Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

bandera de Francia

Podríamos resumirlo del modo siguiente: el investigador en axiología debe captar el escándalo del problema de los valores, es decir, el escándalo de la no fundamentación de los valores y el de las posiciones axiológicas extremas que por ello le resulta imposible rechazar. Pero en lugar de adoptar el estado de ánimo al que conduce normalmente el carácter escandaloso de un fenómeno, a saber la indignación, debe suspender todos sus juicios de valor y entregarse a una epojé axiológica.


¿Por qué? Nos parece que pueden retenerse tres razones.

En primer lugar porque se trata, al parecer, del estado de espíritu que se desprende lógicamente, si uno es honesto consigo mismo, de nuestra ignorancia. Si supiéramos por qué el nihilismo es una posición axiológica errónea, es decir si supiéramos fundamentar los valores, podríamos rechazar el nihilismo, e incluso indignarnos ante él, porque conoceríamos el porqué de tal rechazo, pero nuestra ignorancia hace que tal rechazo sea imposible, lo que nos lleva a la suspensión de nuestros juicios axiológicos.

En segundo lugar porque sin este estado de espíritu el hombre no puede, según nos parece, sino irritarse ante la búsqueda de la determinación de los valores, ante el proyecto de una axiología. Adhiere en primera instancia a sus juicios de valor, está en cierto modo pegado a ellos. Vive por completo confiado en los fines que se ha fijado, nada ha sacudido nunca la sustancia de su vida, coincide consigo mismo, no conoce la duda. Es inútil exponer el proyecto axiológico a un hombre así. No soportará ver puesta en tela de juicio la valía de aquello que ama y rechazará toda conclusión que no vaya en el sentido de su amor.

Podemos entonces proponer una prueba sencilla para cada espíritu a fin de que determine si puede ser sensible al proyecto axiológico: ¿puede o no puede soportar que se concluya la no valía de aquello que ama? o aún: ¿es capaz de cambiar sus gustos si se le demuestra que su gusto actual pertenece al mal gusto? ¿O rechazará toda demostración para conservar intacto su (pretendido) amor?
Este último se convertirá entonces para nosotros en una piedra, es decir, ninguna de nuestras proposiciones podrá alcanzarle, ya no estaremos él y nosotros en el mismo suelo, ya no tendremos ninguna relación. Nos es sordo, por tanto es invencible a nuestros ataques, pero al mismo tiempo no nos habla. No puede representar para nosotros una amenaza mayor que esa piedra al borde del camino.

Por último, porque probablemente es imposible fundar los valores si no se ha concedido al menos una vez, a lo largo de nuestra investigación, una oportunidad a las doctrinas axiológicas que intentamos refutar. Debemos ser neutrales si queremos llegar a determinar de manera imparcial qué tiene valor y qué no lo tiene. Ahora bien, para ser neutral es preciso que, en un momento dado de nuestra reflexión, todos los juicios de valor posibles sean considerados con igual respeto como posiciones axiológicas auténticas y dignas de tal nombre; si apartamos con un encogimiento de hombros aquello que nos parece absurdo y escandaloso, perdemos toda posibilidad de captar en profundidad el problema de los valores y, por tanto, de resolverlo.

Dos tipos de carácter serán, por tanto, como se ve, para siempre insensibles al proyecto de una axiología: en primer lugar, aquellos que no perciben el escándalo de la falta de fundamentación de los valores y que, como los intuicionistas, por ejemplo, afirman que el hombre sabe de manera natural e inmediata qué tiene valor (lo cual, casualmente, resulta ser la tríada tradicional de lo bello, lo verdadero y lo bueno); y, en segundo lugar, aquellos que han logrado dejarse alcanzar por el escándalo de los valores y por el de las posiciones axiológicas extremas, pero van a refugiarse en el sentimiento estéril de la indignación, en el que buscan una respuesta al problema axiológico, lo que es obviamente imposible.

El sentido de esta suspensión del juicio quizá sea difícil de captar. Tal vez se aclare si tomamos como modelo la epojé cartesiana que, en su misma radicalidad, parece aproximarse a la epojé axiológica que proponemos. Pero ¿es radical la duda cartesiana? ¿Constituye realmente un modelo que deba seguir quien quiere despojarse de todos sus juicios de valor? Examinemos el proceder cartesiano para intentar determinarlo.