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Nietzsche realiza efectivamente una «transmutación de todos los valores», pero no es para conferir al mal un valor mayor.
Se trata más bien de superar esta oposición bien/mal, de alzarse «más allá del bien y del mal», de negar a estos dos conceptos cualquier significación salvo la de síntoma, el de una cierta constitución fisiológica. Para oponerse a la moral no se trata para Nietzsche de escoger el mal en lugar del bien, de hecho quien hace tal elección sigue preso de la oposición bien/mal tal como la ha establecido la moral. Sigue preso del marco conceptual moral.
El superhombre es precisamente aquel que supera este marco, que no ha elegido una de las dos ramas de la alternativa moral sino que se sitúa «en otra parte», no es «inmoral» sino «amoral».


Sade parece acercarse mucho más al inmoral tal como intentamos captarlo. Las líneas de oro que constituyen las obras de Sade, la seducción venenosa que se desprende de La filosofía en el tocador, por ejemplo, hicieron durante mucho tiempo que se escondieran sus libros en el fondo de los depósitos de las bibliotecas. Aquí parece que nos acercamos lo más posible a esa posición axiológica que atribuye al mal el valor supremo. Sin embargo, Sade prefiere, sin duda maliciosamente, sostener la tesis contraria: si Sade ensalza la destrucción y la crueldad no es para hacer el elogio del crimen sino para negar que constituyan un crimen: Siendo la destrucción una de las primeras leyes de la naturaleza, nada de lo que destruye podría ser un crimen. ¿Cómo podría ofender jamás a la naturaleza una acción que la sirve tan bien?1.

Así, en su astucia retórica, Sade no parece poner en cuestión el valor del concepto de virtud sino únicamente la naturaleza de su contenido: la verdadera virtud es la crueldad y no la piedad: La crueldad, lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que imprime en nosotros la naturaleza. La crueldad no es otra cosa que la energía del hombre que la civilización aún no ha corrompido, de modo que es una virtud y no un vicio2.

Más adelante, condenando el orgullo del hombre como un Padre de la Iglesia, concluye en la legitimidad del asesinato. En efecto: Es nuestro orgullo el que tiene la ocurrencia de erigir el asesinato en crimen. Al considerarnos las primeras criaturas del universo hemos imaginado neciamente que toda lesión que sufriera esta sublime criatura debería ser necesariamente un crimen enorme, hemos creído que la naturaleza perecería si nuestra maravillosa especie llegara a aniquilarse en el globo3.

Por último, Sade conserva el esquema fundamental de la moral en el sentido de que se inclina ante un principio de legitimación de los actos que ya no es Dios sino la Naturaleza. Así, por ejemplo, Sade, al constatar que las mujeres no están hechas para un solo hombre, es para todos que las ha creado la naturaleza, llega a exhortarlas de este modo: Escuchando solo esa voz sagrada, entréguense sin distinción a todos los que las desean4.
El mal no es por tanto su propia legitimación, es decir, no es amado en y por sí mismo, es la naturaleza la que sigue siendo el principio que legitima el mal allí donde Dios legitimaba el bien. En consecuencia, su legitimación lo convierte en un bien y no en un mal. Sobre todo, ya no es el mal lo que se ama en y por sí mismo, es la naturaleza lo que se ama y se busca a través de él: Sade, en estas líneas, no hace el mal porque sea mal, sino porque es natural.

Finalmente, lejos de afirmar el valor del mal, Sade parece hacerlo desaparecer como las teodiceas clásicas. Así, Eugénie exclama ante la apología que hace Dolmancé del incesto: Oh mis divinos instructores, veo muy bien que según vuestros principios hay muy pocos crímenes en la tierra y que podemos entregarnos en paz a todos nuestros deseos por muy singulares que puedan parecer a los necios5.
A lo que Dolmancé responderá: No hay crimen en nada, querida niña, en absolutamente nada en el mundo, ¿acaso la más monstruosa de las acciones no tiene un lado por el que nos es propicia? […] Desde ese momento deja de ser un crimen, porque para que lo que sirve a uno perjudicando a otro fuera un crimen habría que demostrar que el ser perjudicado es más precioso para la naturaleza que el ser beneficiado, ahora bien, siendo todos los individuos iguales a los ojos de la naturaleza esta predilección es imposible, de modo que la acción que sirve perjudicando al otro es de una perfecta indiferencia para la naturaleza6.

Sade parece pues negar la existencia del mal más que valorarlo. Las conductas valoradas (crueldad, desenfreno…) no pertenecen al mal ni al vicio sino que son las virtudes bien entendidas.

Pero hay que preguntarse si debemos tomar en serio a Sade como pensador y disertar solemnemente sobre textos que quizá fueron redactados precisamente para ridiculizar las disertaciones solemnes sobre la moral. No deberíamos tomar por una doctrina consistente lo que quizá no sea más que ironía.

Por otra parte, las ideas aquí señaladas son propias de La filosofía en el tocador. En otros textos, en particular en Las ciento veinte jornadas de Sodoma, los personajes principales gozan del mal en cuanto mal, en cuanto vicio reconocido y no en cuanto virtud bien entendida. Es la voluptuosidad que procura el mal la que es el valor supremo: [Estos principios] me han hecho conocer el vacío y la nada de la virtud, la odio y nunca se me verá volver a ella. Me han convencido de que solo el vicio está hecho para hacer experimentar al hombre esa vibración moral y física fuente de las más deliciosas voluptuosidades, a él me entrego7.
Se advertirá sin embargo que la naturaleza, también aquí, es un principio de legitimación: Es de la naturaleza de quien he recibido esas inclinaciones y la irritaría al resistirme a ellas, si me las ha dado malas es porque de ese modo se volvían necesarias para sus designios8.


Para concluir se advertirá una vez más que las posiciones axiológicas extremas se encuentran con dificultad en la literatura o en la filosofía. Sucede con el amor del mal por sí mismo, con el «mal radical», lo mismo que con el nihilismo o el Eclecticismo. Esto no sirve para desacreditar estas doctrinas sino que funda su carácter literalmente extraordinario.


1. La filosofía en el tocador, p. 433
2. Ibid., p.449
3. Ibid., p.434
4. Ibid., p. 481
5. Ibid., p. 433
6. Ibid., p.478
7. Las ciento veinte jornadas de Sodoma, p.26
8. Ibid., p.27