi