Descartes se apoya en un segundo argumento para mostrar el valor de Dios, sostiene la posición axiológica según la cual el ser es el valor (o la perfección) y por tanto cuanto más grados de realidad objetiva tiene una cosa más valor o perfección posee.
Así, por ello, las sustancias son superiores en valor a los accidentes, las ideas que me representan sustancias son sin duda algo más y contienen en sí (por decirlo así) más realidad objetiva, es decir participan por representación de más grados de ser o de perfección que las que me representan solo modos o accidentes
1.
Esta asimilación del ser al valor hace que Dios sea el valor supremo, la soberana perfección, porque es el ser que tiene más realidad objetiva por dos razones.
En primer lugar porque es infinito, lo que hace que su ser no comporte ninguna limitación ni negación, es plenamente ser: Concibo a Dios actualmente infinito en un grado tan alto que nada puede añadirse a la soberana perfección que posee
2.
Y en segundo lugar porque se da a sí mismo la existencia: Si una naturaleza inteligente es independiente es Dios, pues si tiene por sí misma su existencia no podemos dudar de que se haya dado tanta perfección como ha podido conocer
3.
Esta asimilación del ser al valor tiene por corolario que la nada no puede tener ningún valor: [Se presenta] a mi pensamiento [...] una cierta idea negativa de la nada, es decir de lo que está infinitamente alejado de toda perfección
4.
Ahora bien, esta posición axiológica que afirma que la nada no tiene ningún valor mientras que el ser sí lo tiene no puede admitirse como una evidencia, es precisamente lo que pone en cuestión el nihilismo. Es también lo que impugna el soñador que afirma que lo que no existe, lo soñado o inventado, tiene más valor que lo que es miserablemente real.
La presencia de esta doctrina, que carece de fundamento, parece mostrar que si Descartes ha cuestionado mediante la duda radical sus certezas epistemológicas no ha sometido al mismo tratamiento sus certezas axiológicas.
También aquí se ve que el segundo argumento que Descartes utiliza para probar el valor de Dios carece de un fundamento sólido y seguro.
Por último, el tercer argumento que desarrolla Descartes para demostrar que Dios es el valor supremo es una posición axiológica según la cual la causa tendría evidentemente más valor (o más perfección) que el efecto: He atribuido tanto a Dios la dignidad de ser la causa que de ahí no se puede inferir que le haya atribuido también la imperfección de ser el efecto
5.
Ahora bien, ya nos hemos encontrado con esta posición axiológica en nuestro estudio de Nietzsche6 y hemos visto que esta idea de origen aristocrático es del todo discutible, lo que procede de un origen despreciable puede superar infinitamente en valor a aquello de lo que procede, o dicho de otro modo, el efecto puede superar a la causa. Pusimos el ejemplo de Napoleón que provenía de una familia modesta de Córcega, etc., o el del río que supera infinitamente en grandeza a su causa inicial que es la fuente, etc. Podríamos definir el materialismo axiológico como la doctrina que sostiene que lo inferior (las partículas químicas, las células biológicas) es causa de lo superior (la conciencia, el espíritu, etc.), es decir que el efecto es siempre superior a la causa.
Diremos por tanto que si la segunda posición axiológica de Descartes puede ser verdadera también puede serlo la contraria y que por consiguiente aquella no está fundada, no es indudable, es dudosa. No puede por tanto admitirse como una verdad absolutamente cierta como parece hacer Descartes. Del mismo modo que la primera posición axiológica que acabamos de examinar esta tampoco parece sometida a la duda radical, en realidad dos dogmas fundamentales escapan a ella.
Resumamos: esta elección terminológica (el uso del término «perfección» para designar lo que se entiende por valor) y estas tres posiciones axiológicas se entrelazan para engendrar lo que podríamos llamar la doctrina implícita de los valores en Descartes.
Hemos visto que cada uno de estos puntos era problemático y que en consecuencia la doctrina axiológica de Descartes no es necesariamente falsa pero al menos es dudosa. En cuanto tal debería ser sometida a la epojé, a la suspensión del juicio, a la duda radical de Descartes durante la cual busca algo realmente indudable. Ahora bien, vemos que no es así. Esta doctrina de los valores no se afirma ni se utiliza en las dos primeras Meditaciones, en las que Descartes afirma y luego rechaza progresivamente las ideas dudosas, sino a partir de la tercera Meditación, es decir después del cogito, en la que Descartes sostiene haber captado esta verdad indudable: Soy, existo, es necesariamente verdadero cada vez que lo pronuncio o que lo concibo en mi espíritu
7.
Se entiende la dificultad del paso de esta primera verdad a una segunda verdad. ¿Cómo va a lograr Descartes salir del Yo cuya existencia ha asegurado para alcanzar la verdad del mundo? Será necesario, como se sabe, captar la verdad de un «intermediario», Dios. Ahora bien, la exigencia firmemente respetada hasta entonces por Descartes, la de aceptar solo verdades indubitables y no mezclar en sus razonamientos nada dudoso, se mantiene evidentemente. Esta progresión tendrá que fundarse en verdades indubitables.
La hipótesis que quisiéramos sostener es que es en este momento preciso, es decir en el momento en que Descartes intenta reencontrar el mundo a partir del Yo pasando por la mediación de Dios, cuando utiliza esta doctrina axiológica dudosa precisamente cuando en ese momento solo los juicios indubitables deberían tener derecho de ciudadanía.
1. Meditaciones metafísicas, III
2. Meditaciones metafísicas, III
3. Carta a Fermat del 15 de noviembre de 1638
4. Meditaciones metafísicas, IV
5. Meditaciones metafísicas, Objectiones y respuetas, IV
6. Libro I
7. Meditaciones metafísicas, II