Para empezar, es verdad que se tiene la impresión de atribuirle el mayor de los valores. Así, Lavelle: La perfección es la punta extrema del valor
1.
Ahora bien, nos damos cuenta de que el concepto de perfección tiene un significado muy distinto: cuando se sostiene que tal o cual cosa es perfecta, la mayoría de las veces se afirma que esa cosa ha alcanzado el grado más alto de valor del que es capaz.
Por ejemplo, un café perfecto sería un café que combina un aroma, un amargor y una temperatura que convienen plenamente a quien lo bebe. Un círculo perfecto es una figura cuyos radios están todos realmente a igual distancia del centro. Ahora bien, nadie ha pretendido nunca que el café perfecto que se degusta o el círculo perfecto que se traza tengan el valor supremo.
En realidad, lo que se quiere decir cuando se habla de tal o cual cosa perfecta no es el concepto de un valor absoluto y supremo, sino el de un valor relativo y limitado: el círculo es perfecto, pero su valor se limita al hecho de que todos sus radios son iguales; no tiene otro valor. Por otra parte, solo tiene valor en relación con las demás figuras geométricas que podemos dibujar torpemente en una pizarra.
El concepto de perfección ya no aparece, por tanto, como «la punta extrema del valor»; designa, al contrario, una forma degradada e inferior de valor: el valor relativo.
Podemos ir aún más lejos y sostener que el concepto de perfección no remite a ninguna consideración de valor. En efecto, decir que tal cosa es perfecta suele querer decir que se ha convertido en todo lo que podía ser. Así, Misrahi: Tradicionalmente la perfección es la plenitud acabada de un ser pero esta plenitud solo se da como esencia o idea
2.
En este sentido se hablará de un caballo perfecto porque posee todos los atributos del caballo —rapidez, larga crin, musculatura, etc.—. O bien, un radiador perfecto será aquel que difunde un calor suave y nunca se estropea, que posee en suma todos los atributos que esperamos de un radiador.
Pues bien, este significado vacía el concepto de perfección de toda relación con el valor y lo hace bascular por completo hacia el lado de la esencia: ser perfecto es ser todo lo que se puede ser, es alcanzar la plenitud de la propia esencia, ser en acto todo lo que se puede ser en potencia. Es una determinación ontológica, no axiológica. O bien es el caso en que la realidad de una cosa corresponde a su concepto. Pero el valor de esa cosa —o de ese concepto— queda por completo por determinar. En otras palabras, la perfección de una cosa caracteriza su esencia y no su valor.
Esto se hará patente si consideramos el concepto tan sugerente de «mal perfecto», que designa una acción de una negrura tal que corresponde al propio concepto de mal. Permite al mal desplegarse en todo lo que puede ser: es el mal en toda su plenitud. Vemos que en este sentido el concepto de perfección ya no tiene nada que ver con el concepto de valor —y mucho menos con el de valor supremo—, sino que designa la relación de un hecho concreto con su esencia o concepto.
Vemos así que el concepto de perfección no puede utilizarse para plantear el problema de los valores, porque traiciona este problema al abordar la cuestión de los valores absolutos con un término que solo permite plantear cuestiones de esencia o, en el mejor de los casos, la cuestión de los valores relativos.
Se pone de manifiesto así la ineficacia del primer argumento de Descartes para conferir a Dios el valor supremo. Si puede admitirse que la perfección pertenece a la definición misma de Dios, no puede permitírsele atribuir subrepticiamente a Dios el valor supremo, porque valor y perfección no son sinónimos —el valor no es la propia definición de la perfección— y porque sigue siempre planteada la cuestión de si la perfección tiene o no un valor.
1. Traité des valeurs, I, 2, 4°
2. Qu’est-ce que l’éthique ? Armand Colin, Paris, 1997, Glossaire analytique, « Perfection », p.258