Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

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Para empezar, es verdad que se tiene la impresión de atribuirle el mayor de los valores. Así Lavelle: La perfección es la punta extrema del valor1.

Ahora bien, nos damos cuenta de que el concepto de perfección tiene un significado muy distinto: cuando se sostiene que tal o cual cosa es perfecta, la mayoría de las veces se afirma que esa cosa ha alcanzado el grado más alto de valor del que es capaz.
Por ejemplo, un café perfecto sería un café que combina un aroma, un amargor y una temperatura que convienen por completo a quien lo bebe. Un círculo perfecto es una figura cuyos radios están todos realmente a igual distancia del centro. Ahora bien, nadie ha pretendido nunca que el café perfecto que se degusta o el círculo perfecto que se traza tengan el valor supremo.

En realidad lo que se quiere decir cuando se habla de tal o cual cosa perfecta no es el concepto de un valor absoluto y supremo sino de un valor relativo y limitado: el círculo es perfecto pero su valor se limita al hecho de que todos sus radios son iguales, no tiene otro valor. Por otra parte solo tiene valor en relación con las demás figuras geométricas que podemos dibujar torpemente en una pizarra.

El concepto de perfección ya no aparece por tanto como «la punta extrema del valor», designa al contrario una forma degradada e inferior de valor, el valor relativo.


Podemos ir aún más lejos y sostener que el concepto de perfección no remite a ninguna consideración de valor. En efecto, decir que tal cosa es perfecta suele querer decir que se ha convertido en todo lo que podía ser. Así Misrahi: Tradicionalmente la perfección es la plenitud acabada de un ser pero esta plenitud solo se da como esencia o idea2.
En este sentido se hablará de un caballo perfecto porque posee todos los atributos del caballo, rapidez, larga crin, musculatura, etc. O bien un radiador perfecto será aquel que difunde un calor suave y nunca se estropea, etc., que posee en suma todos los atributos que esperamos de un radiador.

Pues bien, este significado vacía el concepto de perfección de toda relación con el valor y lo hace bascular por completo del lado de la esencia: ser perfecto es ser todo lo que se puede ser, es alcanzar la plenitud de la propia esencia, ser en acto todo lo que se puede ser en potencia. Es una determinación ontológica, no axiológica. O bien es el caso en que la realidad de una cosa corresponde a su concepto. Pero el valor de esa cosa (o de ese concepto) queda por completo por determinar. En otras palabras, la perfección de una cosa caracteriza su esencia y no su valor.

Esto se hará patente si consideramos el concepto tan interesante de «mal perfecto», que designa una acción de una negrura tal que corresponde al propio concepto de mal. Permite al mal desplegarse en todo lo que puede ser, es el mal en toda su plenitud. Vemos que en este sentido el concepto de perfección ya no tiene nada que ver con el concepto de valor y mucho menos con el de valor supremo, sino que designa la relación de un hecho concreto con su esencia o concepto.

Vemos así que el concepto de perfección no puede utilizarse para plantear el problema de los valores porque traiciona este problema al plantear la cuestión de los valores absolutos con un término que solo permite plantear cuestiones de esencia o, en el mejor de los casos, la cuestión de los valores relativos.

Vemos entonces la ineficacia del primer argumento de Descartes para conferir a Dios el valor supremo. Si se puede admitir que la perfección pertenece a la definición misma de Dios no se le puede permitir atribuir así subrepticiamente a Dios el valor supremo porque valor y perfección no son sinónimos (el valor no es la propia definición de la perfección) y porque siempre sigue planteada la cuestión de saber si la perfección tiene o no un valor.


1. Traité des valeurs, I, 2, 4°
2. Qu’est-ce que l’éthique ? Armand Colin, Paris, 1997, Glossaire analytique, « Perfection », p.258