Un sitio sobre ética y filosofía de los valores

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3/ La epojé de los valores


1/ Descripción y legitimación de la suspensión de los juicios de valor


Quizá haya llegado el momento de intentar describir el estado de ánimo en el que debería encontrarse el investigador si quisiera comprender en profundidad el interés y los resultados de esta disciplina que es la axiología.

Hemos sugerido, para empezar, que mientras las valores no estén fundadas antes de la constitución de esta disciplina nos resulta imposible confirmar o refutar el valor de aquello que amamos o detestamos. Nos ha parecido ver, por otra parte, que una multiplicidad vertiginosa de juicios de valor constituye el campo axiológico. Por último hemos propuesto la idea de que una gran cantidad de ellos representa posiciones axiológicas sorprendentes, escandalosas, absurdas o inmorales, pero que sin embargo no podemos rechazar.
¿Cuál es el estado de espíritu que debe resultar de esta situación?


Si no hay evidencia en el ámbito de los valores y ninguna cosa puede presentarse ya como teniendo evidentemente un valor, nos parece que hay que operar una suspensión, no de todo juicio, sino de todo juicio de valor.
Desde el momento en que se admite nuestra total ignorancia de lo que tiene o no tiene valor debemos dejar de condenar lo que nos parece despreciable (la violencia, etc.) y de alabar lo que nos parece amable. Esta neutralidad axiológica constituye precisamente el estado de ánimo que buscamos desde el inicio de nuestra reflexión.

Un estado de espíritu semejante se encuentra bastante raramente, se trata en cierto modo de convertirse en una «esponja» que no ama ni desprecia nada. Este estado de espíritu, por muy risible que parezca, es el que nos parece implicado necesariamente por la honestidad del pensamiento, es decir por aquel que comprende y reconoce con sinceridad que ningún valor está todavía fundado.

Este estado de espíritu se opone en todos los puntos a esa actitud contemporánea tan singular descrita por MacIntyre y que podríamos llamar «la indignación perpetua». Se trata, en suma, de ocultar nuestra imposibilidad de fundar los valores protestando enérgicamente y sin descanso contra todos los juicios de valor que nos parecen chocantes, absurdos, escandalosos, etc.

MacIntyre observa que este fenómeno afecta particularmente a los juicios de valor morales: En la Declaración de los Derechos del Hombre de 1949 la práctica, convertida en corriente en las Naciones Unidas, de no dar buenas razones para ninguna afirmación se sigue con gran rigor1. En cambio se protestará con la mayor energía contra cualquier violación de los derechos como si esa energía pudiera sustituir a las razones o constituyera ella misma una razón. Puesto que no se consigue descartar los juicios de valor que nos resultan antipáticos por medios lógicos como la argumentación se intenta descartarlos por procedimientos patológicos como nuestro tono de voz, el de la indignación, procedimiento ineficaz donde los haya. O más bien, no es que la protesta no pueda ser eficaz, pero no puede ser racionalmente eficaz2.

Otros medios patológicos como la risa o el sarcasmo serán igualmente utilizados, así se se reirá del nihilista, etc. De ahí estas intervenciones mediáticas de comités de defensa de una causa perpetuamente indignados que intentarán conmovernos y convencernos del fundamento de su lucha utilizando todos los recursos retóricos irracionales de que disponen.

Pero ya Aristóteles en la Retórica señalaba que una retórica sin entimema, es decir sin silogismo o argumento oratorio, basada únicamente en la habilidad del orador para suscitar emociones, no era más que una disciplina vacía y que no podía prescindir de este procedimiento racional: Solo las pruebas tienen un carácter verdaderamente técnico. Todo lo demás [las emociones suscitadas por un discurso] no es más que un accesorio3.


1. Tras la virtud, c. 6, p. 70
2. Ibid., p. 71
3. Retórica, libro I, c.1