4/ Formulación de una primera regla esencial del método de la axiología
Puede entonces aparecer esta primera regla fundamental de la axiología: al comienzo de la investigación axiológica parece necesario aplicar un procedimiento que hiere todos nuestros instintos incluido nuestro sentimiento moral, a saber poner en pie de igualdad todos los juicios axiológicos sea cual sea su contenido con afán de neutralidad y no descartar de entrada ninguna posición de valor ni siquiera aquellas que parecen más absurdas o chocantes.
Debemos «dar una oportunidad» a posiciones axiológicas a las que rara vez se la hemos concedido como la del mal o la del nihilismo.
Nos parece que existe una cantidad nada desdeñable de obras de moral en las que el autor intenta fundamentar la moral sin exponer primero, es decir sin escuchar, el contenido fundamental de las teorías que la ponen en cuestión —nihilismo, inmoralismo o amoralismo— cuando son precisamente estas las que debemos refutar: no se puede triunfar sobre aquello que no se conoce.
Por ello la refutación del mal solo puede fallar su objetivo porque no se sabe en qué consiste realmente esta posición axiológica. Así ha sido, según hemos creído ver, en el caso de las éticas del deber y de las éticas de la felicidad que quizá hayan logrado invalidar cierto tipo de mal (el de quien afirma que su mala acción es un deber para las primeras, el egoísta para las segundas) pero que, nos parece, permanecen mudas ante otras manifestaciones del mal entre ellas la más auténtica, el mal radical, es decir la posición axiológica según la cual el mal tiene un valor o tiene más valor que el bien.
Si pues «damos una oportunidad» a las posiciones axiológicas extremas debemos dársela de verdad, es decir admitir la posibilidad de que la axiología pueda al término de su búsqueda y de su despliegue llegar a la conclusión de que una de estas dos posiciones sea la posición axiológica auténtica, aquella que haya respondido con mayor agudeza a la cuestión de qué tiene valor y qué no lo tiene. Debemos admitir que nuestra investigación puede desembocar eventualmente en la conclusión de que nada tiene valor o incluso de que el mal tiene más valor que el bien.
Entonces debe apoderarse de nosotros la angustia en la medida en que el resultado al que tal vez llega la axiología deja de estar asegurado y quizá ponga en cuestión de manera radical nuestros propios juicios de valor, nuestras opciones existenciales como individuos así como las reglas colectivas que ha adoptado la sociedad.
Si así fuera, si llegáramos por ejemplo al resultado según el cual nada tiene valor, ¿qué haríamos? ¿Huiríamos de tal descubrimiento? ¿Lo aceptaríamos por el contrario? Pero ¿qué comportamiento adoptar en consecuencia? ¿Habría que vivir como nihilistas y podríamos hacerlo?
La investigación axiológica no puede por tanto llevarse a cabo en la serenidad, nos parece que debe hacerse en la inquietud, en el sentimiento de desasosiego, porque se concede a sí misma la posibilidad de llegar a conclusiones trágicas que apenas nos parece posible soportar.
Podemos, por tanto, ofrecer una descripción final del estado de ánimo del axiólogo: hemos visto en primer lugar que debía entregarse a una suspensión de todo juicio de valor, es decir, a no amar ni detestar nada en absoluto; ello parecía tener por efecto introducir en el alma la serenidad, en la medida en que este estado psicológico parecía aproximarse a la ataraxia estoica o incluso a la epojé escéptica, que tiene por efecto engendrar finalmente la felicidad del sabio.
Se ve que no es así y que la epojé axiológica se traduce subjetivamente por una angustia profunda, porque, a diferencia de las epojés escéptica y estoica, no apunta a alcanzar la felicidad ni a responder a la pregunta «¿cómo alcanzar la felicidad?» sino a responder a la pregunta «¿qué tiene valor?» cuya respuesta puede, al parecer, suprimir toda posibilidad de felicidad para el hombre.
El axiólogo es, por tanto, todo menos indiferente en su investigación, puesto que toma por objeto aquello que quizá más le importa; pero está obligado, por razones metodológicas, a adoptar la neutralidad, es decir, la indiferencia con respecto a cada una de las posiciones axiológicas. En tanto que axiólogo contradice sus sentimientos más humanos, pero a lo largo de su investigación sigue siendo un hombre. Es esta contradicción la que hace que el estado de ánimo del axiólogo consista esencialmente en una suspensión angustiada de todo juicio de valor.
Por último, no debemos descartar las posiciones axiológicas que nos parecen absurdas, del tipo: «los diez primeros números tienen un valor», «el dolor tiene un valor», «lo que se encuentra debajo del piano de mi hermano tiene un valor».
Si procediéramos así sería porque no comprenderíamos la radicalidad de la epojé que exige la axiología, en la medida en que afirma la necesidad de haber «dado realmente una oportunidad» a toda posición axiológica antes de concederse el derecho de descartarla. Ha sido, por lo demás, con el pretexto de la absurdidad como se han dejado de lado posiciones axiológicas auténticas (como aquellas que afirman que el mal, el dolor, la tristeza, la nada, la risa… tienen un valor). Este criterio de «absurdidad» está, pues, viciado de raíz, ya que cada cual llama absurdo a todo juicio axiológico que presenta una diferencia excesiva con sus propios juicios de valor.
Esta exigencia de neutralidad nos indica cuál puede ser el proyecto de la axiología.
Si, por ejemplo, dijéramos que la axiología tiene por objeto encontrar cuál es el valor de las cosas, daríamos a entender que solo las cosas pueden tener un valor (y no las acciones o las entidades inmateriales, como los entes metafísicos, que no son cosas). Se excluirían entonces de entrada y sin justificación las acciones o las entidades inmateriales de la posibilidad de ser portadoras de valor. En suma, la manera misma de formular la pregunta la traicionaría de inmediato por los presupuestos que implica esa formulación.
Del mismo modo, si dijéramos que la axiología aspira a encontrar el valor de los conceptos, excluiríamos dogmáticamente todo lo que no es concepto, es decir, las propias cosas de las que son conceptos, las acciones, los entes metafísicos, etc.
Por último, si decimos que buscamos los entes, excluimos de entrada todo lo que no es, pero permanece imaginario, como los unicornios, así como lo que es simplemente posible e incluso imposible.
Buscamos, por el contrario, una formulación que no traicione la pregunta de la que pretende ser la expresión y que no excluya absolutamente nada como portador de valor. Para ello necesitamos encontrar un término más general que cosa, concepto, acción, ente…, y por eso hablaremos de «contenido de sentido», expresión que nos parece presentar la ventaja de dejar indeterminada la cuestión de saber si ese sentido está soportado por una cosa o por una idea, si se encuentra en esta realidad o en otra y si es posible o imposible; en suma, este término tiene la ventaja de no pronunciarse sobre la realidad ontológica de aquello que porta ese contenido de sentido.
Diremos, por tanto, para no descartar de entrada ninguna posición axiológica y respetar así la epojé de los juicios de valor cuya necesidad se nos ha aparecido, que el proyecto de la axiología es determinar, para todo contenido de sentido = X, si tiene un valor o no.
O, dicho de otro modo: el fin de la axiología es determinar el valor de todo contenido de sentido = X.